El periodista en casa
Un poco vulgar
   
 
Núria Duran

 

Convivir con un periodista no creo que sea más complicado que hacerlo con cualquier otro especimen masculino. El oficio realmente complicado es el de convivir; el otro, la profesión del conviviente, es un aditamento, un aliño que puede dar más o menos sabor. ¿Mucho, poco? Ya sé que se dice que el periodismo es la segunda ocupación de mayor riesgo –tras piloto de pruebas, creo– pero también sé que no es verdad: hay bastantes otros trabajos, en el campo, en las minas, en las obras, en las fábricas, en los mares y en los aires mucho más peligrosos que estos dos. También oigo a veces que en el periodismo se da la mayor cantidad de divorcios, separaciones, infidelidades, altibajos y cambios de pareja del mercado, pero por suerte, o tal vez por desgracia, no es mi caso, al menos hasta el momento.
De modo que, aunque pueda sonar a decepcionante, tengo que reconocer que mi conviviencia con un periodista se inscribe en la más vulgar normalidad y que los episodios de pasiones tormentosas o los serenos momentos de apacible calma poco o nada tienen que ver con el oficio de contar noticias.
¿Qué me ha aportado vivir con un periodista? Tener la prensa en casa cada día a primera hora. Y comentada, generalmente en un lenguaje poco misericorde con los protagonistas de las noticias, con los compañeros que las han escrito y con los jefes que las han autorizado. De alguna forma, convivir con un periodista es hacerlo con la actualidad. Un periodista está constantemente conectado: todo el día y todos los fines de semana. Una acaba considerando como de la familia a los periodistas de la radio y la televisión y como con algunos de ellos un día u otro cenas, tomas una copa o coincides en algún acto público, te sientes un poco del oficio, lo ves un poco por dentro. Lo que te lleva inmediatamente a relativizar su importancia y a entender cada vez menos la que suelen concederle (o concederse) los periodistas.
En el periodismo se da cierta movilidad laboral. Mi marido ha cambiado de lugar de trabajo muchas más veces que yo y también ha cambiado de ocupación. Ha habido periodos en que ha viajado y ha estado bastante tiempo fuera de casa; también ha trabajado de noche, lo que comportó algún cambio de hábitos, complicó el contacto con los hijos y nos dejó sin cenas, cine y teatro juntos durante una buena temporada; en algún otro momento el trabajo, más que absorberle, lo tuvo literalmente abducido, ausente como un zombi o crispado, tenso, nervioso, muy excitado. Insoportable, en ambos casos.
Entre las ventajas, me he acostumbrado a ver los medios y la actualidad con otra mirada y he visto a mis hijos leer y moverse entre papeles casi mejor que entre pañales; he podido conocer a gente interesante: actores, músicos, escritores, artistas, políticos, restauradores. También a periodistas, esa especie de raza de tipos más frágiles de lo que ellos creen, suspicaces, moderadamente paranoicos. Tipos llenos de dudas e inseguridades, acosados por el pánico al error, al titular equivocado, a la exclusiva de la competencia. Gente escéptica y desencantada pero a la vez fácilmente entusiasmable, ciclotímica, muy crítica, quejosa y protestona pero poco autocrítica, tipos generosos, volcados en un oficio del que reniegan pero que son incapaces de abandonar.
He aprendido a amarlos, si no a todos sí al menos a uno de ellos. No hasta el punto de pensar que practican el mejor oficio del mundo –como acaban a veces reconociendo en las copas tras una cena en la que han destrozado a todo el mundo y descuartizado todos los medios–, pero sí que hay oficios bastante peores (aunque sin duda mejor pagados).

 

 

 

Noviembre  2009
nº 704

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