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Narrativa
Un encargo difícil
Pedro Zarraluki
Destino , 2005
Decir que la posguerra española es un filón literario inagotable es decir apenas nada. Son muchos los autores que han fijado en ese período de la historia de España su mirar y bastantes las obras que, fruto de ese mirar, han enriquecido las letras de este país. Se suma ahora a todas ellas esta excelente novela, Un encargo difícil, firmada por el barcelonés Pedro Zarraluki (1954) y galardonada con el Premio Nadal de este año.
Dice Zarraluki en alguna entrevista que espera haber escrito un libro a la altura del prestigio del Nadal. Qué duda cabe de que lo ha hecho. Un encargo difícil es una novela que, sin dejar de mostrar las sombras rencorosas de una sociedad emponzoñada por el resentimiento que la guerra había exacerbado, sin esconder cómo el odio seguía dominando muchas de las acciones represivas de quienes, habiendo vencido, sólo tenían enfrente “cadáveres y fugitivos”, sin dejar de revelar la amoralidad a que puede conducir la lucha individual por la supervivencia, huye de todo tremendismo y de todo maniqueísmo más o menos panfletario para mostrar, poco a poco, tenue pero magistralmente, los grandes temas de esta obra: la capacidad humana para sobreponerse a la catástrofe –“ni la memoria más vívida puede impedir que la vida continúe”– o la fuerza milagrosa de la solidaridad interpersonal para poner en marcha un mundo en ruinas.
Para mostrar esto escoge Zarraluki el escenario reducido y casi claustrofóbico de la isla de Cabrera. En ese escenario coloca a sus personajes, que lo son todo menos títeres de una ideología cualquiera. Y es que, ¿qué ideología puede haber, sino la del instinto de supervivencia, cuando es la derrota la que lo inunda todo? Porque todos los personajes que aquí se mueven o “han perdido una guerra o han perdido mucho en la guerra o han sacado bien poco de ella, lo que no son sino distintas manifestaciones de una misma derrota”. Personaje derrotado es ese Benito Buroy, prisionero de guerra chantajeado para asesinar a un espía alemán y que, enviado para tal fin a Cabrera, arrastra por toda la novela su fría amoralidad de superviviente. Derrotada esa Leonor Dot, viuda de republicano, que sobrelleva con dignidad su derrota mientras intenta sacar adelante a su hija Camila, esa niña que se adentra en la adolescencia como imagen luminosa del futuro y que se convierte en motor de la alegría y en víctima mancillada del presente, imagen que Zarraluki refuerza al conceder a Camila el privilegio de ostentar el protagonismo narrativo en unas páginas que pudieran ser trasunto poético del pensamiento de la niña o diario escrito por ella. Derrotada también esa cantinera Felisa García, grandísimo personaje que apechuga con un marido alcohólico, un hijo deficiente y otro mutilado de guerra y que, junto a Leonor Dot, será la encargada, con su integridad ética, su humanidad y su filosofía vital, de poner otra vez el mundo en marcha.
Para mostrar todo eso se emplea a fondo Zarraluki en la manera de narrar de la novela convencional. Así, la intriga derivada de ese crimen que está por cometer se convierte en el elemento impulsor de una trama en cuya construcción, cuenta Zarraluki en las entrevistas, se ha divertido. Qué duda cabe que eso debe de ser cierto, pues la diversión de quien escribe acostumbra a contagiarse y la lectura de esta novela es, en todo momento, un gozo. El Premio Nadal prestigia a esta novela y ella prestigia al premio. Alberto Barrantes
Es demasiado larga, la vida. Al final, lo único importante es no morir
avergonzándonos de lo que hicimos, y no es fácil. (p. 154)
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Marzo-abril 2013
nº 741
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