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Clásicos
Nocturnos
E.T.A. Hoffmann
Alba , Barcelona, 2009
Lo mejor de los clásicos, es que lo son. Es una obviedad, pero que debe tenerse en cuenta. A menudo nos pasa desapercibido aquello que tenemos más a mano. Lo digo por estos “Nocturnos” de Hoffmann, que en esta magnífica edición constituyen una auténtica joya literaria para cualquier lector. Para empezar, se trata de la primera vez que se editan en español en un solo volumen de tapa dura, de excelente factura editorial, tipográfica y presentación, aunque sobria, muy elegante. Tampoco parece tener eso importancia a la hora de la lectura. Pues, sí, la tiene, y mucha, ahora que se nos quiere imponer a base de publicidad subliminal el libro electrónico. Nunca una cosa podrá compararse a la otra. Tener entre las manos ese “Nocturnos” de carne y hueso es una delicia. Aunque no lo leyéramos, con sólo contemplarlo, olerlo y hojearlos, pasar páginas lentamente, viendo ante nuestros ojos los títulos de los diferentes relatos que componen este volumen, ya podríamos dar por muy bien empleada nuestra inversión.
Y es que resulta que Hoffmann debió de ser un hombre de gran cultura y de gustos muy refinados. Basta saber que su tercera letra de su nombre, la A, indica Amadeus en honor a Mozart, pues era Wilhelm de nacimiento, que tampoco era nombre innoble, por supuesto, ya nos está indicando por donde andaba su vocación de gran artista. Porque eso es lo que fue: un gran artista de las letras. Ha pasado a la historia como uno de los mejores escritores románticos, un auténtico maestro de la fabulación y en el uso de la palabra escrita, un hombre de una fantasía y una imaginación excepcionales. Debe ser verdad que otros clásicos, posteriores a él. se inspiraron en su prosa original para escribir su propia obra, como Dostoievski, Gógol o Poe. Debe ser verdad, porque en ellos se puede descubrir la huella del maestro. En Kafka ya no resulta tan natural, aunque también declaró su influencia.
Aunque hayamos citado a estos autores, Hoffmann, por sí mismo, es Hoffmann. No necesitaba discípulos. Su prosa es extraordinariamente desconcertante y sencilla a la vez, elegante, poética, con un estilo que la hace diferente a cualquier otra, porque Poe es menos poético y Dostoievski es más metafísico. Tan sólo Gógol se acerca a él, y a veces incluso le supera. Pero, lo dicho: Hoffmann es Hoffman, y a Hoffmann hay que leerlo.
¿Debemos destacar alguno de los ocho relatos que contiene el libro? Es muy difícil. En la contraportada, el editor cita al primero de ellos: “El hombre de la arena”. Excelente. También cita “El mayorazgo” y “La casa vacía”, entre otros. Todos son dignos de ser citados, porque ni uno solo es merecedor de ser marginado.
Por lo que sea, por el momento de la lectura, por su contenido, o por la forma en que se narra, yo me he prendado del último: “El corazón de piedra”. Las descripciones resultan deslumbrantes y subyugantes, y hay un monólogo del desdichado Max, que no puede escribirlo nadie más que el propio Hoffmann. Un monólogo digno del mismísmo Shakespeare. Se nos queda la miel en la boca, diluyéndose despacio y dejándonos el sabor de la literatura en grado sumo. El sabor de la literatura, entendida ésta como un acontecimiento imposible de que suceda, pero del todo verosímil. Fantástico, como la propia prosa hoffmanniana. ¿Qué decir más? Una sola cosa: estas narraciones ofrecen una gran cantidad de digresiones cuando se nos cuentan pero, a la manera de Laurence Sterne, no merman en nada la historia principal, sino que la potencian. Feliz lectura. Joan Guasp
A Nannette la buscaron incluso en todos los grandes jarrones japones que había en el vestíbulo por si, al haberse inclinado demasiado sobre el borde, se hubiera caído dentro, pero fue en vano (p. 336).
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Julio-Agosto 2010
nº 712-713
| Qué nos falta para sentirnos europeos |
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