El mirador
Desayuno con Miró
   
 
Lluís Bassat

 

La historia del arte moderno empieza con el impresionismo. Hasta entonces la mayor parte de pintores y escultores del mundo trabajaban en su estudio con los modelos delante. Cuando se trataba de pintar a reyes, príncipes, o papas, se trasladaban a los respectivos palacios donde montaban ahí su estudio.
Los bodegones solían ser lo más fácil de pintar. Hacían una composición sobre una mesa, la iluminaban bien y trasladaban esa imagen a su tela. El bodegón no se movía ni necesitaba descansar.
La figura era lo más difícil. Además de la composición, la luz, la calidad pictórica, hacía falta que el personaje se pareciera y se gustara. Si estaba sentado las sesiones podían ser largas, si de pie o a caballo, el modelo, rey o príncipe, se cansaba antes y había que realizar muchas más sesiones.
Pintar paisajes o marinas significaba ir al lugar en cuestión, instalarse, montar el caballete y tratar de plasmar con la máxima precisión lo que se veía, con la dificultad que la luz iba cambiando a lo largo del día, y el artista debía escoger una, la que más le gustara y ser fiel a esa luz.
El impresionismo saca al artista de su estudio y frente a un determinado paisaje, trata de obtener una impresión visual. Tal vez toma alguna nota a lápiz en un cuaderno o una hoja de papel y regresa a su estudio, donde realiza el cuadro, prácticamente de memoria, recordando la impresión que le causó ese lugar. Ahí nace el arte moderno, donde no se trata ya de ser lo más fiel posible a la realidad sino de dar una impresión personal de esa realidad.
El cambio de reglas que significó el impresionismo facilitó nuevos cambios: el puntillismo, el noucentismo, el art nouveau, el cubismo, el futurismo, el surrealismo, el expresionismo, el dadaísmo, el informalismo, la abstracción. Todos ellos, movimientos que no evolucionan sino revolucionan el arte moderno y contemporáneo.
La mayor parte de artistas empiezan a pintar o esculpir de una manera y acaban cambiando a la que puede ser su forma habitual de pintar o de hacer esculturas. Así, Miró, por ejemplo, empieza con una evolución del noucentismo, como en ese famoso cuadro suyo, La Masía, y cambia en un momento dado a las constelaciones, que simplificando, simplificando, se convierten en el estilo por el que es reconocido mundialmente.
Conocí a Miró en 1969. Después de muchos años de no exponer en Barcelona a causa del franquismo, aceptó hacer una exposición en el Colegio de Arquitectos de nuestra ciudad.
El Colegio pidió a cuatro amigos míos, que formaban el Studio Per, Oscar Tusquets, Lluís Clotet, Cristian Cirici y Pep Bonet, que montaran la exposición. Ellos a su vez me pidieron a mí que me ocupara de todas las proyecciones que entonces se realizaban con carruseles Kodak. Miró les envió un boceto de cómo quería pintar todas las vidrieras de la fachada, de aproximadamente 44 metros de largo por dos de alto. Les encargó específicamente que pintaran todos los colores, menos el negro, que él pintaría el día de la inauguración a primerísima hora de la mañana.
Así se hizo. Cuando llegó, con un cubo de pintura negra y una escoba, nos felicitó por el trabajo hecho de toda la exposición y del mural y empezó a pintar el último color. Sin mirar ni un solo instante el boceto, pintó todo el negro exactamente igual que en el boceto. Ni un gesto distinto, ni una duda, idéntico. Para que luego alguien diga que la pintura de Miró son unos trazos hechos al azar. ¿Alguien ha probado a pintar un cuadro de Miró? Copiar uno es fácil, pero inventar uno, dificilísimo.
Luego nos invitó a desayunar en un café cercano con su amigo Joan Prats. Y he de reconocer que ese desayuno ha sido uno de los más memorables de mi vida.
Miró era un hombre sencillo, preocupado exclusivamente por el proceso creativo. Miró destrozaba un trabajo si no quedaba completamente satisfecho del resultado. Igual que un creativo publicitario. Pero con una gran diferencia. El briefing se lo daba él mismo y también era él el que juzgaba el resultado.
En publicidad, que en mi opinión forma parte del arte del siglo XX y XXI, no sucede lo mismo. Quien hace la campaña es juzgado por otra persona cuyo objetivo suele ser exclusivamente vender más y no si la campaña es realmente brillante y creativa. Lo que muchas veces no tienen en cuenta las personas que juzgan las campañas de publicidad es que lo que sorprende a los espectadores, es precisamente la creatividad, la idea nueva, brillante, con un componente artístico que sea memorable, que haga que esa imagen quede en la mente del espectador no un día ni dos, sino meses, años y a veces toda una vida.
Este es el arte de la publicidad, no solo vender hoy sino conseguir una imagen para la marca que quede grabada en la mente de los consumidores para siempre. El argumento para vender puede ser racional pero las marcas se construyen con imágenes emocionales, las que llegan directamente al corazón. Y esas imágenes, muchas veces, son las que están inspiradas por el arte contemporáneo y no sólo por las artes plásticas, sino también, y sobre todo, por el cine y la televisión.

 

 

 

Diciembre  2011
nº 729

ver sumario
¿Qué buscas?
  
 
Novedades
 
La ética y el periodismo clausuran la exposición de los 60 años de El Ciervo

El Ciervo celebró una mesa redonda sobre ética y periodismo con el título “De la censura a la autocensura” que puso fin a la exposición “El Ciervo. Sesenta años de una revista improbable” en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona.
 
Ganador del Memorial Joan Gomis

Contrast/Fora de Quadre y Roberto Savio ganan el VII Memorial Joan Gomis
 
Resolución del 37 Premio Enrique Ferran

Artículo ganador: “El primer día” de José Ramón Alonso Peña
 
HABEMUS PAPAM

(Crónica desde Roma)
 
PRIMERA VALORACION RÁPIDA DEL PAPA FRANCISCO

A FAVOR - EN CONTRA
Artículos destacados
  La penitencia de confesar
Joaquim Gomis
  Escuchar historias, vivir otras vidas
José Martí Gómez
  Daniel Berrigan:
Bárbara Arizti y Andrés García Inda
  Chéjov, el humanista de la austeridad
Enrique Moreno Castillo
  Mi biblioteca del holocausto
Carolina Moreno Tena
  La semilla de ‘La sonrisa etrusca’
José Luis Sampedro
  Por qué la religión no puede vivir sin mística
Luke Timothy Johnson


Premio Enrique Ferran
+ El ruiseñor y el mandarín o los tres dones del arte     
Juan V. Fernández de la Gala
Los tópicos del arte
+ Yo no entiendo de arte. Cuestión de prioridades     
Àngels Freixanet
+ El buen arte es provocador.     
Sin adjetivos
+ El arte clásico es el bueno. No se puede diferenciar     
Juan Eymar
Qué poder tienen los críticos
+ Poder ninguno, pero algo se mueve     
Josep Maria Cadena
Quién decide qué es arte
+ El tiempo     
Luis Suñén
El mayor placer artístico de mi vida
+ La montaña mágica     
Ferran Mascarell
La firma
+ El auténtico valor del arte     
Cesc Gelabert
El mirador
+ Desayuno con Miró     
Lluís Bassat
Cómo financiar la creatividad
+ Los modelos británico y francés     
Josep M. Bricall
Por qué hago arte
+ Por mi infancia     
Fernando Trullols