|
¿El mundo mejora?
Sí, pero en precario
José Antonio Marina Filósofo y escritor
La realidad es demasiado compleja para poder responder a una pregunta así. En primer lugar, porque hay varias maneras de entender el progreso, y, además, porque en unas cosas o en unas zonas podemos progresar, y en otras retroceder. Por ejemplo, según los datos del Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas, en el último decenio ha mejorado la situación económica de 1.200 millones de personas, fundamentalmente en China, India, el sudeste asiático y algunas regiones de Iberoamérica, pero ha empeorado gravemente en el África subsahariana.
En el aspecto político, a principios del siglo xx no había más de una decena de paises democráticos en el mundo, mientras que en este momento existen más de ciento cincuenta. Sin embargo, la pobreza, las guerras, las vulneraciones de los derechos humanos y las injusticias abruman por su enormidad. Y lo que produce un sentimiento de indignación es que sabemos que se trata de problemas resolubles, al menos desde el punto de vista económico, y que, por lo tanto, su perduración se debe a una falta global de voluntad.
Pero aún así, en La lucha por la dignidad, la profesora De la Válgoma y yo hemos enunciado una “Ley del progreso ético de la humanidad”, que dice así: “Cualquier sociedad, cuando se libera de la pobreza extrema, del miedo al poder, de la ignorancia, el dogmatismo y el odio al vecino, se encamina hacia un modelo de convivencia que se caracteriza por el reconocimiento de los derechos individuales, el rechazo de desigualdades no justificadas, el modo racional de resolver los conflictos, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas y las políticas de ayuda”. Este me parece un modelo ético aceptable por todos, la gran creación de la inteligencia social.
Mienten quienes dicen que nunca podremos ponernos de acuerdo en temas éticos. Creo que nos estamos acercando a ese modelo, pero creo que lo hacemos intermitentemente. Nuestro progreso ético es precario, y eso es lo que habría que explicar a la ciudadanía. Se mantiene si todos lo mantenemos. La Alemania del primer tercio del siglo xx era la nación científica, técnica y culturalmente más avanzada del mundo y, a pesar de ello sufrió un desplome ético de una magnitud que todavía resulta difícil de comprender. Las sociedades pueden encanallarse, pueden perder la sensibilidad moral, la compasión, en una palabra, deshumanizarse. Son fenómenos que suceden paulatinamente, como una suave intoxicación que resulta imperceptible para la víctima hasta que no tiene remedio.
Por eso necesitamos una educación ética dramática, sin coqueteos impostores con el relativismo, poderosa, crítica, que insista una y otra vez en que no hay alternativa, que o se vive en la selva, donde el pez grande se come al chico, o se vive en el orbe ético, que es el de la dignidad, una creación magnífica pero vulnerable. La crisis económica actual puede servirnos como gran metáfora de nuestra situación. ¿Progresamos? Sí, pero en precario.
|
|