¿Qué hay en Brasil?

Jordi Pérez Colomé
Periodista
El casco antiguo de Salvador de Bahía está vacío. Es la una de la madrugada, el concierto en el Largo do Pelourinho ya terminó y los sambistas han desaparecido. Los adoquines y las casas de colores están solas, no se ven ni coches ni locales abiertos. Sólo algunos niños sucios duermen por el suelo o corretean y dos policías de aspecto cansado conversan. Porque es el centro de la ciudad y porque en él se agolpan los turistas, hay vigilancia día y noche. Hay otros puntos que también están vigilados, lugares de ocio nocturno. El resto de la ciudad, de noche, es territorio de poco orden.
Bruno sabe bien qué lugares son poco aconsejables. Bruno es un bahiano blanco de 21 años que estudia tercero de medicina, tiene un Opel Vectra, un móvil, y vive con sus padres en el barrio de Rio Vermelho, una zona acomodada de Salvador. Por vivir hoy en Brasil, Bruno tiene muy en cuenta dos cosas: es mucho mejor que no entre en el Vale das Pedreias –la favela que linda con Rio Vermelho– y debe procurar no andar por la calle entre medianoche y las cinco de la madrugada.
Este es el pacto no escrito de los brasileños urbanos: hay que ir con cuidado. Debido a esto –que se ha convertido en una costumbre interiorizada en los últimos años – , el pagar las copas de diez personas en un bar de Salvador se convierte en un jeroglífico: de los diez, sólo una pareja de extranjeros paga en metálico, el resto –para no llevar dinero encima– utiliza una tarjeta de crédito y tres cheques de distintos valores.
El mismo Bruno estudiante de medicina estuvo en junio en un congreso universitario en Rio de Janeiro. Era la primera vez que iba allí y decidió hacer los trayectos por la ciudad en taxi, aunque le hubiera salido mucho más barato alquilar un coche. ¿Por qué? “En Rio uno no puede equivocarse de calle; entrar en una zona desaconsejable puede costar la vida. En mis prácticas en el Hospital Geral do Estado de Bahía, en un turno de doce horas, suelo ver siete heridos de bala, sin contar cuchillazos ni muertos. En Rio, el número rozaría los 20”.
No es algo gratuito. El pasado 30 de septiembre Rio se convirtió en una ciudad vacía. A causa de las amenazas de los traficantes, las tiendas de buena parte de la ciudad cerraron. La población se recluyó en sus casas. ¿Por qué? Un jefe encarcelado, Marquinhos Niteroi, había ordenado la acción para mostrar su poderío. Un ejemplo más fue la noche del 15 de octubre, cuando otro clan del tráfico atacó la sede del gobierno del estado de Rio, varias patrullas de policía e intentó asaltar una cárcel donde se habían amotinado unos compinches.

LA CAPITAL DE LA DROGA
Estos actos delictivos proceden de los hábitos de los grupos que dominan el tráfico de drogas. Brasil es el segundo mayor consumidor de cocaína del mundo, tras Estados Unidos. Y Rio de Janeiro es la capital nacional del tráfico. Uno de las mayores ventajas que ven habitantes de otras partes del país en sus regiones es que allí aún no ha llegado la droga. Es como una prueba de ausencia de criminalidad. En Rio, en cambio, favelas enteras viven en manos de las diferentes bandas, que obran al modo de la mafia italiana: ayudan a su comunidad para ser arropados por ella. En la favela Rocinha –que con 250.000 habitantes es considerada el mayor suburbio de América Latina – , todos saben quiénes están metidos en el tráfico, pero son éstos quienes han traído seguridad y autobuses a la zona. Pocos piensan en denunciarlos, y los que lo desean se sienten amenazados. Fue precisamente en la parte alta de Rocinha donde se gestó el ataque del 15 de octubre.
Las favelas son barrios ilegales de casas levantados tradicionalmente en las laderas de colinas. Las familias que se ven obligadas a fundarlas proceden o de la emigración rural o de la imposibilidad de pagar un alquiler en otra zona. Algunas de las favelas de Rio llevan más de 20 años en pie y se trata de un fenómeno extendido a todo el país. Una favela nace de la conquista de un terreno vacío por parte de un grupo de familias, que se reparten el lugar en parcelas y se disponen a vivir pinchando el cableado eléctrico y apañándoselas al margen del poder público.

