Memorial Joan Gomis
Nicaragua, el reino de las ONG
   
 
Iolanda Parra y Sergi Picazo
Periodistas

 

La revolución sandinista (1979-1990) recibió el apoyo de un inmenso ejército de voluntarios de todo el mundo armados con lápices y vacunas. Los nicaragüenses, tras sufrir las dictaduras de la familia Somoza durante el siglo xx, habían sido obligados a la obediencia y entrenados para la impotencia. Entonces, de repente, y de mares lejanos, llegaron miles de personas –y dinero– para ayudar a levantar un país en ruinas. Los brigadistas de la alfabetización europeos, los médicos cubanos, los ingenieros de Bulgaria y los kalashnikov soviéticos forjaron un aparato internacional de ayuda y cooperación durante más de una década.

El objetivo de todo aquello era enseñar a leer y escribir a quien no sabía y favorecer el acceso a la tecnología a quien no tenía. Aun así, al año siguiente de la caída del sandinismo, los nicaragüenses empezaron a comprobar que, no se sabe cómo ni por qué, algo había fallado. La ayuda no funcionó como se pensaba, las máquinas quedaron paradas y no se volvieron a encender, las escuelas cerraron por falta de presupuesto y profesores, los centros de salud se quedaron sin medicamentos. Aún así, nadie se paró a pensar. La maquinaria de la ayuda al desarrollo seguía funcionando con más fuerza que antes. El dinero, en lugar de disminuir, aumentaba. Pero las necesidades, en lugar de disminuir, también crecían. Algo no funcionaba, pero nadie se hacía aún la pregunta. Los inicios de la cooperación catalana moderna y laica –sin contar, evidentemente, las misiones religiosas ni asociaciones surgidas de la Iglesia como Manos Unidas e Intermón– se inicia a lo largo de los años 80 en Nicaragua, y posteriormente en toda América Central. Aquellos años, por influencia del mito del sandinismo y por la solidaridad con el pueblo nicaragüense, muchas asociaciones catalanas empezaron a dirigir hacia allí su ayuda. Centenares de voluntarios, miles de proyectos de cooperación, decenas de miles de envíos de material y millones de euros han viajado desde Cataluña hasta aquel pequeño país latinoamericano durante los últimos 27 años. Una herencia de todo ello son los 70 hermanamientos entre pueblos y ciudades de Cataluña con pueblos y ciudades de Nicaragua, un dato que según un reciente informe del Fons Català de la Cooperació representa la mitad de los hermanamientos catalanes en todo el mundo. Nicaragua es, de hecho, un virreinato de las ONG catalanas y españolas. El país aparece como “destino preferencial” en todos los programas de cooperación elaborados desde la Agència Catalana de Cooperació y la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). Y, como un efecto lógico pero a menudo perverso, la mayoría de ONG catalanas elabora cada año proyectos de solidaridad destinados específicamente a Nicaragua.

Hoy se puede recorrer el país de ONG en ONG: al sur, la Asociación de Amigos de San Miguelito, con sede en Sant Boi de Llobregat, hace proyectos ecológicos; en la zona selvática de Bluefields, la Universitat de Girona subvenciona la biblioteca de la URACCAN; en San Carlos, en la ribera del Lago Nicaragua, te encuentras con Médicos del Mundo, que gestionan subvenciones de varios ayuntamientos catalanes; en las playas del Caribe, puedes hablar en catalán con un grupo de voluntarios que controlan la caza de tortugas de los pescadores nicaragüenses; en las montañas del norte, el Colectivo de Mujeres de Matagalpa tiene el apoyo de varias organizaciones sociales barcelonesas, y la Asociación Catalano-Nicaragüense de Amistad y Solidaridad paga un centro cultural y profesores en San Ramón; en el centro del país, el Bufete Popular Boris Vega de la ciudad de Masaya cuenta con una abogada catalana; por las ciudades coloniales de Granada y León se pasean maestros de Tarragona y Girona para ayudar en el programa de alfabetización “Yo sí puedo”; y finalmente, en Managua tienen su sede la AECI y el Fons Català y organizaciones como Intermón, Cooperacció, Fundación Codespa, Entrepobles o ACSUR-Las Segovias. Definitivamente, en Nicaragua es fácil encontrarse con catalanes, sobre todo cooperantes y brigadistas.


