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Conteniendo la respiración

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22-10-2019

Tenía mi artículo para este Blog hilvanado desde hace tiempo. Es de un tema que me interesa y del que tengo recuerdos personales. Quería hablar de Libia, el país que dejó de existir. Pero, en estos momentos, me veo incapaz de estructurarlo. No sé a quién va a interesar si ni siquiera me interesa a mí. Estos días, quiero decir. Habrán visto o, tal vez peor, vivido, lo que está ocurriendo en Barcelona desde hace una semana.

El lunes, 14, empezó con aparente sosiego. Se había convocado a la ciudadanía a que saliera a la calle, se hiciera visible y también audible, haciendo sonar bocinas, silbatos o con caceroladas, en cuanto saliera La Sentencia. Pero la sentencia salió y me enteré en una estación, ojeando diarios digitales. Nadie hizo nada. En el trabajo, nadie quiere repetir las enormes tensiones de 2017. Tácitamente, apenas se cita el tema si el corrillo es heterogéneo. Hablamos del tiempo, de zapatos… La tarde del lunes es la de la ocupación del aeropuerto por unas ocho mil personas. Una infraestructura crítica, pero el hecho queda en nada en relación al martes. Entonces, la convocatoria frente a la Delegación del Gobierno deriva en graves incidentes con barricadas de fuego. El miércoles el nivel de tensión aumenta. Los grupos –siempre con el móvil en la mano- siembran de destrucción la Gran Vía y alrededores. Afortunadamente, Mossos y Policía, trabajan juntos. El señor Torra, al que pusieron de President de la Generalitat, prefiere ir a una de las marchas independentistas hacia Barcelona y no pide que pare la violencia, a su manera, hasta pasada la medianoche. Los que tenemos la suerte de vivir Diagonal arriba, alejados del Ensanche, seguimos con la vida casi normal.

El jueves la cosa da un paso más, Torra vuelve a hablar de autoderminación y de fechas, pero asusta hasta a su parroquia. Por la tarde mucha gente temerosa llena carritos de la compra. No sólo por la huelga general del viernes, 18, sino porque el mismo día, las marchas que cortan el tráfico en cinco direcciones van a confluir en Barcelona. Por la noche la crispación vuelve a incrementarse cuando un grupo de ultraderechistas con la bandera del águila, corren hacia el centro en búsqueda de sus oponentes, los independentistas radicales. En paralelo, vuelven las barricadas, el incendio de contenedores. Los más preparados van con el rostro tapado, con casco, a menudo, con gafas y con sus mochilas. Otros, por increíble que parezca, se hacen selfies o deambulan por allí. ¿Comparsas inconscientes? En las retransmisiones televisivas vemos como algunos vecinos tiran agua desde balcones y ventanas; otros bajan a la calle para evitar la destrucción de contenedores. En una esquina, todo se detiene cuando, desde los pisos, las cacerolas expresan disconformidad con tanta destrucción.

Llega el viernes y vivir en mi barrio sigue siendo un privilegio. Una pequeña cápsula sin ira aparente. Es el día de huelga general convocada por un sindicato independentista con asesino al frente – no es retórica. Y llegan a Barcelona las distintas marchas a pie que cortan autopistas y carreteras. La concentración de más de medio millón de personas en la ciudad se produce con calma, aunque no ahorran el lanzamiento de objetos e insultos a los medios de comunicación nacionales. Nada comparable a lo que viene por la noche. Los disturbios  cuentan con un mínimo de 500 radicales experimentados en la violencia urbana. Dos personas resultan con heridas muy graves: una chica y un policía nacional. El terror es tal que el sábado muchos se quedan en casa ante una nueva concentración y algunos voluntarios se interponen entre los concentrados más amenazadores y la policía. Mientras, se inician contactos entre políticos y entidades para frenar la escalada violenta.

Escribo en domingo, siguen las concentraciones, pero, de momento, sin violencia. Y el President, finalmente, se interesa por la salud de los heridos, incluido el policía, el único que sigue muy grave. Su estado ha hecho insoslayable, incluso para Torra, la violencia de grupos radicales de manifestantes.

No sirve vivir lejos del centro, o hace la vida mucho más fácil, pero no evita que mentalmente estés conectada y angustiada hora tras hora. El lunes los estudiantes vuelven a clase –han tenido tres días de huelga, convocada antes de la sentencia. Hay momentos de lluvia y se espera que las precipitaciones sean mayores esta semana. Así estamos, atentos a la meteorología, esperando que no haya que lamentar ninguna muerte, y que una mínima cordura tome las calles y los despachos. Que el “cuanto peor, mejor” de algunos no nos acabe de arrastrar a todos. 

Soledad Gomis, periodista
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Barcelona Cataluña independentismo manifestaciones sentencia

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