EL NORDESTE ES OTRO MUNDO
Aunque estén repartidas por todas las urbes brasileñas, las favelas se concentran sobre todo donde está el poder económico y los puestos de trabajo. Este centro económico brasileño se encuentra en el sudeste del país, en los estados de São Paulo y Rio de Janeiro. Ahí se trabaja duro, tienen su sede las multinacionales, y si no fuera por los guetos y la inseguridad, muchos barrios vivirían a un nivel de primer mundo.
La megalópolis o área que está considerada el pulmón económico brasileño es la franja costera que discurre entre las ciudades de São Paulo y Rio. Es un territorio que representa el 0,5 por ciento de superficie del país, pero donde viven el 23 por ciento de sus habitantes y que genera el 60 por ciento de la producción industrial nacional.
El Nordeste es justo lo contrario. Formado por nueve estados, sus pulmones –aunque débiles– son Bahía y Pernambuco, con sus capitales Salvador y Recife. Según un tópico popular amplísimamente extendido, en el sur se trabaja y en el nordeste se descansa. De hecho en Brasil se utiliza el gentilicio –nordestinos– con sabor despectivo, como adjetivo para gente atrasada y vaga.
Joana, nordestina de Bahia y orgullosa de serlo, propietaria de un restaurante en Lençois, no comprende el carácter de su gente: “La vida aquí se reduce a la siguiente cuestión: ‘si me tengo que morir igual, ¿para qué trabajar?’ No esperan nada de la vida, comen, se divierten, descansan; no salen nunca de este pueblo, les parece que esto tan pequeño es el mundo”. Y añade alguna posible causa: “Para mí es una mezcla entre la educación familiar y la cultura africana; viven completamente al día, si hoy necesitan cinco reales para comer, no trabajan para ganar seis. Hace dos días esperaba a la canguro de mi hijo, y por la mañana me llamó que no iba a venir, que era su cumpleaños, ayer tampoco vino, y hoy ya son las ocho de la tarde y aún la espero”. Joana sonríe y levanta los hombros en señal de resignación asumida. Gianni, restaurador italiano en Praia do Forte, tiene un problema similar: “Contratas a un camarero de aquí y viene la primera semana, la segunda, pero si un día no viene, no te preocupes por él, busca a otro. Viven de otro modo”.
La relajación social y las pocas ganas de labrarse un futuro son características fundamentales del Nordeste. Marta Elena es una boliviana que trabajó once años en una panadería propia en São Paulo, dejaba a su hijo en el colegio a las cuatro de la mañana y lo recogía a las siete de la tarde: “Aquello era demasiado, fui al médico y me dijo que o paraba o no lo contaba, y me vine al Nordeste”. Ahora vende tapiocas –una especie de crepes andinos– en Maragogí, población turística de Alagoas. Trabaja sólo tres meses y con eso vive todo el año. Muchos nordestinos de origen hacen lo mismo que Marta Elena. Bajan al sur para trabajar de lo que sea y acumular dinero, vuelven al cabo de los años, se compran una casa y descansan.
El paisaje en los pueblos del litoral nordestino es similar a cualquier hora del día, cualquier día de la semana: gente en la calle apoyada en los muros, charlando y viendo pasar a los niños que van al colegio o alguien que hace la compra. En el interior de la región, o sertao, la vida es mucho más dura: las sequías azotan y trabajar el campo es más severo. Esos son los brasileños que realmente sufren todo tipo de carencias, y que con sus emigraciones llenan parte de las favelas urbanas del país.
Que el ritmo de vida nordestino es distinto al del sur lo prueba por ejemplo el quiosco de prensa de Lençois. Un visitante de esta ciudad quiere comprar el periódico en domingo y va al quiosco a las diez y está cerrado; vuelve a la una y está cerrado; lo mismo a las cuatro. A las siete pasa con poca esperanza y ve al quiosquero ordenando los periódicos. “¿Ahora abre el quiosco?” El hombre sonríe y asiente: “Sí, pero ya he vendido los periódicos”. Se siente incluso un poco avergonzado de su actitud.