Infraestructuras o sociedad
Casi treinta años después del inicio de aquella primera cooperación en Nicaragua, la ayuda catalana se ha incrementado de manera exponencial. Las ONG siguieron el modelo típico de desarrollo y modernización a la europea, pero las cifras macroeconómicas presentan hoy un marco descorazonador. El crecimiento de un país se podría medir por el nivel de las infraestructuras, la productividad o el grado de bienestar en sanidad y educación, y por ello, la cooperación apostó al principio por estos sectores.
Sin embargo, en los últimos años una parte de las ONG ha decidido apostar por proyectos que ahora llaman de fortalecimiento de la sociedad civil. Su idea es que el crecimiento y el bienestar de un país dependen de la voluntad y la presión que ejerzan sus habitantes sobre el poder: el gobierno, las empresas o los organismos internacionales. Esta teoría considera que el estado, entrecruzado por la corrupción y dominado por una clase privilegiada, ha sido incapaz durante años de garantizar el bienestar de los nicaragüenses, y que una solución pasa por una mayor democratización y responsabilización del aparato gubernamental. Para lograr su objetivo, según estas ONG, no se necesitan nuevas carreteras ni grandes infraestructuras, sino educar a las nuevas generaciones e impulsar la organización social de las clases pobres y marginadas.

El debate entre los partidarios de tener incidencia social o los que creen que hace falta proveer primero de servicios básicos sigue abierto. Los nuevos proyectos solidarios en Nicaragua han empezado a plantearse desde otra perspectiva, introduciendo conceptos como la educación popular, la organización de los movimientos sociales de base, el acompañamiento de las iniciativas internas. Tal y como explica Humberto Meza, coordinador de la sección de Comercio y Agricultura y de la campaña Nicaragua Posible de Intermón Oxfam, “la cooperación ha visto claro que la mejor inversión es la creación de sujetos políticos y sociales”. De esta manera, según Meza, se conseguirán cambios profundos, “desde abajo y a largo plazo”. Además, “debemos crear espacios de participación política de la sociedad civil, ya sea a nivel municipal o estatal”. Los programas de Intermón apoyan a organizaciones sociales nicaragüenses “para cambiar la situación de desigualdad y pobreza por la vía de la presión a sus gobiernos”.

Intermón trabaja en proyectos de género, seguridad alimentaria, participación social o comercio justo con contrapartes locales, y no tiene cooperantes extranjeros en ningún país. Las contrapartes son quienes han de ejecutar los proyectos, pese a que la financiación sea externa. “Nosotros sólo hemos de actuar como mediadores entre la UE, España o los ayuntamientos y las asociaciones nicaragüenses. Controlamos y hacemos seguimiento de todo el dinero que damos, pero nada más”, concluye Meza. Es la única manera, según explica Pep Llobera, miembro del Observatori del Deute Extern, de evitar que los ciudadanos del tercer mundo “se manifiesten y hagan cola ante las embajadas extranjeras en lugar de transmitir las reivindicaciones a sus gobiernos”.


¿Existen alternativas?
El primer paso de este camino pasa por comprobar cómo el “desarrollo” está perjudicando gravemente a aquellos que deberían ser los “beneficiarios”. Laia Serradell, representante en Nicaragua de la Fundación Codespa, explica que “hace veinte años que Nicaragua vive del regalo. Primero, gracias al gobierno del FSLN. Y después, por las ONG. La gente se queda sin alicientes para superarse y mejorar si todo le viene dado por otro”. La conclusión de Serradell, politóloga y cooperante desde hace tres años, es que “la cultura del regalo no funciona: si no implicas a la gente, no sirve. A la gente, les ha de costar algo de esfuerzo propio tirar adelante con sus empresas o proyectos sociales. Mientras el dinero sea de otro, no se preocuparán”. Pese a las excepciones, que tampoco son pocas, los resultados poco efectivos de la ayuda al desarrollo se han dejado ver en los últimos años de manera a menudo dramática.

