Be water, hermano

Hubiera dado bien Zygmunt Bauman como contraplano natural del axioma susurrado por Bruce Lee en el celebrado anuncio publicitario: Be water, my friend. La patricia ancianidad del filósofo polaco, fallecido el pasado 9 de enero, marida a la perfección con la tersa presencia del actor asiático. Y ambos venían a decir lo mismo.

Bauman cabecearía en señal de reconocimiento ante el consejo antes de fumarse una pipa. Después concluiría que el chino ha condensado en una frase toda la tramoya de su doctrina: el fin de la modernidad sólida y el inicio –ya estamos ahí hace tiempo– de la modernidad líquida. Un tiempo marcado por la desaparición de certidumbres, convenciones y pactos sociales tradicionales. Por la extinción de seguridades y derechos. Una época que devora certezas y elimina asideros.

Asegura el filósofo que estos días líquidos lo han volteado todo. Que nadie se esfuerce en detectar algún rasgo de optimismo en el diagnóstico. Los síntomas que predice el viejo erudito despiertan más bien al temor y convergen con la tendencia general que convierte a ciudadanos en simples consumidores, expulsiones laborales en movilidad geográfica o un paro de larga duración en una maravillosa oportunidad para reinventarse y anunciarlo en Facebook mientras se espera el desahucio.

¿Recuerdan a los trovadores roussonianos de la sociedad del ocio? ¿A los joviales fukuyamas del fin de la historia y sus fracturas, amparados todos bajo el manto protector de las democracias liberales? ¿A los que siempre defendieron la capacidad del mercado para autorregularse? Nosotros tampoco. Pero sí nos acor– damos de que el terremoto de las subprimes fue detectado, en primer lugar y a mucha distancia de sus posteriores analistas sobrevenidos, por dos humoristas británicos. Sigan creyendo ahora en las prospecciones actuales que garantizan un mercado de trabajo plenamente inscrito en el Estado del Bienestar. Ahora ya pueden reírse.

La era digital está siendo magníficamente aprovechada por los que saben de estas cosas y tienen claro cómo convertir derechos antiguos en privilegios posmodernos que es preciso ganarse con mucha proactividad, antes llamada alegre sumisión. Su último mantra se llama flexibilidad. Un proceso tecnológico irrefrenable se usa como señuelo para convertir en flexibles hasta el contorsionismo al resto de elementos del proceso de producción: desde las horas extras, cotizaciones, las condiciones laborales, los salarios y los contratos hasta, cómo no, los mismos trabajadores. Nuevamente, unos humoristas son los más precisos en registrar la temperatura a los trabajos de nuestros días. “Preguntar por el salario será motivo de despido”, titulaba hace unos días el digital El Mundo Today. No hay más preguntas, señoría.

¿Tenemos derecho a trabajar? Obvio, del mismo modo que tenemos derecho a otras retóricas cotidianas que la realidad –siempre líquida– se encarga de anegar como simples entelequias sin mayor recorrido. El historiador Gabriel Jackson distinguía entre latinos y sajones en la creación y regulación de sistemas políticos. Los primeros son proclives a cartas magnas y declaraciones grandilocuentes. Los segundos se inclinan por los reglamentos y las ordenanzas. Una actitud más prosaica pero enormemente efectiva. Ya sale la metáfora: las cartas de derechos, los pactos sindicales y las proclamas de clase contra la necesidad, o no, de tornillos; léase empleados.

Lo ha dicho bien claro Warren Buffet, multimillonario poco sospechoso de veleidades marxistas: “Por supuesto que existe la lucha de clases. Y la vamos ganando los ricos”. Cierto intelectual comentaba hace poco la necesidad de “repensar 1789”, esto es, certificaba la inanidad de intentar negociar con los dueños del trabajo. Nos creímos burgueses pero solo fue un espejismo de esclavos con pantalla de plasma y visitas semanales al centro comercial.

Ordenadas ya las cosas, activados todos los mecanismos de autocensura y obediencia y vigente el espantajo del miedo a quedar en la calle, nos resta adquirir la conciencia de lo que nos espera antes de que un puesto de trabajo sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Hay obviedades: se acabó el trabajo “para toda la vida”, como se encargan de recordarnos todos los días los presidentes de consejos de administración heredados y los másters del universo del sistema financiero. Más cosas: seremos útiles mientras seamos leales como san bernardos, poco exigentes en nuestras reclamaciones y entregados en los proyectos escasos, concretos y espaciados para los que seamos –somos– contratados. Líquidos, al fin y al cabo.

El mejor trabajador será aquel que confunda cualquier proyecto laboral con el transcurso de su propia vida. El que supedite cualquier faceta personal –mujeres, atentas– a la buena salud del balance económico de la empresa. El que se renueve, estimule, facilite el feed back y sea capaz de reinventarse en Ulan Bator por el bien de la empresa. A los críticos solo les quedará una opción gaseosa.

Acecha un futuro, confundido con los presentes sucesivos y cambiantes, donde, del mismo modo que los estados ceden espacios de soberanía a entidades mayores, deberemos ceder espacios de personalidad y vida si queremos disfrutar de remuneraciones cada vez más refractarias al consumo. Así que, como les aconsejarían tanto Bauman como Bruce Lee, comiencen su transformación: Be water, hermano.

Vicente Ortí Hernández es Periodista y ganador del 41º Premio Enrique Ferrán.

Número 766

Noviembre/​Diciembre 2017

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