- Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro
- El club de los faltos de cariño, Manuel Leguineche
- Filosofía de la historia en Christopher Dawson, Jaime Antúnez
- Santo Tomás de Aquino, el oficio de sabio // Tomás de Aquino a la luz de su tiempo, Edualdo Forment // José Egido Serrano
- La mística, Evelyn Underhill
- Obra poética (1941-2005), Álvarez Ortega

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Clásicos
Prosas apátridas

Julio Ramón Ribeyro
Seix-Barral , Barcelona,2007

Diario sin cronología o colección de máximas sin moral, los textos de este libro carecen de una patria literaria propia, pero en modo alguno constituyen una invitación al superficial nomadismo en boga. Su autor los escribió durante años, en París, sin un objetivo literario preciso, al hilo de sus viajes en el metro, o de los cigarrillos fumados en el balcón de su casa. Lo limitado de su ámbito geográfico no les impide abarcar el universo. La muerte, las turistas estadounidenses, la paternidad, el rostro de los ciegos, el amor, los machos mediterráneos: ningún aspecto de la realidad es lo bastante nimio ni trascendente como para escapar al lúcido y a menudo desesperado diletantismo de un escritor que considera que escribir “más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento”.
Ribeyro (1929-1994) fue un excelente cuentista, y estas prosas demuestran su agudo sentido de la observación y su talento para inventar historias a partir de vivencias cotidianas. Algunos de estos textos pueden leerse como relatos en miniatura y otros como posibles semillas de cuentos nunca escritos. La imaginación y la precisión verbal del escritor peruano producen hallazgos que, en ocasiones, recuerdan a las greguerías de Gómez de la Serna. Las “raquíticas plantas de macetas” parecen “sembradas por peluqueros”; los bolsistas meditabundos con que se encuentra a diario en un café le recuerdan a “los fieles de la gran misa cotidiana del capitalismo universal”. Cáustico registrador de las naderías de la vida moderna, Ribeyro también cultiva el absurdo metafísico. A Kafka, por ejemplo, no le habría desagradado su “teoría del error inicial”, según la cual en toda vida hay un error preliminar que condiciona el sentido de nuestra existencia, al igual que el descuido de un guarda-agujas hace tomar al tren una vía equivocada.
En estas páginas, la transición de las honduras filosóficas al cuadro costumbrista puede ser fulminante. Ribeyro desarrolla una enjundiosa reflexión sobre el tiempo, al que considera como “el ámbito de la caída de lo que existe, si no la propia caída”; acto y seguido, nos propone una estupenda descripción de la loge de portera parisina: “En ese pequeño espacio se dan cita los objetos más feos del mundo: flores de plástico, bibelots de ferretería, y esos centros de mesa, especie de naturaleza muerta en mayólica, que fascinan a colmo de horror y terminan por poblar toda nuestra vida de pesadillas”. Esa mezcla aparentemente arbitraria de lo profundo con lo trivial, acaba por componer una actitud vital coherente. Ribeyro se define como un “hedonista frustrado”, como un escéptico que sabe de la insignificancia de la vida, de la vanidad de la gloria literaria, de lo mudable de recuerdos y afectos. Y, sin embargo, a pesar de la desesperanza que le acecha, el autor también es consciente de los milagros que puntúan nuestro pasaje por la Tierra: “La vida se nos da y se nos quita, pero hay momentos en que la merecemos, quiero decir que depende de nosotros que continúe o que cese”. Para Ribeyro, la afirmación estoica y taoísta de que “nada importa” es tan incomprensible como la tesis contraria, defendida por los pretenciosos intelectuales del momento. “Todo tiene importancia, nada tiene importancia, aquí, ahora”: ésa es la paradójica convicción que desprenden estas páginas admirables.

Marcos Eymar

En la vida, en realidad, no hacemos más que cruzarnos con las personas. Con unas conversamos cinco minutos, con otras andamos una estación, con otras vivimos dos o tres años, con otras cohabitamos diez o veinte. Pero en el fondo no hacemos sino cruzarnos (el tiempo no interesa), cruzarnos y siempre por azar. Y separarnos siempre. (p. 43)

 
Marzo-abril  2013
nº 741

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