Kermán Merodio, cooperante vasco y coordinador en Nicaragua de los proyectos de la ONG catalana Cooperacció, explica uno de los fracasos de la cooperación catalana y española más paradigmáticos: “La gestión de los recursos que llegaron para paliar los efectos del huracán Mitch fue un desastre. No había ninguna regulación, ninguna norma sobre qué hacer con el dinero. Y no sólo el estado malversó estos fondos. Algunas organizaciones sociales se vieron de repente gestionando muchísimo dinero, y una parte acabó en manos privadas. Fue un caos”. Pero, a parte de la ayuda de emergencia ante hechos puntuales como guerras o catástrofes naturales, la cooperación en líneas generales durante los años 90 en Nicaragua, según Merodio, “también fue lamentable”. El miembro de Cooperacció denuncia que “pequeños proyectos solidarios que consiguieron construir un pequeño centro de salud o una pequeña escuela no acabaron fructificando porque cuatro o cinco años después desaparecieron”. El estado nicaragüense, o su ministerio de Salud o Educación, “no pudo o no quiso mantener con personal y recursos aquellos centros construidos por alguna ONG. Son los efectos del modelo neoliberal y del recorte del gasto social que se implantó en los 90”. El discurso del “desarrollo” todavía tiene muchos creyentes. En Nicaragua, en concreto, es el pan de cada día. A veces funciona, crea islas de paz y solidaridad, pero la pobreza estructural sigue instalada en el país. El “desarrollo” ha creado una industria propia, el llamado Tercer Sector, que ha llegado a ser útil tanto por los que reciben como por los que dan. En otras palabras, Fefa Martínez, una cooperante con casi treinta años de experiencia en Nicaragua, explica con cierta ironía que “la cooperación sólo ha tenido una cosa positiva: la creación de puestos de trabajo, aunque sean precarios y temporales, para miles de jóvenes licenciados universitarios en España”.

La nicaragüense Nubia Ordóñez, coordinadora del Instituto para la Promoción de la Investigación Lingüística de la URACCAN, con el apoyo financiero de la Universitat de Girona, introduce otro elemento, puesto que vive en una región con alta presencia indígena miskito y creole: “El problema de la cooperación es que a menudo hay una diferencia cultural y política a tener en cuenta, y que generalmente desde Europa no se tiene presente”. El historiador Gilbert Rist también encuentra, en su obra El desarrollo. Historia de una creencia occidental, una posible vía de escape en “las prácticas de algunos movimientos sociales del Sur que han renunciado a esperar nada de la buena voluntad de los poderosos y no creen ni en la ayuda ni en la cooperación internacional”, sino que se organizan entre ellos “inventando nuevas formas de lazos sociales y nuevas maneras de asegurar su existencia”. Aunque se presentan en formas muy diversas, comparten la idea que en aras del “desarrollo” se ha producido una expropiación material y cultural y ven que el fracaso es tan grande que es inútil continuar por ese camino. Entonces, según expone Rist, “la tarea principal consiste en devolver la autonomía política, económica y social a las sociedades marginadas. Lo importante es la reconquista del derecho de cada sociedad a organizar su existencia según las ideas propias, al margen del sistema vigente, limitando el papel de la economía, renunciando a la acumulación de bienes materiales, favoreciendo la creatividad y asegurándose que las decisiones las tomen los que se encuentran estrictamente implicados”.


¿Dónde está la revolución?
La reflexión ha empezado a llegar al mundo de las ONG en Cataluña, pero también a Nicaragua y al resto de países empobrecidos. Humberto Meza, representante de Intermón Oxfam, señala que “las ONG no han servido para construir sujetos políticos con derechos y deberes. Aún así, poco a poco, su trabajo crítico en los últimos años ha creado como mínimo un debate social sobre el acceso a los recursos y las necesidades básicas de la gente”. Sin embargo, Meza denuncia que “la culpa del fracaso de la cooperación no es de las ONG, sino de la historia reciente de Nicaragua. Nadie ha reaccionado ante el proceso de privatización de los servicios básicos y del empeoramiento de las condiciones de bienestar en salud, educación y alimentación. Estamos como estamos porque nadie protestó”. Laia Serradell, representante en Nicaragua de Codespa, profundiza en el argumento de Meza y afirma que “el gran reto de las ONG debería ser fortalecer los estados de los países donde ayudan. Hacer revivir la opinión pública y fomentar la movilización de la sociedad civil”. Según su balance, después de un par de años en el país, el problema es que “la gente generalmente desconoce sus derechos. Parece que la ciudadanía nicaragüense está muerta. ¿Dónde está el espíritu de la Revolución Sandinista? La gente se ha quedado sin nada en qué creer y está desilusionada y decepcionada”.


Sergi Picazo (Barcelona, 1980) estuvo hace poco en Nicaragua cinco meses. Allí hizo sus entrevistas. Con Iolanda Parra (Sant Feliu de Llobregat, 1977), que además de periodista es estudiante de antropología, redactó la pieza. Sergi trabaja en el periódico Universal y colabora en la revista Directa; Iolanda es encargada de la web Xarxa ciutadana de Sant Feliu.

 

 

 

Septiembre-Octubre  2007
nº 678-679

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