Los verdaderos economistas

Lluís Batlle Bastardas
Asistente Social de primaria de la zona de Sants de Barcelona
A las seis y media de la mañana bajo la ducha escucho la radio. El reloj marca la pauta del día cuando se tienen dos hijas pequeñas. Así, a las siete y cuarto, despierto a mi mujer y a las dos hijas: Gina, de seis años, y Berta, de dos. Visto a la pequeña y vamos a coger el tren y después el metro para ir a la guardería municipal en la que este curso hemos conseguido plaza después de cuatro años intentándolo.
Al salir del metro nos dirigimos hacia la escuela y en un cajero automático de la plaza veo que entre cartones y mantas está durmiendo el señor José. Lo he atendido en el servicio donde trabajo y por lo que veo vuelve a estar por la calle. Su adicción al alcohol provocó su separación, problemas de salud y que perdiera el piso donde vivía. A pesar de los esfuerzos de nuestro servicio y de personas allegadas a él, no ha conseguido salir de su adicción y la situación se ha deteriorado aún más.
Empiezo a trabajar a las ocho y cuarto. Trabajo de asistente social desde hace 11 años en un centro de servicios sociales de atención primaria del Ayuntamiento de Barcelona. Los tres últimos años mi función ha sido la de hacer la primera acogida del servicio, es decir, atender a las personas que vienen por primera vez. Reviso los expedientes que la recepcionista me ha facilitado y que corresponden a las visitas programadas para hoy.
A menudo a nuestro servicio acuden las personas que después de haber intentado resolver una determinada situación y no haberlo conseguido, esperan como última alternativa que los servicios sociales les ayuden. Cuántos intentos para poder evitar un desahucio, cuántos intentos para evitar tomar la decisión de ingresar al padre en una residencia, cuántos intentos para poder salvar una relación de pareja maltrecha por el alcohol, etc.
Llamo a conserjería para avisar que ya puede subir la primera visita. Salgo a recibir en la escalera a dos mujeres que suben en ascensor y las acompaño a entrar en el despacho y a sentarse. Las dos mujeres son hijas de un matrimonio mayor. Por lo que explican el padre presenta una dependencia física importante a consecuencia de un derrame cerebral y una demencia severa. La principal cuidadora es la mujer y sus hijas comentan que se encuentra con un fuerte agotamiento físico y emocional por el esfuerzo que requiere la atención de su esposo. Las hijas, ambas con responsabilidades familiares y laborales, hacen más de lo que pueden. Solicitan información sobre servicios de ayuda para atender a sus padres. El problema no es económico sino de desconocimiento de dónde dirigirse para contratar este servicio. Facilito información. Las hijas hablan de sus padres con un profundo respeto y gran estima. Están preocupadas y desean lo mejor para ellos. La demencia del padre las desconcierta y a menudo se encuentran en situaciones que no saben cómo abordar. Les facilito la información de la asociación de familiares de enfermos de alzheimer donde podrán recibir información. Finalizamos la entrevista acordando que recopilarán la documentación e informes médicos para poder solicitar una estancia temporal en centro residencial.
La segunda visita es una madre soltera de dos chicas de 20 y 21 años. Son del colectivo de gitanos de Hostafrancs, muy arraigados. La señora Rosalía, de 45 años, hace tiempo percibía un salario social pero desde hace un año cobra una pensión no contributiva de invalidez por unos problemas de salud. Sus hijas, sin ninguna formación académica, no trabajan. Hace años que no van a la escuela. En el colectivo de gitanos de Hostafrancs ocurre a menudo que las niñas a partir de los 12 años dejan de ir al colegio y se dedican al cuidado de hermanos, tareas domésticas o a ayudar a la madre en la venta ambulante. La señora Rosalía acude a nuestro servicio porque ha contraído una deuda de alquiler de siete mensualidades y tiene señalado un juicio por desahucio. Si no paga perderá el piso y el alquiler que tiene, de 102,17 euros, no lo encontrará actualmente. Está muy angustiada. Los únicos ingresos de que dispone de forma fija al mes es la pensión no contributiva de 258,44 euros. En la entrevista de primera acogida recopilo información y como la situación requiere una valoración más detenida le comento que a partir de ahora la atenderá una asistente social del equipo de tratamiento para ver las posibilidades de evitar el desahucio y velar para que no vuelva a producirse un atraso.