El trabajo en un quiosco –debido quizás a la necesidad de una cierta constancia– es un buen ejemplo del carácter nordestino. En la estación de autobuses de Aracaju (capital de Sergipe) hay un enorme puesto de prensa, de unos quince metros cuadrados, con estanterías desde el suelo al techo. El visitante entra a ver qué hay. Todas las revistas expuestas están amarillentas, arrugadas, y son de meses, incluso de años atrás. “¿Son todas viejas?” “Sí –responde el quiosquero – , esperamos las nuevas; pero aquí –y señala en el mostrador unos ejemplares actuales de Veja y de Epoca– ya tenemos dos”. Y sigue leyendo una fotonovela. A su lado puede adquirirse el diario Gazeta de Sergipe de los últimos cinco días, como si estuviéramos en una hemeroteca.
El Nordeste fue el primer Brasil, el negro, colonial y esclavo. Geográficamente es el más cercano a África, y durante la época colonial y esclavista fue el centro económico del país. Desde mediados del siglo xix, con el cultivo del café y el final del esclavismo, el poder pasó al sur. Y hasta hoy. A principios del siglo xx llegaban más de 100.000 inmigrantes anuales –principalmente italianos y alemanes– para trabajar en los cafetales. Hoy estos brasileños blancos –la mitad de los 170 millones de brasileños son blancos – , junto a sus predecesores portugueses, dominan la política y la economía del país. Los otros dos Brasiles –el negro nordestino y el indio amazónico– viven un poco a remolque. En el Nordeste, donde por ejemplo en Bahía el 77 por ciento de la población es negra, en los carteles de la última campaña electoral, no aparecía ni un solo negro. Todos blancos, a lo sumo algún mulato.

ÉPOCA DE ELECCIONES A pesar de las influencias de la economía y de la corrupción, la democracia brasileña presume de sana. Sin embargo, el éxito electoral se basa en buena medida en los golpes bajos y teatrales. En las elecciones del pasado octubre, Lula era el candidato preferido, era la cuarta vez que se presentaba, procedía del mundo sindical y se preparaba para ser el primer presidente brasileño ajeno a la elite del país –Lula es tornero y es el séptimo hermano de una familia del Nordeste que emigró a São Paulo. Un verdadero sueño americano.
En el país se olía que había llegado la hora de Lula. Era el único candidato que planteaba una disyuntiva. Más que preguntar por quién votar, la cuestión debía plantearse en torno a Lula. O se estaba con él o contra él. Entre los otros daba igual quien ganara. Tras ocho años del presidente Cardoso y dependencia de los fondos del FMI, con pocas esperanzas en un modelo que no acababa de salir adelante, el ambiente era de cambio.
Con Lula estaban los últimos que todavía confiaban que el país pudiera ser salvado desde la política. Como Maryangela, estudiante de cuarto de Farmacia en Salvador, implicada en actividades de voluntariado. Cuando veía un cartel de Lula, lo miraba satisfecha y decía: “Ese es mi candidato”. O Edson, funcionario “concursado” de Penedo (Alagoas), portero de una escuela por 230 reales al mes (75 euros) y camarero en un chiringuito junto al río São Francisco por 120 reales (40 euros), que vive en casa de su suegra: “Así es Brasil, y por eso queremos que gane Lula”.
Contra Lula estaba por ejemplo Carla, de São Paulo, empleada en una multinacional, que critica a Lula por su ambición, por su falta de experiencia y por no disponer de título universitario: “Imagínense una gran cumbre mundial y todos los presidentes, con George Bush por los Estados Unidos, y por Brasil… ¡Lula!”, y gesticula como si Lula fuera un don nadie (que otros ven como una de sus virtudes). También contra Lula estaba Renato, propietario de una tienda, un restaurante y tres casas en Riacho Doce, a 20 kilómetros de Maceió, capital de Alagoas, un típico representante de la clase media: “Si Dios quiere, Lula no ganará, entre los otros que gane el que sea; todos los políticos son iguales”.
