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Gurús

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6-05-2019

Una mera lista de todos los,  así llamados,  maestros de las distintas doctrinas que prometen realización y crecimiento personal, reducción del estrés, superación de conflictos o, incluso, salvación, bastaría para llenar páginas enteras. La oferta que abarca desde técnicas de meditación del budismo vipasana, del zen o del raja yoga, hasta el personal coaching o monitoring,  pasando por cursos de fueng shui, de taichí o shibashi, es realmente impresionante.

Hoy me limitaré a citar el espectáculo de Rafael Álvarez, “El Brujo”, que con sus prodigiosas dotes de actor y sus buenas dosis de humor, nos acerca a la figura de Paramahansa Yogananda, que le sacó de una crisis y dejó sobre él una profunda huella. Este yogui, que nació en la India en 1893, tras fundar en su país muchas escuelas de yoga, se afincó en Estados Unidos, en 1920. Allí permaneció más de tres décadas, hasta su muerte, en 1952, siendo el primer y más importante divulgador del yoga en Occidente, a través de su organización Self-Realization Fellowship. Autobiografía de un yogui, que es el título de la principal obra de Yogananda, y que da nombre a la representación llevada a cabo por Rafael Alvarez, está considerada como uno de los clásicos espirituales del siglo XX. “El Brujo” oficia, en el escenario, de auténtico y seductor gurú que trata de introducirnos en el mundo místico y en las enseñanzas de su gurú, Paramahansa Yogananda. Pero éste, a su vez, nos remite al tiempo de su adolescencia en que buscaba inquisitivamente la cara del gurú al que estaba destinado. Hasta que, por fin, un día, reconoció los ojos serenos, la majestuosa cabeza leonina y la barba en punta, que se le había presentado en sus ensoñaciones nocturnas. Era Swami Sri Yukteswar Giri.

Nuestra imaginación está fascinada por esos encuentros como los que relata Yogananda. La figura del Maestro es un arquetipo que todos querríamos incorporar, como un adorno, a nuestras vidas mediocres. La Quest medieval y romántica, o la que se narra en El filo de la navaja, siempre contó con el consejo del sabio ermitaño de largas barbas blancas. Quienes, en los años sesenta, sentimos las vibraciones del cithar de Raví Shankar, leimos el Sidharta de Herman Hesse o vimos el Kung Fu de Carradine, siempre abrigamos la esperanza de un maestro que nos llamara “pequeño saltamontes”. El paso de los años, sin embargo, hizo vana aquella esperanza, así como la mirada hacia un Oriente cuyos tesoros, y con el respeto debido a Yogananda, están siendo manipulados por muchos embaucadores.

Carlos Eymar, filósofo, profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado (UNED)
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