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Qué poder tienen los críticos
Poder ninguno, pero algo se mueve
Josep Maria Cadena
Sobre el arte y lo que significa dentro de la vida de cada persona y de la sociedad en general, siempre hay más preguntas que respuestas. Y, en especial en unos tiempos como los actuales, en que la crisis resulta global y globalizadora. Las apetencias materiales, nunca ausentes, ganan en protagonismo y son muchos los que sin rubor alguno declaran que el arte en general está muy caro –desorbitado– y que conviene atender antes a muchas otras prioridades, si ésta llegó a serlo alguna vez. Por ello, a la pregunta “Qué poder tienen los críticos”, podría responder con un rotundo “ninguno” –pongan ustedes las mayúsculas, pues a mí me da vergüenza ser tan expeditivo– y a otra cosa mariposa. Pero pienso que todo tiene sus gradaciones y del “alguno” se puede pasar al “bastante”, para ir hacia el “mucho” y ascender al “todo” que en ciertos casos se ha dado. Depende del según y cómo, de las circunstancias externas de cada momento y, en especial, de la obra hecha y de quién sea su autor.
Sin creador no hay crítico que de verdad aguante. Pueden ponerse en marcha unos sistemas de proyección, unas expectativas y unos aparatos de difusión y propaganda muy bien construidos sobre los poderes del dinero y de la palabra. Pero si el artista no aguanta, no mejora en lo que, en principio se intuye en él como bueno y no consigue afirmarse en sus auténticos valores, el castillo de naipes construido con su baraja de posibilidades se desmorona. A veces la caída es rápida y en ocasiones dura lo que el cuerpo aguante y hasta parece que crezca, pero pasa el tiempo, desaparecen los críticos que han hecho los elogios y analizado filosóficamente cada aspecto de lo realizado y el protagonista del conjunto y de los detalles, establecido en multitud de diccionarios y monografías, queda borrado del mapa de los prestigios futuros. A veces –pocas y raras– hay injusticias flagrantes, pero en la mayoría de los casos el artista no supo sacar lo que de trascendental tenía en sí mismo y el crítico –cada uno y los demás que con él polemizaban– no quería ver lo que realmente había y se quedó en el agujero negro que hay en cada trozo de cielo de las buenas intenciones.
Desde hace cuarenta años he ejercido funciones informativas y de crítica en la prensa diaria barcelonesa. Pienso que sé de lo que escribo y por ello puedo equivocarme de lleno, llevado por mi propia inercia. Intenté ser justo y honrado, pero quizá no lo conseguí en el grado que yo deseaba y los demás querían. O que no querían, porque en el mundo del arte se dan todos los vicios, grandes y pequeños, que existen en el conjunto de las acciones orientadas hacia el bien común, que es una entelequia. Pero no estoy descontento del nulo poder que tuve ni de la escasa influencia –poder e influencia son cosas distintas– que en algún momento pude emplear en bien de lo que creía acertado. El arte venía de la noche de los siglos –de la mano ensangrentada que marcó sus dedos sobre la roca– y yo me subí a su carro; luego tuve que bajarme y ahora veo que transita como puede y como le dejan. Pasa por malos tiempos, pero vendrán mejores y allí estarán los artistas para practicarlo y algún que otro crítico que lo contará de la mejor manera posible, sin zancadillas verbales.
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