La diferencia es palpable. La confianza en Lula era el último resquicio para salvar una clase política deshecha. O Lula, o más de lo mismo. Los políticos se han ganado el descrédito a pulso. Prueba de ello es el desarrollo de un míting de Fernando Collor de Mello en Penedo en agosto. Collor fue elegido presidente de Brasil en 1989 –contra Lula – , pero en 1992 tuvo que dimitir por corrupción. Esta vez, limpio según los tribunales, se postulaba para gobernador de Alagoas. El escenario del míting estaba repleto de carteles, altavoces. Empezó el acto con un concierto a las siete que caldeó el ánimo y reunió a los penedenses alrededor de los tenderetes de comidas y bebidas. A las ocho, puntual, un tumulto de banderas, cámaras y gente irrumpía por el fondo de la plaza. Era Collor y su troupe, que saludaban eufóricos ante la indiferencia total de los asistentes. Una vez los políticos en el estrado, empezaron los parlamentos. En las primeras filas, los campesinos contratados para hacer bulto y llegados en autocares un par de horas antes ondeaban banderas sin cesar. Tras ellos, el pueblo de Penedo asistía impertérrito a los discursos: nadie aplaude. Mientras los gobernantes clamaban sus propuestas, el público charlaba, bailaba incluso. Parecía una representación de políticos. Al acabar volvió la música. Una mujer, de unos 60 años, no lo dudaba: “Es el primer míting al que vengo. Y el último”.
La política es algo ajeno a la vida de muchos brasileños. Renato, el propietario de un restaurante en Riacho Doce, continúa su lamento: “El voto en Brasil es obligatorio, so pena de multa. ¿Qué hacen? Van de casa en casa y ofrecen un pote de pintura o unas baldosas, según las necesidades, a cambio del voto. Y la gente pues contenta”. Una vez en el cargo, las formas de corrupción varían según el rango: “En Brasil, por ley, las carreteras deben tener siete metros de calzada y diez centímetros de grosor de asfalto. Eso es lo que contrata con la constructora. Luego asfaltan cuatro metros de ancho y siete centímetros de grosor. Lo que sobra, al bolsillo. Y como en seguida salen agujeros, hay que volver a asfaltar”.

ZAPATOS A PLAZOS
Los problemas de Brasil son profundos. El mismo Lula ha reconocido que es imposible arreglarlo todo en cuatro años, y que su proyecto se basa en veinte. La distribución de la renta (el 10 por ciento de los brasileños dispone del 53 por ciento en la riqueza de la undécima economía del mundo), la deuda externa (se dice que seis de cada diez reales que produce un brasileño van para devolver los créditos prestados), la corrupción, la inseguridad y el tráfico de drogas son los problemas mayores.
Brasil es un país industrializado, pero que aún sigue en vías de desarrollo. En las ciudades hay calles, barrios, centros comerciales –sobre todo en el sur– iguales a los del Primer Mundo. Es por donde se mueve ese 10 por ciento más rico y la incipiente clase media que va a su rueda. Se dan así paisajes típicos de países en desarrollo, donde rascacielos de cristal conviven con casas que renquean.
Sin embargo, en la calle se perciben múltiples aspectos de país pobre. Por ejemplo, en los escaparates de las zapaterías del centro de Recife, los zapatos están marcados con dos precios: para quienes pagan al contado (más barato) y para quienes lo hacen a plazos. O el caso de un joven revisor de un autobús pirata de Olinda, de no más de 25 años, a quien le faltan todos los dientes delanteros. O la misma existencia “permitida” de multitud de esos autobuses piratas –furgonetas que hacen el mismo trayecto que los autobuses públicos – , que paran allí donde alguien levante el brazo y que se persiguen para conseguir pasajeros. O la curiosidad insaciable de una recepcionista de un hotel de Penedo, que a pesar de su interés por la gente de otras partes del mundo está segura de no poder nunca coger un avión para salir del país, nunca reunirá el dinero.
Por el otro lado están los ricos, que viven enrejados en mansiones y que van de compras a Nueva York. La situación de su país también les afecta: deben dejar los deportivos en el garaje y conducir coches pequeños para pasar desapercibidos y no ser asaltados.

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