La prostitución no es vida

J. Martínez (Ecuador)
Salí de mi país a los 37 años. Trabajaba en un bar con mis padres, pero mi situación financiera era muy difícil. La vida en mi país es muy cara. Soy homosexual y allí esta opción se halla repudiada y la relación con la ley y la policía genera mucha ansiedad. Tenía amigos, pero dejé todo y partí.
En casa, ante mis padres, estaba con una chica, me gustaba estar con ella, pero tenía también atracción por los hombres. Me dolía no estar definido sexualmente. Tomé un día la decisión de dejar mi país. Fui con mis padres al banco para pedir un crédito, una gran suma. En mi país se deposita el dinero como garantía para viajar a Europa. No son necesarios los visados.
Elegí Alemania como destino, porque tenía un amigo allí. Un travesti que trabajaba en un bar. Mi intención era buscar un trabajo normal y mi amigo prometió ayudarme.
Cuando llegué a Alemania me propuso trabajar en el mismo bar que él o hacer la calle para ayudarle económicamente. Y, si quería, en mi tiempo libre podía buscar un trabajo.
Decidí hacer la calle. Después de tres meses comencé a tener miedo y pasé al bar de alterne. Nada fácil ya que debía encontrar clientes y, si lo conseguía, pagar una parte al dueño del bar y dar una comisión a mi amigo, ya que él me había encontrado el trabajo.
Al cabo de un mes en Alemania, comencé a pagar el crédito que tenía pendiente en mi país natal. No podía parar de prostituirme.
En Alemania la prostitución en la calle está prohibida y si la policía me encontrara trabajando más de tres meses, corría el riesgo de ser expulsado. La vida no era fácil, en la calle a los colegas no les gustaba mi competencia y temía a la policía por mi falta de documentación.
Los tres meses pasaron rápido y para no ser expulsado debía hacer una demanda de asilo político. En la comisaría de policía me dirigieron al departamento de extranjeros y allí me dijeron que la resolución podía tardar un año. No tenía derecho a dejar el centro de refugiados y como lo hice la policía me detuvo tres veces y en cada ocasión pasé tres días en el calabozo. En una de estas ocasiones los policías me desnudaron, cogieron mi peluca, la tiraron al suelo y la pisotearon. Decidí entonces dejar Alemania.
Yo me ganaba bien la vida allí. Pasé once meses para pagar mi crédito y dejé todo para volver a mi país. Al cabo de tres meses decidí otra vez volver a Alemania ya que en mi país la situación económica era todavía catastrófica. Volví al bar de alterne, a la rutina, pero un día los policías vinieron al bar y me condujeron a la comisaría. Me entregaron una orden de expulsión escrita por la que debía dejar el país y la Unión Europea en el plazo de un mes. Pero si pagaba 50 marcos, la expulsión podía limitarse a tres meses. En caso contrario, la expulsión sería de por vida.
Opté por una vida clandestina. No podía ir más al bar y trabajaba solo en mi habitación. Me mostraba desde la ventana y en dos o tres horas de trabajo conseguía mucho dinero. Tenía un local estratégico para controlar la calle. Si llegaba la policía me escondía. Una vez un policía subió a mi casa porque me había visto en la ventana, pero lo reconocí y pude convencerlo que sólo hacía sexo por amor y decidió marcharse.
Mi amigo tenía un amigo turco. Un día discutieron y nos denunció a la policía. Contó también que mi documentación era falsa. Cuando llegué a casa, todo había sido registrado, mi amigo detenido y no tenía otra alternativa que dejar el barrio. ¿Qué hacer? Un amigo de Barcelona me propuso visitarlo cuando le expliqué mi problema por teléfono. Desgraciadamente en Cerbère la policía me detuvo, descubrió mi historia en Alemania, me trasladaron a París y me expulsaron a Ecuador vía Amsterdam.
Pasé dos meses, otra vez, en el bar de mis padres, pero esta vez debía falsificar la documentación para salir, dirección Barcelona. Desde entonces espero todavía el permiso de residencia.
En Barcelona hay más tolerancia que en Alemania, pero menos dinero. Llevo una especie de doble vida que debo aceptar y no puedo explicar mi situación a mi familia, que continuamente manifiesta el deseo de venir a visitarme. Sólo mi hermana conoce la verdad. Es una situación crítica. Ella ve bien que ayude a mi familia financieramente, por eso no cuenta nada a mis padres. Me gustaría que mi familia supiera la verdad en caso de que me pasara algo.
Tomo precauciones, pero muchas veces estoy enfermo. Tengo hepatitis. Aquí trabajo haciendo felaciones, me acuesto con homosexuales. Pero realmente me disgusta. Tengo ganas de volver a casa, sobre todo tras la muerte de mi padre y mi abuela, que me ha producido una gran depresión. La vida sin familia no tiene sentido.
Me prostituyo, pero sin consumir la droga que me proponen cada día los clientes. Muchos son masoquistas y quieren por fuerza, por ejemplo, ponerme esposas antes de la penetración. Pero como tuve una mala experiencia en Alemania –me intentaron estrangular y me atacaron agresivamente– tengo miedo a este tipo de clientes.
La prostitución no es vida. Corro mucho riesgo cotidianamente y ello me influencia psicológicamente. Ahora tengo 42 años y estoy todavía sin una situación estable. Hubiera sido mejor trabajar con mis padres en el bar y no dejar mi país, pues mírame tras cinco años en Europa y sin ningún resultado, aparte de la prostitución para ayudar a mi familia en Ecuador y vivir.

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