Blog  

Publicaciones de Andrea Toribio

Mi madre supo que estaba enferma el viernes 16 de octubre, entre las diez y las once de la mañana. La violencia, entonces, se apoderó de mí, y creí enloquecer. Salí de la oficina con mi hermano al teléfono, él solo lloraba y gritaba, imagen que, con toda probabilidad, inventé después. Nunca aprenderé que hay personas que, sencillamente, elevan la voz. Podría enumerar sin mucho esfuerzo a las personas que llamé desde el autobús. A día de hoy, continúo hablando con ellas diariamente, yéndome a dormir leyendo sus mensajes. Escucho sus voces. Pero solo una viene, me pone la mano sobre la cara y me dice que es hora de cerrar los ojos. Ahora, no antes, me pregunto si verdaderamente he leído algo desde entonces, con autenticidad; si he sido capaz de hacer que una frase se encuentre con mi amor enrabietado y solitario y entender su sentido. Ahora, no antes, me pregunto si he escrito más allá de estos tres versos pesados y morosos: «[…] dime / si tendré el rostro de / mi madre al enfermar». Ahora, no antes, me pregunto por qué leía el 16 de octubre en el metro «Una mujer» (2020) de Annie Ernaux, por qué resuena en mí su lectura y qué significa que cada palabra se sienta como un golpe en la boca del estómago. Leer más
Hace unas noches, pude disfrutar de El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco. Pensé, inmediatamente, en la certeza del arquero; en Antonio Rebollo en aquella Barcelona del 92, volviéndose hacia Juan Antonio Epifanio, como diciéndole: «Ya la hemos hecho». Como los testimonios de uno mismo acostumbran a ser poco fiables, como dice en alguna parte Penelope Lively, opté por invitar al visionado a mi compañero más fiel: un cuaderno de tapas negras a rayas en el que se escribe bastante bien, con pulcritud. Pude entonces, relajarme y, como digo, deleitarme en el ejercicio. Porque lo justo es que a un espectáculo de la memoria le siga una escritura que transite un camino suave. Leer más
Trato de pensar, apartando este calor esponjoso de cuarto exterior en el centro de Madrid, en aquella frase con la que el escritor francés Alphonse Daudet nos habla de la pulsión literaria en su libro de 1869 Cartas desde mi molino (Lettres de mon moulin, si lo preferís). Creo recordar que dice —no sé si la reproduzco con exactitud, pero no importa— «Desde ella escribo, con la puerta abierta de par en par, y un sol espléndido». Esta cita carecería de interés si no fuese por su carácter móvil. Automáticamente cierro los ojos y me transporto al comienzo de Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Sí, escuchad cuando advierte el italiano, «Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y airada, y Lisboa resplandecía». Y ya estamos allí, o bien en la parte baja de un molino, o en tierras portuguesas. Hago un alto y me pregunto: «¿Será siempre la misma luz?». Leer más
«—¿Y cuánto tiempo llevo aquí sentado?», le pregunta Erwin a Edna en Siamés (Mármara, 2018), del escritor noruego Stig Saeterbakken. Y el libro solo está abierto por la mitad. Como lectora dudo y me sorprendo de la claridad de lo escrito, mientras sostengo el texto en cuclillas en un vagón del metro. Se abre el espacio de diálogo, también de la sospecha: la verbalización de un extrañamiento cotidiano ha hecho del tiempo un parámetro grumoso, verdaderamente desagradable. Pero, me pregunto, ¿quién se despierta, quién se hace presente y tiene derecho a apartar la luz? ¿Es esto la caverna platónica new age? Leer más