¿El mundo mejora?
Con la vista gorda
   
 
Victòria Camps
Catedrática de Ética de la Universidad Autónoma de Barcelona

 

Que Obama haya sido elegido presidente de Estados Unidos es un síntoma indiscutible de que el mundo mejora. Como lo es que su contrincante en las primarias fuera una mujer. El mundo mejora a grandes rasgos. Hoy existen más estados de derecho que hace sesenta años y podemos decir que, en ellos, la gente puede expresar libremente su opinión, la pena de muerte ha sido abolida casi en su totalidad, la mujer está más emancipada, la homosexualidad puede manifestarse públicamente y existe un nivel de protección social, desigual, pero progresivo. Hay más libertades y el bienestar, en los grandes números, es mayor. Por otra parte, el progreso científico y técnico nos permite vivir más años, curar más enfermedades, comunicarnos con mayor fluidez, informarnos de cuanto ocurre en el mundo al instante.
Pero la pregunta planteada por El Ciervo, “¿El mundo mejora?”, deja traslucir un trasfondo de duda y escepticismo. Si no hubiera esa reticencia, reconoceríamos sin ambages el progreso, y no nos plantearíamos si es real o no. El mundo ha mejorado si lo contemplamos haciendo la vista gorda, sin entrar en las menudencias de las que cada día nos informan los periódicos. Nuevos enfrentamientos bélicos, algo más sofisticados, pero igual de violentos; una esclavitud encubierta en la explotación infantil de que son víctima los niños de los países subdesarrollados; un racismo que no se extingue; violencia contra la mujer.
Por lo que hace a la innovación tecnológica, nos preguntamos si compensa alargar el tiempo de vida cuando la calidad del vivir disminuye, o si realmente las facilidades comunicativas contribuyen a disminuir el sentimiento de soledad y desamparo. Se mire por donde se mire, todo lleva a la conclusión de que afirmar el progreso sin más es exagerado e injusto. Hay que matizar mucho diciendo que la teoría es más satisfactoria, pero la práctica queda muy lejos de la teoría.
Queda lejos sobre todo porque la desigualdad que discrimina a las personas y las excluye de los bienes más básicos sigue siendo escandalosa. Lo ponen de manifiesto los inmigrantes que acuden desesperados a los países más ricos en busca de trabajo y que no dudan en arriesgar su vida para conseguir un poco más de bienestar. Mientras haya hambre en algún lugar del mundo, dificultades para sobrevivir, tiranías públicas y privadas y analfabetismo, mientras los intereses de los más poderosos sean los que dominan, sólo podremos afirmar que el mundo mejora con la boca muy pequeña. Siempre habrá que añadir: ¿mejora para quién?

 

 

 

Abril  2009
nº 697

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