Alegría era distinto
Qué aprendí de Díez-Alegría
"Soy el mayordomo"
   
 
Joaquim Gomis

 

Cuando recibimos en casa una de estas inumerables llamadas telefónicas de supuestas empresas ofreciendo quién sabe qué, ya he hallado la solución. Debo agradecerla a José María. Las llamadas suelen pedir por mi mujer, ya que en el listín figura su nombre. Y al contestar yo, me preguntan si soy su marido o un familiar. Mi respuesta es: “No, soy el mayordomo”. Quedan tan desconcertados que no suelen insistir más. Y un servidor recuerda a José María porque la idea me viene de él. De cuando años atrás, en una comida con gente de El Ciervo, confesó sonriente que no le preocupaba su porvenir si tenía que dejar la Compañía: “Siempre me queda la solución –dijo– de hacer de mayordomo de alguna marquesa. Creo que sabría hacerlo”. Afortundamente halló soluciones mejores, pero a mí me quedó grabado lo de la mayordomía y, por eso, le envío un cordial saludo cuando utilizo este truco telefónico.
Un saludo que es también un agradecido recuerdo de cuando nos conocimos, en Roma, antes de que se convirtiera –o lo convirtieran– en un personaje polémico. Tenía que dirigir mi tesis doctoral. Pero eran los apasionantes tiempos del inicio de Concilio y ni él ni yo estábamos por la labor de la tesis, que quedó en simple proyecto. Lo que recuerdo y agradezco –porque él y yo nos lo pasábamos bien–son las divertidas conversaciones que teníamos en su pequeño despacho en la Universidad Gregoriana. Eramos como dos soñadores –él sabio, yo aprendiz– en el cambio que podía significar aquel Concilio que Juan XXIII había echado a andar. Soñadores y creyentes, las dos cosas y ambas con mucho humor.

 

 

 

Setiembre-Octubre  2010
nº 714-715

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