Cómo será Europa en 2051
Que nos quedemos como estamos
   
 
Josef Forbelsky

 

Expresar deseos si no sueños en cuanto a la futura imagen del continente europeo es para cualquier ciudadano centroeuropeo una tarea de suma precariedad. ¿Por qué? Porque su vivencia histórica es específica y difiere. Por ejemplo, de la del ciudadano hispano, aunque ambos hoy día son propietarios del pasaporte de la Unión Europea.
Mientras que el de la Península “recorría“ la trayectoria que mediaba entre la actual Unión y la originaria estructura universal hispanocéntrica, el que ha nacido y vive hoy en la Europa central, concretamente en la República Checa, pudo experimentar dentro de una sola vida muy diferentes “climas” que fueron dictados por las constelaciones estratégicas en que iba encontrándose su país: la francesa, en consecuencia de la Paz de Versalles en 1918, al caer la monarquía Austro-Húngara y constituirse Checoslovaquia; la alemana, cuando la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Adolf Hitler en 1939-1945; la soviética-rusa, después de la victoria de Stalin y su Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial; y, finalmente, vivimos la “experiencia norteamericana”, dada por la orientación de la “revolución de terciopelo” en 1989 y la posterior entrada en la OTAN.
Además de estos reagrupamientos se realizaron las radicales mudanzas de sistemas económicos: el capitalismo de la República Checoslovaca (1918) fue sustituido durante la Segunda Guerra Mundial (1939) por la economía capitalista-distributiva de los nazis. Terminada la guerra, pronto se instaló el socialismo-comunismo prosoviético (1948), es decir, la expropriación y nacionalización de medios de producción, hasta el taller del último zapatero y sastre. Y fracasado este proyecto de la producción y del mercado centralmente planeados y suprimido el marxismo-leninismo como ideología estatal (pero no el Partido Comunista), vino la restauración del capitalismo neoliberal (1989).
Este “movedizo terreno” quedó colmado en 1993 con el desmembramiento de Checoslovaquia y con la constitución de dos Estados, la República Checa y la República Eslovaca. Con tales vivencias no es fácil adivinar lo que pueda existir en Europa a mediados del siglo XXI.
Lo cierto es que la vertical quiebra del continente ocurrida como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial –y la liquidación del poder que Europa hasta entonces ejercía sobre el globo– trajo su escisión en el Oeste y el Este. En realidad su transformación en Euroamérica y en Euroasia. Esta situación, típica de la época de la guerra fría, se percibía en los países del Este como anorgánica y opresiva. Surgió así una fuerte tendencia a “despedirse de Asia” para “volver a Europa”; adherirse a la comunidad europea.
A partir del año 2003 la República Checa es miembro de la Unión Europea. El hecho de que los Estados europeos no compitan mutuamente de forma sangrienta y de que fueran quitados los alambres de púas que separaban las fronteras realmente representa una revolución nunca registrada en la historia continental. Si esta situación se conservara en 2051, no sería poco.
No obstante, la integración europea despierta reacciones de heterogéneas fuerzas que pueden tener motivaciones en distintas ideologías, ante todo de orientación nacionalista y autárquica. Hay temor por la pérdida de la soberanía y el carácter nacional. Se siente la inquietud por la instalación del nuevo centralismo que pudiera paralizar la flexibilidad social y económica. Se plantea el problema de comunicación en una comunidad plurilingüística, con la perspectiva de la reducción de lenguas minoritarias. Otros temen un inescrupuloso dictado de los centros de finanzas mundiales. Mal olor despiertan algunos extravagantes reglamentos de Bruselas. Mucho ruido provoca actualmente el destino del euro.
Soñando sobre el futuro de Europa, surgen visiones de cada uno. Se apoyan en los sustratos depositados en el suelo europeo, tengan el carácter de la cultura cristiana, de la ideología socialdemócrata, comunista o liberal. Cada uno quisiera tener a Europa “a lo suyo”.
El proceso de integración continental contiene fundamentalmente el aspecto de la autosalvación del Viejo Mundo al acabarse su universal papel dominador (y colonialista). En este sentido vale: cuanta más integración hoy, más seguridad mañana. Es típico aquí que las potencias últimamente derrotadas –Francia y Alemania– se muestren más favorables a la integración, mientras que Inglaterra continuase como viviendo su sueño imperial. Incluso debería pensarse en fundar esta seguridad en la más independiente fuerza militar, ya que las antiguas “afueras” disponen y dispondrán de mucha. Si bien es seguro, por otra parte, que el proceso ideal sería el desarme global.
Pero la realidad es que hoy día el destino de Europa se mueve dentro del triángulo Norteamérica, Rusia, China. Sería deseable que la Unión no dejara de tomarlo en cuenta. Según es posible pronosticar, el mundo a mediados de nuestro siglo dependerá de cómo irá resolviéndose la carrera hegemónica entre Estados Unidos y Asia (China). La futura faz de la Unión también resultará de este hecho.
Mientras tanto, el cuadrángulo formado por la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia, China (Asia) u otro sistema de más ángulos, pero con una Europa suficientemente integrada, podría suministrar a nuestro mundo más estabilidad y equilibrio que la estructura de un simple triángulo en el que Europa no fuese más que un apéndice.

 

 

 

Junio  2012
nº 735

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