Con las madres encarceladas

Trinidad García-​Herrera Reboul
Asistenta social en el Centro penitenciario de Soto del Real (Madrid)
7.30h. Aún no ha amanecido. Empiezan los primeros rayos de luz cuando salgo de casa. Me separan del trabajo treinta kilómetros. Durante el trayecto voy pensando qué vicisitudes me deparará el día y si seré capaz de transmitir algo de la esperanza que demandan estas mujeres privadas de libertad.
8h. Estoy en la primera barrera del Centro Penitenciario de Soto del Real. Después de introducir la tarjeta identificativa se alza la valla. Ya estás en el recinto, pero aún tienes que pasar tres controles más. El sistema de seguridad tiene prioridad en la institución penitenciaria.
Tengo que reconocer que el aire puro de la sierra resulta gratificante. La vegetación, las flores y las cigüeñas bailando en el cielo, suavizan la severidad del entorno.
Ahora ya estamos dentro y comienza la tarea más ardua.
9h. Llego al despacho que comparto con nueve compañeros (ocho mujeres y un hombre). Es la hora de cambiar impresiones, plantear cuestiones y coordinar la tarea del día. Problemas siempre. Interrumpe el teléfono que no para de sonar una y otra vez: una madre angustiada que demanda ayuda para su hijo, o un marido que pide información de la esposa, o un familiar que comunica un fallecimiento, casi nunca nada agradable. Esto es el día a día. Siempre el teléfono. La noticia.
10.30h. Un pequeño descanso de media hora. Tomamos un café con los compañeros. Hay que coger fuerzas. 1113.30h. Ya estamos preparadas para enfrentarnos a la dura realidad. Trabajamos en equipo: juristas, psicólogos, educadores y trabajadores sociales. Una vez a la semana nos reunimos para clasificar, revisar grados, estudiar permisos o iniciar el período de libertad condicional. Evidentemente esto comporta un estudio individualizado de cada caso, para lo cual ha de entrevistarse a las internas e internos haciendo un seguimiento tanto personal como familiar para después valorar conjuntamente cada situación.
El delito de más incidencia en la población reclusa es contra la salud pública seguido de los delitos contra la propiedad.
Las entrevistas se llevan a cabo en los propios módulos de las internas. La comunicación es directa, sin prisas. Te plantean todo tipo de cuestiones. Me cuentan sus desalientos, sus problemas. Quieren conocer los recursos, sobre todo información de la Institución Penitenciaria, de las ONG que colaboran con prisiones para aval de permisos, demandas de trabajo, comunicaciones familiares o de pareja. Somos para ellas un buzón por donde se canalizan todos sus problemas, que nunca faltan.
Hay cuatro módulos de mujeres, en cada uno de ellos hay 130 internas salvo en el de madres que sólo hay 35 y que están con sus hijos hasta que cumplen los tres años. Cuando son pequeñitos asisten a la guardería del centro, pero a partir de los dos años –previo consentimiento de la madre– se incorporan a la guardería del pueblo de Colmenar. Los recoge un autobús diariamente, así no resulta tan brusca su integración cuando cumplen los tres años y tienen que salir. Los niños son las principales víctimas tanto si están en el centro como si están fuera. Los hijos lloran por sus madres y las madres lloran por sus hijos.
El porcentaje de la población reclusa de mujeres extranjeras es muy elevado. Hablo siempre de mujeres porque trabajo con ellas aunque el centro es mixto. Algunas vinieron de su país intentando conquistar un mínimo de bienestar para los suyos –utilizando el tráfico ilegal de drogas– a veces conscientemente, a veces por amenazas a sus familiares. Lo intentaron aun a sabiendas del riesgo que corrían. Por lo menos, aquí, nos dicen, comemos y podemos ganar para que coman los nuestros.
La demanda más urgente es la solicitud de trabajo. El trabajo remunerado en prisiones ha supuesto una nueva forma de ayuda a estos países deprimidos, una nueva forma de emigración, primero vienen ellas, luego buscan el medio para trasladar al resto de sus familiares. El problema es que no hay trabajo para todas, aunque las extranjeras se las arreglan para conseguirlo. Trabajan duro para enviar dinero a los suyos.
La mayoría de las españolas tienen otro problema: el consumo de droga. Aquí nos encontramos con situaciones más difíciles: desestructuración familiar, deterioro físico, graves problemas de salud y siempre complicado con la situación familiar de los hijos: o están en acogimiento familiar o en acogimiento institucional reclamando constantemente su presencia. Pueden solicitar “vis a vis” con ellos cada mes durante dos horas, bien los trae la familia, bien personal de la institución de acogida. Para coordinar estos encuentros hemos de concretarlos puntualmente nosotras.
Para el tratamiento de consumo de drogas pueden solicitar el ingreso en el Proyecto Hombre que tienen en el centro un módulo especial dedicado a ello. Existe un equipo mixto de personal del centro y del propio Proyecto que funciona desde hace cuatro años.
14.00h. Cuando sales de los módulos después de tres horas de entrevistas te sientes desbordada por los problemas, tienes que hacer un gran esfuerzo por volver a la tarea. Realizar informes, gestiones con las familias o con la propia institución.
No obstante, a veces te sientes gratificada por demostraciones afectivas que te calan muy hondo. Te dedican unas poesías, te bordan un pañuelo o simplemente te abrazan agradecidas por la obtención de un tercer grado. Estos momentos compensan tantos sinsabores y te marchas con la sensación de haber proporcionado algo de felicidad.

Revistas del grupo

Publicidad