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Narrativa
SI EL CORAZÓN PENSARA
A.R. Almodóvar
Alianza , Madrid, 2009
Si hay un género en el que el autor pasea sobre la cuerda floja de la credibilidad narrativa y en el que las características mismas del género pueden aguar la intención comunicativa del autor, ése es el de la sátira. Si la entendemos como el “escrito en que se ridiculiza algo o a alguien”, podemos pensar que basta con encontrar algo ridículo de por sí para aplicar las cuatro normas básicas del género. Pero, claro, la sátira, para ser excepcional, debe ser algo más que eso. Debe descubrir lo que es ridículo en lo que, en apariencia, puede ser serio, doloroso o incluso trágico. ¿Y no es algo serio el nacionalcatolicismo franquista? ¿No lo es la represión que en España se inició tras el fin de la Guerra Civil? Es sobre ese magma doloroso sobre el que Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, 1941) construye Si el corazón pensara, su última novela.
Se nos dice en la contraportada que “gracias a una prosa inusualmente rica, se adentra (A.R. Almodóvar) en los territorios de la sátira, la farsa y la tragicomedia, con la que va poniendo de relieve, además de la crueldad, la espantosa vulgaridad del franquismo”. ¿Es cierto eso? Sí, porque el lenguaje se convierte aquí en pieza fundamental del discurso. Es a través de su uso hiperbólico, del giro casi barroco del mismo, que Almodóvar nos hace sonreír durante la lectura de su novela. Pero es siempre una sonrisa congelada. Y es que el dolor de lo contado es altísimo. Tanto que Almodóvar no puede evitar desviarse a menudo del tono satírico para, de una manera casi notarial, como un historiador que cargara contra todo el andamiaje ideológico del franquismo, dar cuenta del horror de la represión franquista en la provincia de Sevilla, de la que es natural el autor y en la que se situa la trama.
Habla ésta de ricos herederos venidos a menos, de policías corruptos, de soborno, de extorsión, de miseria, de prostitución, de estraperlo, de fusilamientos contra las tapias de los cementerios, de obispos integristas y de mujeres que abortan. Y sobre todo de sexo. De un sexo explicitado con pelos y señales con un lenguaje gozoso y libertario que lo convierte en la única vía de escape (junto al sacrosanto fútbol) para un pueblo que vive bajo el yugo ideológico de una Iglesia a la que Almodóvar retrata con saña, sin darle un minuto de respiro. No hay aquí sátira alguna. Seguramente no podría haberla. ¿Cómo podría construirse esa sátira sobre un dolor que es tan propio? Y es que lo que se intuye en la lectura de esta novela es una ajuste de cuentas, quizás el de un autor ideológicamente muy marcado y muy herido por el tiempo que le tocó en desgracia vivir.
¿Resta este discurso tan ideológicamente marcado validez a la novela? No. No al menos validez moral. La tiene toda. Pero quizás la articulación de esa opinión dentro de la novela no está conseguida del todo. Quizás rompe, en más de una ocasión, el ritmo narrativo. Quizás el modo en que está articulada hace que se vea demasiado a las claras que la trama es una excusa para poder exponer el discurso de la memoria histórica. ¿Invalida eso la lectura de la novela? Ni muchísimo menos. Encontraremos en ella esa prosa deslumbrante que va variando de registro, ese erotismo desbordado, y ese retrato inclemente que nos puede dar la imagen más o menos certera de lo que fue un tiempo que no se debería echar al olvido. Hay que sabe de dónde se viene para saber a dónde queremos ir. Alberto Barrantes
Y Rosa abrió, con la docilidad de un cordero y con una sonrisa helada entre los labios, como si siempre hubiera sabido que aquel visitante, más tarde o más temprano, volvería. Y que ella no tendría más remedio que abrirle las piernas
(pág. 352).
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Julio-Agosto 2010
nº 712-713
| Qué nos falta para sentirnos europeos |
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