Pienso, luego existo
La tortura no funciona
   
 


 

El senador norteamericano John McCain, que fue torturado en la guerra de Vietnam, consiguió a mediados de diciembre que el presidente George Bush aceptara una ley que prohibiera toda tortura. Horas antes de ese acuerdo, el secretario de Justicia, Alberto Gonzales, se había mostrado “reacio” a firmar el acuerdo. Y aún así, la CIA quedaba fuera de las obligaciones, según informaba la cadena CNN.
Días después, McCain aclaró que el proyecto de ley en discusión en el Congreso lo que pretendía era instaurar en el derecho estadounidense el principio internacional que prohíbe el trato de prisioneros que “repugna a la conciencia”. La cadena ABC le preguntó entonces si el trato a un sospechoso de terrorismo que pudiera revelar información capaz de detener un ataque inminente “repugnaría a la conciencia”. McCain respondió que no. “En esa situación de un millón a uno, el presidente de Estados Unidos lo autorizaría y asumiría la responsabilidad”, especificó.
La tortura, como se ve, tiene grados. Sin embargo, en un libro célebre que corre por el Ministerio de Defensa -el Pentágono– norteamericano, se advierte que la tortura sirve para poco. El mayor Sherwood F. Moran escribió en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, un informe sobre cómo manejarse con prisioneros de una cultura tan ajena como la de los enemigos de aquella época: los japoneses.
La gran novedad del método de Moran fue el modo de tratar a los detenidos: era simpático con ellos. Durante la guerra mundial, se creía que la única solución para sacar algo de los terribles kamikazes era un método salvaje, Moran demostró que no. Precisamente la dureza no funcionaba.
Moran empezaba sus interrogatorios recordando al prisionero que “ya estaba fuera de la guerra, en un lugar ‘seguro’, y por tanto, ya no era un enemigo. El prisionero debe creer que todo ha acabado. Y le hacía sentir que le hablaba de ser humano a ser humano.” Entonces empezaban las preguntas: “Al principio le pedía por su familia. Ponía sus problemas en el centro y le hacía olvidar la guerra. Si estaba herido le pedía ver sus heridas (¡les encanta enseñarlas!)”. Y en muchos casos funcionaba.
No hemos dicho un detalle básico: Moran hablaba perfecto japonés. Aunque la clave última no era la capacidad lingüística del interrogador ni su experiencia, sino “su temperamento”.

 

 

 

enero  2006
nº 658

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