Trasfondo
Se necesitan empresas
   
 
Pere Escorsa
Catedrático de economía

 

Nada más lejos de mi ánimo que criticar a las ONG. Reconozco y admiro su entrega y su abnegación, demostradas en múltiples ocasiones. La Cruz Roja, Médicos sin fronteras o Intermón Oxfam, entre muchos otros organismos, han contribuido a salvar vidas y a mejorar las condiciones de millones de seres humanos. Años atrás, Bernard Kouchner, fundador de Médicos sin Fronteras, y hoy ministro del gobierno francés, me convenció con su defensa de la ingerencia humanitaria, es decir, la necesidad de intervenir en las situaciones desesperadas –hambre, guerras, epidemias o catástrofes naturales–, incluso en contra de la voluntad de los gobiernos de los países afectados.
Las ONG han actuado así, con grandes riesgos, en Darfur, Sudán, en Somalia, en Etiopía y en muchos otros países demasiado pobres para solucionar sus problemas. Muchos cooperantes han perdido la vida en estas tareas.
Sin embargo, en los últimos años se aprecia un deterioro de la imagen de las ONG debido a una serie de causas: proliferación de organismos sin una finalidad clara, falta de coordinación en sus iniciativas, poca transparencia, excesiva dependencia de los fondos públicos, algún escándalo sonado. Y, además, una burocratización creciente. Para algunos trabajar en una ONG es un modus vivendi como otro cualquiera. Al fin y al cabo, las ONG son humanas, con sus virtudes y sus defectos.
Tampoco me gusta la sensación que dan frecuentemente algunas ONG de que “los ricos del Norte van, por un tiempo, a ayudar a los pobres del Sur, financiados con el dinero de sus gobiernos o de sus donantes”. Luego regresan a sus confortables países. Demasiado paternalismo, mezclado con un cierto neocolonialismo, que puede llegar a ser insultante. Muchas veces no tienen en cuenta las verdaderas necesidades de los receptores de las ayudas ni cuentan con ellos. Por otra parte, los donativos a las ONG son una forma cómoda de acallar la mala conciencia de los ricos.
Afortunadamente en muchos países receptores la situación ha cambiado. En la India, por ejemplo, que cuenta con más millonarios que la propia España, y cuya siderúrgica Mittal se ha hecho con el control de la europea Arcelor, ¿tiene sentido que continúen actuando las ONG? Probablemente sí, pues hay todavía enormes focos de pobreza, pero es evidente que los indios están ya capacitados para abordar sus problemas. Rony Brauman, de Médicos sin Fronteras, reconoce que en el reciente tsunami del Índico, los supervivientes de los países afectados, como Sri Lanka o Tailandia, fueron atendidos eficazmente por los sistemas sanitarios de sus propios países, sin necesitar ayudas externas.

Ponen parches
Sea como sea, las ONG harían bien en replantearse sus actividades. Ponen parches, pero es evidente que el desarrollo de países como Corea del Sur o Taiwan no ha sido debido a las ONG. “La caridad no es la respuesta a la pobreza”, afirma Mohammad Yunus, Premio Nobel de la Paz, impulsor de los microcréditos. Las ONG deben dar paso a la creación de empresas, a las inversiones, a la formación de directivos.
Múltiples voces apuntan ya en esta dirección. Por ejemplo, el periodista ugandés Patrick Luganda, sostiene que “en África hemos dejado atrás el período en que necesitábamos ONG y ahora lo que empezamos a necesitar son socios comerciales, inversores, empresarios”.
En el mismo sentido, el economista Will Kramer, del World Resources Institute, afirmaba en La Vanguardia que “al Tercer Mundo no hay que ir a dar dinero, sino a ganarlo. Debemos superar la caridad y la solidaridad en nuestras relaciones y empezar a tratarlos como socios”. Asimismo, el prestigioso economista C. K. Prahalad señala que “hay que dejar de ver a los pobres como un problema, para verlos como una oportunidad”.
He admirado siempre a los emigrantes españoles, que supieron crear tantas empresas en América Latina. Me entusiasma la tarea que lleva a cabo Nicolás Castellanos, completamente sumergido en la realidad boliviana. Hoy, mientras terminaba este artículo, leo en la prensa que tres empresarias catalanas han construído en Mali un hotel que da trabajo a 30 personas, “más que una ONG”. Creo que es el camino. Arriesgando su propio dinero y sin querer aparecer como benefactores de la humanidad.

 

 

 

Septiembre-Octubre  2007
nº 678-679

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