Alegría era distinto
El grito profético de una sonrisa
   
 
Pedro Miguel Lamet

 

Ya se han ido los tres José Marías, que con humor el canónigo biblista González Ruiz llamaba “la trinidad”: “El padre es obviamente José María de Llanos –decía–; el verbo es José María Díez-Alegría, porque no para de hablar; y yo soy el espíritu, porque viajo continuamente”. Los tres publicaron libros en aquella colección polémica de Descleé, “El credo que da sentido a mi vida”. Los tres fueron catalizadores libres y despiertos de un cristianismo de vanguardia en plenas sombras del tardofranquismo. Pero sin duda el que armó mayor escándalo mediático fue el de Díez-Alegría, Yo creo en la esperanza, quizás por dos razones obvias para entonces, por considerar a Marx un profeta, y por lo de siempre, por hablar de sexualidad, perenne tabú eclesial de aquella España, donde además sus dos hermanos eran nada menos que tenientes generales de Franco. Porque, a decir verdad, la mayoría de los doscientos mil lectores que compraron aquel libro se perdían en el laberinto conceptual de este erudito profesor de ética de la Gregoriana.
Escribir en El Ciervo sobre el cristiano Díez-Alegría es un desafío, porque además de tenerle como colaborador frecuente, le dedicó un gran número monográfico (el 524) en 1994 titulado “José María Díez-Alegría, 83 años de esperanza” con el elogio de destacadas firmas. El pasado 25 de junio se nos ha ido el hombre, al menos de esta dimensión, pero nos queda el profeta, el maestro, el teólogo, el escritor libre. Por eso para conocerle hay que remitir más que nunca a sus escritos.
Un pensamiento sobre todo es un hombre. Sus ojos serenamente azules y su perenne sonrisa, como el que está a gusto dentro de su ser, eran sus mejores credenciales. Adelantaban la figura de un hombre libre, de lengua suelta y valiente para proclamar lo que sentía en conciencia. Una libertad no sólo para él: “Escribe lo que te dé la gana”, me dijo cuando inicié su biografía (Un jesuita sin papeles: la aventura de una conciencia, Temas de Hoy, 2005) con una afirmación insólita en cualquier entrevistado.
Todos los amigos de Alegría coincidimos en que tratar con él era, además de un placer, relacionarse con una rara avis en los tiempos que vivimos. Frente a los clichés preestablecidos de intelectual petulante, “cura comunista” y enfant terrible, el padre Díez-Alegría era un hombre sencillo, que como buen profesor matizaba con exquisitez académica y al que además ni los más finos inquisidores han conseguido hallarle la más mínima herejía o heterodoxia. Pero sobre todo era un hombre de fe, que se ha identificado con los pobres y marginados del Evangelio de Jesús. Un creyente de frontera que yo diría modélico, catalizador de una forma de entender la fe en nuestro tiempo. Incluso un hombre piadoso, devoto de María de Nazaret, a la que seguía rezando el rosario diariamente, y sobre todo un hombre de esperanza.
En el trato se distinguía por ser cercano, excelente conversador, amigo de sus amigos y que nunca perdió el sentido del humor, que veía como una forma de amor. Quería a la Iglesia en su sentido más original de koinonía, comunidad que pretende seguir a Jesús, pero no infantilmente, sino como hijo adulto y crítico, purificándola de la ganga que arrastra por los siglos; semper reformanda, una Iglesia madre y santa, pero también casta meretrix, como la llamaban los antiguos, que necesita hijos rompedores y críticos como José María.
Como profesor y pedagogo, dimensión que supo mantener siempre, no sólo cuando enseñaba ética y ciencias sociales, supo expresar su pensamiento sin pelos en la lengua y sin miedo, pero al mismo tiempo con tolerancia, respetando el pluralismo y el modo de pensar de los demás; con rigor de pensamiento y coherencia entre lo que ha dicho y lo que ha puesto en práctica toda su vida.
Alegría era además un gran jesuita. Quiero subrayar esto porque es verdad. Él estaba jurídicamente fuera de la Compañía de Jesús, pero siguió viviendo hasta su muerte como tal. Con un concepto dinámico de pertenencia, donde los hombres y el amor hacia ellos es algo más importante que la institución. Paradójicamente, el padre Arrupe, antagonista en un periodo muy a pesar de ambos, también ponía a la persona por encima de lo institucional. De aquí que me haya resultado apasionante seguir el obligado enfrentamiento entre ellos –como biógrafo de los dos–, cuando en el fondo estaban mucho más cerca de lo que parece. “Lo que menos me gustaría es que Díez-Alegría dejara la Compañía en tiempos del padre Arrupe”, le dijo el propio general, que, presionado por Pablo VI, tuvo que exclaustrarlo aunque, con rara dispensa: permitirle hasta su muerte vivir en casas de la Compañía.
