No perdamos la perspectiva

Estocolmo, 10 de diciembre de 1989, Camilo José Cela pronuncia el discurso, Elogio de la fábula, al recibir el Premio Nobel de Literatura. Sostiene que la fabulación literaria se produce “en un taller experimental que no conoce ni fronteras ni tiempos”. También indica que dos pilares sostienen la máquina de fabular. Uno es el de la suficiencia estética; el otro, de mayor valía, es el presupuesto ético: “Es el elemento que convierte la obra literaria en algo verdaderamente digno del papel excelso de la fabulación”.

Cela elogiaba la fábula con un radio muy amplio, y aunque la referencia inicial del discurso es la obra de Pío Baroja, determinados elementos del texto nos remontan a sus aprendizajes como joven poeta en las fronteras de la guerra civil. Aprendizajes, en tiempos amargos y dolorosos, que se enmarcan en un verso de Góngora, un endecasílabo del Polifemo: “Pisando la dudosa luz del día”. Cela los habría de recordar reseñando Hijos de la ira en la primavera del 44, cuando su libro aún no había visto la luz (Barcelona, Ediciones del Zodíaco, 1945). El recuerdo amalgamaba su ansiedad de influencias: “Primer romancero gitano o Sobre los ángeles o Residencia en la tierra”. Ahí, en esos meses de 193536, en la facultad de Filosofía y Letras madrileña (la de Fernández Montesinos y Pedro Salinas), el premio Nobel había dado sus primeros pasos en el reino de la fábula. Al decir de José Ángel Valente, prologando en 1996 la Poesía completa de CJC, el narrador que pronto iba a ser, se citaba con la literatura como “poeta de la anunciación”. La fidelidad de Cela a la poesía es una invariante de su obra: su amor a la lengua y sus querencias poéticas desembocan en una prosa que se ancla en esas raíces seminales.

Su perspectiva de novelista es imprescindible en la historia de la novela española del siglo XX. El aldabonazo de La familia de Pascual Duarte (1942) tiene que ver con su personalidad, con el tiempo bronco y hostil en el que se escribe y más de lo que se ha dicho con los aprendizajes lorquianos del joven que pasaba las horas en una oficina agobiante. Su obra maestra, La colmena, se fraguó en 1945, mientras atendía a multitud de proyectos y horizontes, transitó por un calvario hasta su primera edición bonaerense de 1951. La colmena es “un trozo de vida” (Zola y el naturalismo al fondo), “narrado paso a paso”, “con arquitectura compleja” (cercana a Manhattan Transfer, que había leído en la traducción del 41 de José Robles) y con un sobrepeso (el manuscrito de enero del 46 lo confirma) de corporalidad y sexualidad, que convoca de nuevo sus aprendizajes. Efectivamente, “la literatura no es una charada, es una actitud”.

La forja de Mrs.Caldwell habla con su hijo (1953), novela lírica, novela de una ardiente penumbra del deseo, reclama el saber de Joyce y Faulkner, al aire de las apetencias surrealistas aprendidas años antes. Su memoria personal y colectiva debía desembo– car en una gran fábula, en una nueva manera de su taller experimental: San Camilo 1936 (1969) es un pozo ético, donde CJC entierra un conglomerado de miradas y memorias, que atienden a su visión de la realidad histórica de España (la densa amistad con Américo Castro se percibe en cada línea). El pensamiento unamuniano siempre fue un referente del escritor gallego: “Naturalmente, esto no es una novela sino la purga de mi corazón”, reza el lema de Oficio de tinieblas 5 (1973), experimento radical pautado en su germen por Cómo se hace una novela. Los últimos veinte años de su andadura novelística saben de dos grandes novelas de materia gallega. En ambas, Mazurca para dos muertos (1983) y Madera de boj (1999), se taracean las historias familiares con las colectivas, la Galicia interior con la de la Costa da Morte, con préstamos tan evidentes y sugestivos como el final de Los muertos y el principio de Mazurca. La nieve y la lluvia, “sobre todos los vivos y todos los muertos” (Joyce).

La tercera perspectiva celiana nos acerca a los libros de viajes y a los apuntes carpetovetónicos. Dos caminos paralelos para la realización del ademán unamuniano de los ensayos de 1895, En torno al casticismo, apelando a la historia viva y a los hombres de carne y hueso, y de la preceptiva orteguiana de las “Notas de andar y ver”, recogidas en El Espectador. Verdadero heredero de los escritores modernistas (Azorín, Baroja y Valle-​Inclán también suman), Cela forja la médula de su literatura que atiende al mosaico español con dos libros emblemáticos: Viaje a la Alcarria (1948) y El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos (1949). La fauna contemporánea de Benjamín Jarnés fue un estímulo, el sentido común de Josep Pla (Cela reseñó, en 1946, con encendidos elogios la edición de la Guía de la Costa Brava), un acicate. Los caminos se bifurcaron en libros imprescindibles. Baste recordar Viaje al Pirineo de Lérida (1965) o la farsa y el drama que enmarcan Toreo de salón (1963) e Izas, rabizas y colipoterras (1964).

Desde los tiempos de “la quema de herejes” (el sintagma es de Dionisio Ridruejo, prologando el libro de Cela, A vueltas con España en 1973) a los alrededores del Premio Nobel, Camilo José Cela no perdió la perspectiva. Sus obras mayores dictan su perenne lección: la de un clásico moderno que celebra su primer centenario.

Adolfo Sotelo Vázquez Decano de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona y comisario de la exposición «El centenario de un nobel» en la Biblioteca Nacional de España.

Número 766

Noviembre/​Diciembre 2017

portada

>Suscribirse a El Ciervo

>Pedir este número

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad