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Más Europa

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8-04-2019

En una entrevista reciente de La Vanguardia al exministro Josep Piqué, éste afirmaba que debido a razones de peso económico, demográfico y comercial “el estrecho de Malaca –donde se unen los océanos Pacífico e Índico– es hoy el centro del mundo”. Tal aseveración debería como mínimo hacer reflexionar a cualquier ciudadano europeo, acostumbrado a ver su continente en el centro de todos los mapas. Y es que da la impresión de que esta Europa anda algo perdida. Su condición de faro indiscutible de la Humanidad a lo largo de los siglos ha sido siempre el aval para hacer valer –cuando no imponer– su concepción del mundo, pero desde que la Globalización lo cambió casi todo, el Viejo Continente parece a veces exactamente eso; una vieja gloria cargada de reconocimientos que reivindica su legado ante una audiencia joven y digitalizada que piensa más en el 5G que en los derechos y libertades ganados gracias a la Revolución Francesa. Indudablemente, Europa sigue aún teniendo voz y voto, pero a diferencia de otras épocas hoy parece que lo que de verdad importa sucede lejos de sus fronteras. 

Razones habrá muchas, pero quisiera poner el acento en una que demasiado a menudo dificulta la unidad de acción: el peso de los estados nación. Cargados de idiosincrasia propia y de pasado, éstos optan por mantener un perfil diferenciado en cuestiones importantes en lugar de ceder soberanía y hablar como una única gran potencia. Dicho de otra manera, mientras países como Francia, Alemania, España o Italia se sientan más franceses, alemanes, españoles o italianos que europeos, Europa seguirá coja y afónica. Y las potencias que compiten con ella lo saben. De ahí que personajes siniestros como Steve Bannon (exasesor de Trump y alma de Breitbart News Network, sitio web de corte xenófobo y ultraconservador conocido por inundar la red de fake news) desembarquen en las capitales europeas con sus mensajes nacionalistas y anti establishment. Saben que una Europa convulsa y desunida contará menos en el tablero geopolítico internacional y no dudan en venir aquí a sembrar dudas y a canalizar el descontento de unos ciudadanos cansados de corrupción, austeridad y recortes. 

Europa debería trabajar para construir una identidad propia y fuerte –no solo económica- si quiere recuperar un protagonismo que con el tiempo ha ido cediendo en favor de otras latitudes, quizá con menos significancia histórica pero precisamente por ello más dúctiles y adaptables a los retos de presente y de futuro. No puede ser que para algunas cosas seamos europeos y para otras no. Cuando cientos de inmigrantes llegaban diariamente a las playas de Lampedusa, Bruselas se lavaba las manos aduciendo que aquello no era un problema europeo, sino italiano. La consecuencia de ese gran error ya lo conocemos: vino Salvini a decir que Europa les abandonaba y que primero los italianos y hasta algunos proeuropeos acabaron dándole la razón y, lo que es más preocupante, el poder. El estrecho de Malaca no es Europa, pero Lampedusa sí.

Carles Padró, periodista
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