A vueltas con la muerte

Carlos Eymar
Filósofo
Siguiendo con la reflexión iniciada en el último número de El Ciervo, voy a referirme aquí a dos obras recientemente publicadas que abordan el tema de la muerte, completando la perspectiva filosófica de Scheler e iniciando una apertura a su consideración teológica.
La Muerte (Pre-​textos) es un auténtico tratado que ya goza de la consideración de clásico, escrito en 1977 por el filósofo francés de origen ruso Vladimir Jankélevitch, fallecido en 1985. Catedrático de la Sorbona, moralista y musicólogo, Jankélevitch fue introducido en España en los años 70 con su libro sobre La ironía. Conviene recordar esto porque su magnífica meditación sobre la muerte revela su condición de ironista que, como Pascal o Unamuno, a los que recurre con frecuencia, gusta de las paradojas, de refutar afirmaciones que él mismo se había encargado de demostrar. Por otra parte, su libro estructurado en tres partes –meditación sobre la muerte desde el lado de acá, en el instante mortal y sobre su más allá – , parece seguir la forma circular de ciertas sonatas. Corresponde a la circularidad de la vida que acaba como empezó: en un misterio, un secreto que no es ningún secreto, algo evidente que a la vez es evasivo. El sabio sonríe irónicamente ante la tragedia de la muerte, pero ésta, a su vez, se toma su revancha sobre la ironía. ¿De qué sirve haber pensado la muerte durante toda la vida –se pregunta el autor– si finalmente se sucumbe en el último momento? En el debate-​combate entre el pensamiento y la muerte no parece fácil decidir a quién pertenecerá la última risa. De forma velada, en su ataque a los filósofos necrófilos que afirman que la vida es una continua muerte, Jankélevitch parece apostar por el triunfo de una vida que acepta la muerte como su condición necesaria. A la vez que en contra del progresismo científico que considera la muerte como una enfermedad curable, Jankélevitch combate la resignación derrotista ante el destino, que abandona el combate con la muerte antes de lo necesario. Es en la vida misma, en la alegría de vivir y en el hecho eterno de haber vivido, donde podremos encontrar la prueba de una existencia imperecedera. Para que el más allá tenga su sentido –concluye Jankélevitch– hay que honrar la plenitud, la intensidad, el sabor incomprendido del más acá.
Olegario González de Cardedal en su obra Sobre la Muerte (Sígueme), no se ampara en su perspectiva teológica para permitirse licencias escatológicas. También hace suya la crítica filosófica de Scheler o Jankélevitch a esos “bocazas” que hablan con detalle del más allá, sin temor a ser desmentidos por los muertos. El buen creyente –dice González de Cardedal– hace mejor en dejar sin respuesta explícita ciertas cuestiones y en asumir una docta ignorancia sobre el más allá. Pero, a diferencia de la filosofía, la perspectiva teológica nos enseña a pensar la muerte no sólo desde el hombre, sino desde Dios. En este sentido, la revelación cristiana constituye una auténtica afirmación de la vida al presentarnos a un Dios de vivos, creador de la vida, que es, al mismo tiempo, Cristo muerto y resucitado y Espíritu vivificador.
La concepción cristiana de la muerte parte del hecho de que la muerte de Cristo ha transformado toda la historia, la realidad y el cosmos y de que la vida del cristiano se ha de concebir como un largo proceso de identificación con esa muerte de Cristo. González de Cardedal no se muestra partidario de que tal identificación se fundamente sobre una antropología de raíz platónica que separa excesivamente el alma y el cuerpo. Esta antropología, si bien ha sido aceptada y defendida por ciertas corrientes cristianas, ha conducido a un secreto recelo contra el cuerpo y el mundo y a los consecuentes excesos de moralización y ascetismo. Más que sobre la mortificación del cuerpo, la identificación del cristiano con la muerte de Cristo habría de realizarse mediante su participación en los misterios-​sacramentos del bautismo y la eucaristía, y en la lucha contra el egoísmo. Muertos para el pecado, vivos para Dios, por esa muerte nos vamos adentrando en los abismos de la realidad absoluta. El vivir muriendo de los místicos nos enfrenta a una experiencia límite, que deja traslucir la promesa de la resurrección. La muerte mística, al anticipar la visión de la faz de Dios, se convierte en paradigma, en preludio de la gloria futura.
Ninguna pesadumbre, pues, se ha de derivar de la reflexión del cristiano ante la muerte. El cristianismo no niega el dolor por la muerte de la persona amada, no predica la impavidez del sabio estoico, no rechaza las lágrimas como Cristo no las contuvo ante el cadáver de Lázaro. Pero el llanto cristiano, al que González Cardedal dedica emotivas páginas, no nace de la desesperación. Por eso su conclusión no está lejos de la de Jankélevitch: la actitud cristiana ante la muerte es la de una seriedad irónica y sonriente que procede del amor y de la confianza que sabe habitada la vida por una gracia infinita.

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