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Poesía
Elegía

Mary Jo Bang
Bartleby Editores , Madrid, 2010

En el siglo xv, Jorge Manrique mostró la capacidad poética que posee una experiencia situada en el límite del entendimiento humano y su exigencia de comprensión al lenguaje. En aquel siglo sus coplas aniquilaron el asfixiante convencionalismo del amor cortés; en esta época es difícil vaticinar qué lectura futura ha de tener un libro, pero la poeta norteamericana Mary Jo Bang (1946), en su Elegía, busca un propósito similar, situar la palabra en idéntico abismo al que el destino ha colocado al poeta: «Fíjate qué ambiguo llega a ser el lenguaje. / Fíjate qué precisa la intención». La historia literaria guarda especial memoria de los libros elegíacos que se han escrito, tal como el de Mary Jo Bang, ante la que quizá sea la experiencia abisal de la vida: la muerte de un hijo. Giuseppe Ungaretti escribió El dolor tras la pérdida de su hijo de nueve años, y esta es la primera evocación del lector: los versos marmóreos del italiano sobre los recuerdos, la culpa, la caída, la sombra o «la tortura secreta del crepúsculo» forman el paradigma –el abismo– al que el lenguaje se asoma: «la puerta abierta que conduce siempre a la oscuridad». «Por un despertar amargo de los recuerdos» había escrito Ungaretti, y Mary Jo Bang da un paso más allá: ahora los recuerdos son la vida –«Tuve una vida»– que sustituye a la vida: «La muerte es / la brusca inversión de un hacia delante. Retroceder a la memoria. A un bol de cereales…» En el recuerdo permanece quien ha muerto, aunque con un nuevo y doloroso atributo: «En el ojo fotográfico de la mente / aún se parecía al que era, pero ya no era más». Ahora, en la nueva vida que la muerte funda, la convivencia entre madre e hijo se convierte en un aciago diálogo entre una persona y una urna: «¿Cómo he podido fallarte así? / pregunta el sujeto / al objeto. El objeto es una urna / de cenizas. Cómo no he logrado salvarte, / muchacho de carne y hueso. Muchacho / compuesto de mente. De años.» Jorge Manrique a partir de los recuerdos dejados en los demás había hablado de la tercera vida de los seres; Mary Jo Bang mira a quien recuerda: su vida a partir del suceso incomprensible será otra, tendrá un sentido diferente, el que se encuentra en la ausencia común –en objeto y sujeto– de sentido: «La urna de cenizas y yo esperamos nuestro turno». La construcción temática de la vida a partir de la muerte del hijo, experiencia extrema por opuesta al ciclo natural, es, sin duda, un valor literario, pero no en sí mismo, sino como apelación o como exigencia al lenguaje para que sea capaz de expresarlo. O para todo lo contrario, para que muestre su impotencia, su inefabilidad. «Qué ambiguo… el lenguaje… qué precisa la intención»: de esta manera establece la poeta norteamericana la dicotomía desde la que escribe. La dolorosa exactitud de la realidad –la muerte– se enfrenta a la ambigüedad del lenguaje que ha de decirla. Mary Jo Bang no la cercena, lo que convertiría la evocación de la muerte de su hijo en una crónica; al contrario, potencia los sentidos elípticos, fragmentados –mejor, desgarrados–, la disolución paulatina de las tramas verbales, es decir, todo cuanto potencie la ambigüedad del lenguaje, su dispersión y pérdida de sentido. Escribe una partitura inextricable que suena en los oídos con una armonía tan diáfana como terrible: «qué precisa la intención». Esta Elegía es el campo de batalla donde se dirime el feroz combate entre la palabra, que quisiera no decir, y la realidad, que le dicta todos los significados.

José Ángel Cilleruelo

Lo que ella había querido decir es que el cuerpo como ceniza es insuficiente. (p. 91)

 
Marzo-abril  2013
nº 741

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