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Historia
La guerra a los veinte años

Miquel Siguan
El Ciervo , Barcelona, 2004

Sobre la guerra civil española se han escrito cientos, miles de libros. En ellos queda claro que una cosa es la memoria y otra muy diferente la historia. Los hechos no son iguales cuando se viven que cuando se estudian desde la distancia del tiempo. No es lo mismo, por decirlo con palabras de Alejandro Sanz. No es lo mismo ser un académico enfrascado en la consulta de los papeles de un archivo –pongamos, el de Salamanca– que ser un joven de veinte años inmerso en la locura bélica. Miquel Siguan es muy consciente de esta diferencia. Dirigente estudiantil, abandonó la Secretaría general de la Federación de Estudiantes Catalanes para incorporarse a filas en 1938, durante la batalla de Teruel. Tuvo la oportunidad de tener un puesto menos arriesgado, en retaguardia, pero no quiso. Le hubiera parecido que estaba “haciendo trampas”. Pocos años después plasmaría su experiencia en un texto que, en principio, no estaba destinado a la publicación. Pasó mucho más tiempo y esas páginas se convirtieron en La guerra als vints anys (La Campana, 2002), el libro que ahora publica El Ciervo en su versión castellana. Los protagonistas del relato no son Franco, ni Azaña, ni tantos políticos y militares que aparecen en las historias al uso. Ni falta que hace. Con lucidez y ternura, el autor nos muestra el drama de la guerra desde el punto de vista de los simples soldados, de esos polluelos apenas salidos del cascarón que cantan y ríen sin parar para disimular el miedo que llevan encima. La peripecia personal del protagonista se entrelaza hábilmente con la historia colectiva, ya que a lo largo del relato vemos desfilar a múltiples personajes. Con sus inquietudes, sus sufrimientos, su pequeñez y su grandeza. Atento a los pequeños detalles, Siguan capta con una precisión casi sociológica una amplia variedad de situaciones. La mayoría corresponden a la vida castrense pero otras se refieren a los civiles, a esas criaturas que los militares creen poder “aplastar tranquilamente y sin pensarlo” (p. 74). Algunos casos resultan especialmente hirientes. Entre ellos, la desesperación de algunas mujeres que acceden a tener relaciones de pareja para tener la comida garantizada. No estamos ante un relato frío, en el que las personas apenas son más que una cifra. Todo lo contrario. Alguien con nombre y apellidos posee el talento narrativo necesario para transmitirnos las realidades concretas de la contienda. Esa comida de lata, asquerosa, o ese cansancio durante una marcha quién sabe hacia donde, en la que se pone a prueba el límite de la resistencia humana. Por no hablar de la suciedad, en la que proliferan piojos y pulgas. Tampoco falta el reflejo de los momentos más íntimos, como el día en que se reparte la correspondencia. Es en ese momento cuando el colectivo deja de ser tal para convertirse en “una colección de solitarios, cada uno enclaustrado en sus recuerdos” (p. 17). En otras ocasiones, el protagonista y sus compañeros deben azuzar el ingenio para sobrevivir. Aprenden, por ejemplo, a impedir que las ratas se coman el pan. La desorganización republicana queda patente en todo momento. Faltan metralletas, municiones, soldados adiestrados y, por encima de todo, unidad. Anarquistas y comunistas pelean entre ellos más que con el enemigo. Pero Siguan no evoca el desastre con amargura. Su libro, lejos de recrearse en las viejas heridas, es un canto a la esperanza y a la dignidad pese a todas las oscuridades.

Francisco Martínez Hoyos

"Si alguien pudiese leer nuestros pensamientos descubriría que, quien más quien menos, está deseando volver a casa, meterse en cama, cerrar los ojos y olvidarse de donde estamos, como si fuese una pesadilla. (p.11)"

 
Marzo-abril  2014
nº 746

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