A partir de Spinoza

Álvaro Pombo
Escritor
Voy a limitarme a comentar, para este número de El Ciervo, y en respuesta a vuestra pregunta acerca de la alegría, un texto de la Ética de Spinoza que trata de este asunto. En la carta en que me pediais una respuesta a este punto, deciais que este es un asunto que no está de moda o que se trata muy poco hoy en día. Quizá esta falta de actualidad de la “alegría” se deba a que se asocie con frecuencia al hombre o la mujer alegres con los “contentitos”: esos ilustres personajillos de segunda o tercera fila que ocupan con frecuencia las páginas de la prensa o las pantallas de televisión o las radios y que parecen siempre como encantados de haberse conocido, cómodamente satisfechos u optimistas: son los “asobrinaditos” que decía el malvado Juan Ramón Jiménez, los enchufados o excesivamente bien alimentados o acoplados acríticamente a este mundo. Frente a esta concepción de los alegres como los “contentitos”, yo propongo la concepción espinoziana, quien entiende por alegría: “Una pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección”. Citaré el texto completo correspondiente a la proposición xi de la parte iii de la Ética, que trata del origen y la naturaleza de los afectos: “La idea de todo cuanto aumenta o disminuye, favorece o reprime la potencia de obrar de nuestro cuerpo, a su vez aumenta o disminuye, favorece o reprime la potencia de pensar de nuestra alma. Vemos, pues, que el alma puede padecer grandes cambios y pasar a una mayor o una menor perfección y estas pasiones nos explican los afectos de la alegría y de la tristeza. De aquí en adelante entenderé por alegría una pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección, por tristeza, en cambio, una pasión por la que el alma pasa a una menor perfección. Además, llamo al afecto de la alegría, referido a la vez al alma y al cuerpo, ‘placer’ o ‘regocijo’ (titillatio) y al de la tristeza ‘dolor’ o ‘melancolía’”. Hasta aquí Spinoza. Un breve comentario: es interesante ver cómo este gran pensador inicia su mecánica de los afectos mediante los afectos primarios de la alegría, la tristeza y el deseo, de cuya combinación surgirán los secundarios. La alegría, según esto, sería un afecto ontológicamente primario cuya envergadura ontológica precede o determina su importancia antropológica. El hecho de que Baruch Spinoza, al definir los afectos, utilice, como indica su traductor español en Alianza, Vidal Peña, una serie de definiciones estipulativas (es decir, que la alegría se construye conceptualmente en términos metafísicos), no quita para que estas descripciones o estipulaciones de la alegría en términos de acrecentamiento de la vitalidad, de la energía, del esfuerzo con que cada criatura se esfuerza en cuanto está a su alcance por perseverar en su ser, sean fascinantemente ajustadas a lo que intuitivamente, psicológicamente, percibimos por el “estar alegre” frente al “estar triste”. Sin duda habría mucho más que decir, pero con esto tenemos, creo yo, suficiente por hoy.

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