Y por último, Alegría fue un hombre que se adelantó a su tiempo. Por eso Alegría nunca dejó de ser joven, porque perforaba siempre los acontecimientos hasta tocar lo más nuclear de la vida, aunque esto le costara aparecer como inconformista y revolucionario. Esa valentía le permitió convertirse en uno de esos hombres “bisagra” que contribuyeron a que las puertas de este país y más en concreto los creyentes se abrieran a la transición democrática.
Por todo ello nadie puede negar que José María Díez-Alegría ha sido al mismo tiempo valiente y sencillo, creyente y crítico, rebelde y fiel, cordial y contundente, afable y molesto, demoledor y constructivo, anti institucional y eclesial, poeta e intelectual, humorista y comprometido, no marxista y anti antimarxista, obediente y desobediente, intelectual y asequible, erudito y popular, maduro y enfant terrible, no jesuita y jesuita (aunque sin papeles), y sobre todo y en una palabra, un hombre bueno.
En su obra se pronuncia contra un cristianismo ontológico-cultual (es decir de misa y doctrina) y defiende un cristianismo comprometido y profético. “Yo hago ver cómo la esencia de la religión es el amor al prójimo como sacramento del amor de Dios, el amor al prójimo como dialéctica del espíritu de justicia”. En ese sentido acepta que Marx puede ser un profeta: “Me ha llevado a redescubrir a Jesucristo y el sentido de su mensaje”, se atrevió a afirmar.
Critica en consecuencia la concepción de propiedad privada tal como la ha defendido la Iglesia, y se apunta a una esperanza histórica que se traduce en la lucha por la justicia afirmando sin rodeos que el cristianismo tal como se ha vivido hasta ahora es una religión falsa. Ni los padres de la Iglesia, ni siquiera la tradición escolástica, según Alegría, defienden que la propiedad privada sea un derecho natural. “Como dice San Juan Crisóstomo, el rico o es ladrón o heredero de ladrón”. Por tanto la Iglesia, que ha traicionado a Jesús, no debe empujar a decisiones políticas, sino predicar el Evangelio y dejar libertad de elección al cristiano en estas opciones.
Otro punto que escandalizó sobremanera fue su postura en materia de moral sexual. Su frase “el celibato puede ser una fábrica de locos” y “estoy a punto de cumplir sesenta años y no he tenido ninguna aventura amorosa. Tal vez se deba a que soy un poco estúpido en cuestiones de mujeres”, pusieron los pelos de punta a los bienpensantes de la época. Calificará la postura de muchos moralistas católicos de “totalitaria” por sus imposiciones. Defenderá un celibato opcional para los sacerdotes de rito latino. En fin un pensamiento que tiene resonancias especiales en estos tiempos de “pederastia”: “Es una cosa para volverse loco, porque la dimensión sexual es algo que está en las entretelas del ser humano”. Aunque en diversas ocasiones se manifiesta contra la sexualidad como mera explotación o goce y defiende su dignidad. Tampoco ve sentido a una fecundidad indiscriminada: “No necesitamos muchos hijos, sino verdaderos frutos y signos del amor”.
En otra cuestión de fresca actualidad fueron duras sus palabras contra el neoliberalismo económico y el economicismo puro y duro. Respecto al terrorismo decía que “es intolerable; pero para solucionarlo lo que hay que hacer es aumentar la justicia”. Y añadía: “Estamos lejos de la verdadera paz. La actual política armamentista es un escándalo”.
Pero sobre todo fue un gran hombre de fe. “Reafirmo que mi fe en la resurrección se refiere con toda rotundidad y con íntimo gozo a Jesús. Se refiere también con fuerza a los pobres y marginados injustamente oprimidos”. Cuando un día le pregunté si tenía miedo a la muerte, me dijo: “No. Tengo esperanza de encontrarme con Dios. Pero creo que mi vida ha tenido mucho sentido tal como es y no me preocupa la muerte, incluso como puro descanso”. ¿Y si no te encuentras a Dios?, insistí. José María respondió con una frase de un jesuita francés: “Pues me honro en haber creído en Dios, pues si no existe, debería existir”.
Hasta en su adiós, rodeado de jesuitas y gente del Pozo, estuvieron presentes su fe, su piedad, su buen humor. “No quiero llegar a los cien años, para que vengan a verme como el mono de un circo”, decía. El superior de la casa de Alcalá donde falleció, Enrique Climent, relató la visita del obispo de Alcalá, Reig Pla, prelado no precisamente de su cuerda: “Visitó esta casa y le llevé a la habitación de José María; el obispo tomó sus manos y le saltaron las lágrimas cuando él le dijo: ‘Espero encontrarme pronto en la casa del Padre’”. En esa confianza se nos fue: “Sabemos que Dios no tiene manos, pero estamos en las manos de Dios”, había escrito en su Credo, “porque su amor nos envuelve”.

 

 

 

Setiembre-Octubre  2010
nº 714-715

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