- La casa de la alegría, Edith Wharton
- Lecciones de ilusión, Pablo d'Ors
- Victimas del terrorismo. Nueva justicia, sanción y ética / Justicia de las víctimas. Terrorismo, memoria, reconciliación, Antonio Beristain / Reyes Mate
- El infinito viajar, Claudio Magris
- El Islam, el fundamentalismo y la tradición al Islam tradicional, J. E. B. Lumbard (ed.)
- Poesía. Como llama en el diamante (1954-2004), NManuel Montero

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Clásicos
La casa de la alegría

Edith Wharton
Alba , Barcelona, 2008

‘El cuerdo habita en la casa del duelo, pero el loco habita en la casa de la alegría”. Este texto del Eclesiastés inspiró a Edith Wharton el título de su primera novela, pero ella nunca lo citó en su libro. En La casa de la alegría su protagonista, Lily Bart, nunca tiene una casa, ni se siente nunca como en casa, ni tiene una casa familiar a la que volver, ni siquiera imagina cómo sería la casa donde sería feliz.
Lily Bart es una mujer joven y bella de la alta sociedad neoyorquina a finales del siglo diecinueve. Pero le falta casi todo para pertenecer de verdad al círculo de los grandes y los poderosos: es huérfana y vive de la pequeña asignación de su tía, no tiene profesión, no tiene rentas y no tiene marido. Lily es consciente de vivir en una cuerda floja de la que caerá inevitablemente si no se somete a la primera norma de una sociedad hipócrita y corrupta: hacer por dinero lo que debería hacerse por amor. Tiene varios pretendientes ricos y aburridos, pero duda en aceptarlos, y en la altas sociedades todo es cuestión de respetar los tiempos. Lily se decide siempre demasiado tarde: es adaptable, pero no sumisa.
La tensa cuerda sobre la que hacía equilibrios empieza a destensarse desde el principio de la novela. Contrae deudas de juego y es acusada de inmoralidades de las que no es culpable. Ella lo sabe, pero sabe también que si tuviera dinero cualquier indiscreción le sería perdonada. En el mundo en el que se mueve cambian cada noche las alianzas y las traiciones, pero ella no utiliza nunca ni el insulto ni la maledicencia. Su casa de la alegría, que nunca existió, se transforma entonces en la triste casa de su tía, luego en un hotel mediano, después en un hotel del extrarradio, por fin en un mísero cuarto de pensión. La novelas de Edith Wharton presentan siempre a mujeres inteligentes que no se resignan a una vida tradicional, y que terminan devoradas por una sociedad rapaz. Alba acaba de publicar otra novela suya, Las costumbres nacionales, mientras Impedimenta publica otra más, inédita en español, Santuario.
Wharton retrata en ellas un tiempo inestable en el que las viejas familias de Norteamérica se entregaron a defender su estilo de vida frente a los nuevos ricos surgidos a principios de siglo.
Wharton había formado parte de este mundo, y decidió salir de él y cuestionarlo, aunque los críticos de su época la llamaron cínica por dejar bien claro que una mujer no desciende en la escala social por faltas morales, sino porque empieza a aceptar trajes prestados cuando no puede encargárselos a la modista. Edith Wharton, al igual que Kate Chopin y otras escritoras de tema “femenino” de su época, defendió siempre en su narrativa la fidelidad a los principios personales y no a los códigos sociales.
Pero los códigos pesan, y los personajes de las novelas de Wharton siempre hablan de lo que no quieren, dicen lo contrario de lo que sienten, se esconden en la vanidad de las palabras.
El final de esta gran novela es desolador, pero no cabía otro. Al lector le queda sólo el consuelo de saber que, en su última noche, Lily logró encontrar la palabra que la hubiera salvado, una de esas palabras verdaderas que en el convencionalismo de su mundo jamás se pronunciaban, pero que contenían la única vida posible.

Lola Mayo

Yo era sólo un tornillo o un diente de una gran maquinaria que llaman vida, y, cuando caí desprendida, me di cuenta de que no servía para nada. ¿Qué puede hacer una cuando descubre que sólo encaja en un hueco? Hay que volver a él o dejar que te tiren al cubo de la basura (p. 359).

 
Marzo-abril  2013
nº 741

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