El ciclo del armamento

Arcadi Oliveres
Profesor de Economía Internacional en la Universitat Autònoma de Barcelona y presidente de Justícia i Pau
A estas alturas ya nadie duda de que la justificación de las guerras por razones políticas, jurídicas o de seguridad encubre la mayoría de las veces motivos económicos, como nos lo han venido demostrando los recientes conflictos que van desde el Golfo Pérsico hasta Afganistán y desde Angola hasta Colombia. Sin embargo se conoce menos el impulso bélico derivado del ciclo armamentista y de lo que el propio presidente Eisenhower denominó los intereses del “complejo militar-​industrial”.
En efecto, el ciclo armamentista se establece en primer lugar gracias al gasto en defensa que realizan los distintos países del mundo. En estos momentos, tal gasto se sitúa en unos 900.000 millones de dólares al año, es decir, dieciocho veces más de lo que la Organización Mundial de la Agricultura y de la Alimentación (FAO) ha solicitado, y no obtenido, para erradicar el hambre en el planeta. Refiriendo estas cifras al caso español, nos encontramos con un importe de 41 millones de euros diarios dedicados a defensa en el año 2002 .
El segundo paso viene dado por la investigación y desarrollo de carácter militar, a la cual se dedican más de medio millón de científicos en el mundo con la única finalidad de perfeccionar la eficacia de los ingenios mortíferos. Con frecuencia su justificación viene dada por las posibles aplicaciones civiles de sus descubrimientos cuando resulta obvio que de quererse aplicaciones civiles lo mejor es dedicarse directamente a ellas.
En tercer lugar hay que referirse a la industria de guerra que ha alcanzado tanto en los Estados Unidos como en Europa unos elevados niveles de concentración con la consiguiente deriva hacia la influencia política, las compras superfluas, las modernizaciones absurdas y las amenazas mutuas permanentes.
El último elemento a tener en cuenta es el del comercio de armas que se mueve con dos características principales. Por un lado se trata de un tráfico del Norte hacia el Sur en el que unos venden y ganan y los otros pagan y sufren. Por otro lado, incluye a un buen número de operaciones opacas al esconder bien el producto, bien el destino de sus expediciones. A título de muestra, baste decir que el Consejo de Ministros de la Unión Europea aprobó un código de conducta que deberían cumplir los fabricantes y los gobiernos de los países vendedores mientras que distintos estudios han demostrado que tal código no es respetado en las dos terceras partes de las ventas de armas comunitarias al exterior. Un buen ejemplo de lo anterior nos lo da la lista, recientemente publicada por el gobierno, del destino que en el año 2001 tuvieron las exportaciones españolas de armas y en la que encontramos a países como Arabia Saudí, Colombia, Egipto, Filipinas, India, Indonesia, Israel, Kuwait, Marruecos, Pakistán, Sri Lanka y Turquía.
El ciclo armamentista incluye por tanto un gasto injustificable y que actúa en detrimento de otras partidas presupuestarias, una investigación científica contraproducente y alejada de las necesidades reales de la población, una industria por lo general subvencionada y con actuaciones frecuentemente corruptas y finalmente un comercio empobrecedor y generador de conflictos bélicos.
¿Como pueden llegar a justificarse todos los absurdos anteriores? Simplemente mediante la creación artificial de riesgos y de amenazas, con el impulso gubernamental de alianzas militares ofensivas y gracias a la aquiescencia de una opinión pública confusa y mal informada. La existencia de la OTAN sin amenaza que la justifique, la represión sobre los chechenos sin tener en cuenta las masacres previas del ejército y de los servicios secretos rusos y las acciones sobre Irak olvidándose de que en buena medida fue armado por Occidente cuando a principios de los ochenta era su aliado, son tristes muestras de las anteriores afirmaciones.
Sin embargo, podemos decir que frente al ciclo armamentista hay actuaciones posibles que se extienden del nivel más general al más particular. Empezando por lo primero debemos recordar los acuerdos, incumplidos, de Naciones Unidas, sobre la reducción del gasto mundial en defensa, las propuestas sobre conversión hacia producciones civiles de la industria militar y las distintas normativas, igualmente incumplidas, que restringen el comercio de armas. Y en cuanto a lo más cercano a nosotros, podemos renunciar a la compra de mercancías de empresas vinculadas a la producción militar y practicar algunas formas de objeción de conciencia que van desde la negativa a participar con una parte de nuestros impuestos a la financiación del gasto militar hasta la desvinculación de cualquier forma de investigación científica relacionada con los objetivos bélicos. Las propuestas evidentemente existen, lo que hace falta es añadirle la voluntad individual, social y política.

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