Decálogo de un exilio cubista

Iván de la Nuez
Escritor y director de la Virreina exposiciones de Barcelona
I. Quizá habría que comenzar por una declaración de principios: el exilio es, con todas las pérdidas que pueda encarnar, una ganancia múltiple: invasión a nuevos y mayores territorios; implicación con una más amplia diversidad de culturas; la posibilidad de activar dos, tres, muchas lenguas, parafraseando al Che Guevara cuando pensaba en Vietnam.
II. El mantenimiento de las raíces, la reafirmación de las identidades, toda la performance de estereotipos que se espera del que llega, es algo que a mí me resulta deplorable y aburrido. Son formas de mantener la reserva allí donde más conviene. Hay algunas almas caritativas, no pocos periodistas, que piensan que un exiliado necesita de la compasión, pero con la condición de que no salga de su territorio, del gueto policial, académico, cultural (casi zoológico) que ya tiene asignado.
III. Una vida en el exilio no puede ser medida por su carácter lineal y sucesivo. Más que cubana, mi existencia ha empezado a ser cubista (poblada de esquinas simultáneas y sin un centro fijo). Así, dos preguntas forcejean entre sí, y la habitual «¿qué será de mi vida en los nuevos espacios?», comienza a derrotar a la otra que parece diluirse en el tiempo: «¿qué hubiera sido de mi vida de haberme quedado en mi sitio?»
IV. Uno se exilia, entre otras cosas, para romper con lo que le resulta insoportable de su propia cultura. Es cómodo, e hipócrita, reivindicar (como hacen algunos campeones de la identidad) reivindicar nuestras maravillosas culturas que, desgraciadamente, han sido regidas por desastrosas políticas. En cuanto a los latinoamericanos, parece que se olvida el hecho de que esas culturas no han cesado de loar, producir y reproducir arquetipos autoritarios. Al respecto, es curioso lo siguiente. En Latinoamérica existe un subgénero literario: la novela del dictador. ¿Esto no da para sospechar (y huir) de las admiraciones que, secreta o abiertamente, profesan tales escritores?
V. El exilio, al principio de arribar a Barcelona, me deparó etapas en las que, a veces, me interesaba dejar de ser cubano, o bien rachas en las que lo que me impulsaba era dejar de escribir. Me había apropiado de una conocida frase de Borges, mediante la cual asumí que ser cubano (como ser argentino o ser mormón) era un acto de fe. Así, pese a responder a un gentilicio evidente (cubano), comprendí que, en el fondo, un exilio es siempre individual. Los guetos arropan, pero también vigilan. Protegen y, al mismo tiempo, agobian.
VI. Yo prefiero la promiscuidad a la identidad, el acto a la reproducción, la elección a la esencia, el intercambio a la etnia, la implicación a la integración (esa palabra de connotaciones fascistas que me provoca terror).
VII. Con todo, hay que evadir obstáculos varios: racismo, falta de costumbre a escuchar acentos, terrores a lo diverso. De manera que casi todo, en una diáspora, está diseñado para zozobrar y uno descubre, como me recordaba un amigo cubano, que los 15 minutos de gloria decretados por Andy Warhol se nos convierten, muy pronto, en 15 minutos de Gloria… Estefan.
VIII. Es muy probable que yo no pertenezca nunca a los territorios a los que he arribado, pero tengo muy claro que ellos sí me pertenecen a mí. Y el paisaje en el que se va registrando mi cuerpo es más vasto, más móvil, asumible o desechable, al punto de que me permite rozar eso que el liberalismo, el existencialismo o el marxismo nos han escamoteado y que alguna vez se nos apareció en el horizonte como la libertad. En otros tiempos, el cosmopolitismo (incluso el internacionalismo de la revolución) fue una manera bastante extendida de ser cubano, pero hoy, en esta era global que ha puesto un par de maracas en las manos de todos los que procedemos de esa isla, mi posición aparece como una tozuda renuncia, una pedantería esnob, una antipatía, y me convierte en una especie de Tío Tom entregado a los valores enemigos. ¿Un singular Tío Tom con su cabaña abierta, sospechosamente, al Tío Sam?
IX. Para un escritor, escribir y emigrar son dos aristas del mismo acto. Literatura y diáspora son dos estatutos obligados a vivir una enemistad íntima: la diáspora te abre la posibilidad de habitar un mundo que antes fue sólo leído. Y al revés: el mundo anteriormente vivido ya es sólo escritura, noticias del diario, webs en la red, cartas –en una palabra: texto.
X. Hay también otra posibilidad: literatura y diáspora son aspectos prácticamente contrarios: las dificultades de un exilio a menudo no dejan posibilidad de escribir, y pronto se nos presenta la cruda realidad, muy distinta al viaje de regreso y a lo que atisbó Maurice Blanchot al leer la Odisea. Es decir, hay que dejar de ser el Homero que uno fue para convertirse en el Ulises que puede llegar a ser. Cambiar la escritura por la navegación, sordera ficticia ante los cantos de sirena, y la siempre patente (y patética) posibilidad de regresar a un lugar que no existe.

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