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Editorial
Amigos de papel
Soledad Gomis Bofill
Para cualquier publicación, llegar
a los sesenta años es un
logro fantástico. Pero para una
revista improbable y modestísima,
como nosotros, es casi un milagro.
Un milagro que se explica con una
fórmula: amigos. Viene eso a cuento
de que, para cerrar el aniversario,
antes de cumplir 61, hemos organizado
una exposición sobre nuestra
historia. Ya lo habréis leído. Nos
costó bastante sintetizar estas seis
décadas: pocas palabras y necesidad
de muchas ilustraciones. Así que
unas cosas no podían mostrarse porque
no había apoyo visual y otras
debían reducirse al máximo.
El capítulo más sencillo de enseñar
era el de los inicios de la revista,
lo que hemos llamado “Las tres censuras”.
Una era la eclesiástica, la otra,
la censura civil –que fue sustituida
luego por el artículo segundo de la
ley de prensa, la llamada ley Fraga y
los secuestros o multas a posteriori.
Ambas ofrecían buen material para
una exposición porque conservamos
galeradas con tachaduras en rojo y
observaciones detalladas de los censores.
Además, gracias al trabajo que
realizó para su tesis doctoral la
historiadora María José Martínez
González, de quien aquí publicamos
unas reflexiones, todo estaba
perfectamente localizado. La tercera
cesura, como la hemos denominado,
era la que ejercían algunos grupos y
personas anónimas. Hubo amenazas
y un asalto en el que trataron de quemar
la redacción, destrozaron todo,
de libros a máquinas de escribir, y
llenaron de proclamas y esvásticas
las paredes, las ventanas y los espejos.
Fue el denominado V comando
Adolfo Hitler.
No queríamos extendernos excesivamente
en este tipo de batallitas.
Forman parte de nuestra historia,
y pensábamos que tenían también
interés sociológico e histórico para
los visitantes ajenos a El Ciervo.
Queríamos que tuvieran un espacio
proporcional al tiempo en que se
dieron.
Venía luego la normalidad. Y
¿cómo mostrábamos esa normalidad,
cómo hablar de los premios Enrique
Ferran, de los Pliegos de poesía, de
los premios que nos han otorgado,
de tantos actos en los que hemos
encontrado el apoyo de las mejores
mentes del país, etcétera? Siempre
ha trabajado un equipo muy reducido
en Calvet 56. Magnífico, pero
reducido. Y nadie ha tenido tiempo
de pensar en cómo divulgar nuestro
trabajo, nuestras iniciativas. Y si se
ha pensado, ¿quién lo hacía? En
resumen: que apenas quedaban tres
fotos de todas esas iniciativas. Al
final la idea fue crear un mural con
los rostros de todos aquellos que,
desde fuera, nos han dado su apoyo
a lo largo de seis décadas: con colaboraciones
puntuales, participación
en actos, con ayuda económica, con
el apoyo a nuestra candidatura al
premio Príncipe de Asturias, con
sugerencias para que nos otorgaran
otros galardones…
Quedaron muchas cosas fuera
de la exposición. Por ejemplo,
cómo ilustras el estilo de El Ciervo,
cómo muestras, visualmente, sin
palabras ni explicaciones, nuestra
inclinación por la sencillez, por la
ironía. Por la claridad, que tratamos
ahora de llevar al papel con el nuevo
diseño. No pudimos, aunque sí elegimos
la “vida cotidiana” como uno
de nuestros temas señeros, junto con
la democracia, Europa, la religión y
la cultura.
Quedaron también cosas como
lo que hoy presentamos: la carta
de “Un muchacho de veinte años”
declarándose homosexual, en 1974.
La publicación de esta carta –que
dio lugar a un expediente– generó
diversas respuestas que no pudieron
aparecer en la revista. Ahora las
recuperamos, casi cuarenta años después.
En la fecha de la carta, la gente
acudía a Perpiñán para ver El último
tango en París y Buñuel recibía un
Óscar por El discreto encanto de la
burguesía.
La mitad de los que nos leen
recordarán el clima político, con
el atentado mortal contra Carrero
Blanco y también el golpe de Estado
en Chile. En este año, “Un muchacho
de 20 años” plantea si la inaceptabilidad
de los homosexuales es
justa o injusta. No reivindica ni da
por hecho que no merece condena
alguna. Si la carta, desde el hoy, llama
tan poderosamente la atención, las
respuestas sorprenden más aún. Por
el cómo unas, por la anécdota otras.
Tienen en común el compartir: opiniones,
experiencia, apoyo. Y volvemos
así al comienzo, a los amigos.
Un grupo de amigos creó El
Ciervo. Seis décadas más tarde,
unos siguen aquí y otros se han
sumado. No somos gente que nos
veamos mucho, y no solo porque
vivamos en poblaciones distintas. A
veces ni nos conocemos físicamente.
Sin embargo, tenemos la intimidad
que dan años de compartir ideas y
experiencias. Las cruzamos aquí, en
estas páginas que ahora tienen entre
las manos.
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