Mientras espero que llegue la otra visita veo que en la recepción del centro se han reunido un grupo de familias de un mismo inmueble afectadas por un desplome parcial del edificio al que no pueden volver a entrar por riesgo de derrumbe. Algunas de ellas no disponían de contrato de alquiler y estaban en ocupación ilegal. Son los “ocupas” sin “k”, ocupas de los que pocos se ocupan. Familias con hijos en situación de precariedad y que van ocupando viviendas vacías hasta que un incendio, un derribo o una orden de desalojo les obliga a cambiar de casa. Difícilmente podrán acceder a una vivienda de protección oficial y mucho menos a una del mercado privado. Una compañera atiende a las familias y empieza las gestiones para buscar algún alojamiento temporal.
Sube otra visita. Es una mujer marroquí que lleva muchos años en España trabajando. Ahora esta embarazada de su primer hijo y su marido, con quien se casó el año pasado, aún esta en Marruecos mientras ella intenta arreglar la documentación de la reagrupación familiar. Solicita un salario social porque la prestación de paro se le acaba el mes que viene y no podrá acceder al subsidio por desempleo ya que no tiene cargas familiares (su hija aún no habrá nacido). Últimamente trabajaba con contratos temporales y al quedar embarazada no le renovaron.
La siguiente visita es de una señora de 68 años que hace tres meses enviudó y quiere saber si tiene derecho a cobrar alguna prestación porque con la muerte de su marido los ingresos han disminuido mucho. La respuesta que le doy es que no puede acceder a ninguna otra pensión porque ya cobra la viudedad. Mientras vivía su marido los dos cobraban una pensión de jubilación. Al fallecer el marido la situación económica ha empeorado porque prácticamente ha perdido una pensión y los gastos básicamente son los mismos. La respuesta que le doy frustra sus expectativas y se queja de la injusticia, del gobierno y que “no hay derecho”. Se lamenta y aparece el discurso de que sólo se ayuda a los inmigrantes. Cada vez aparece más este argumento. Antes recuerdo que algunas personas decían que los que más ayudas recibían eran los gitanos. Esta queja me altera a nivel personal pero me mantengo sereno e intento explicarle que no es una cuestión de preferencias sino una cuestión de derechos. Estoy de acuerdo con ella, y así se lo manifiesto, de lo injusto que es el sistema actual de pensiones, sobre todo para las viudas. Ello no quita que si ella tuviera derecho a alguna prestación o ayuda podría acceder igual que las otras personas. Mientras se va del despacho insatisfecha pienso que las verdaderas economistas de este país son las personas que con unos ingresos muy limitados hacen filigranas para pasar el mes.
Cuando terminan las visitas empiezo el trabajo de documentación de las entrevistas. En el registro anoto la información que he recopilado, los aspectos significativos de la persona que he atendido, los acuerdos obtenidos y reflexiono sobre los aspectos a trabajar en una segunda entrevista.
La directora me pasa un oficio del juzgado solicitando la presencia de un/​a asistente social en un lanzamiento judicial de un piso que se hará para la semana siguiente. Tendré que buscar un hueco en la agenda para poder ir al domicilio antes del día señalado para conocer la situación de las personas que están viviendo en la casa. No tenemos constancia que en el piso vivan personas que hayamos atendido en nuestro servicio con lo cual desconozco quiénes son y cual es su situación.
A las cuatro menos cuarto recojo la mesa, anoto las cuestiones pendientes y apago el ordenador. Se acaba la jornada presencial en el trabajo. Me dirijo a buscar a mi hija Berta. En la plaza hay un grupo de personas de mi edad que alguna vez he atendido en el servicio y que muchos días se reúnen en este espacio para charlar, beber o consumir alguna sustancia adictiva. Tenemos la misma edad pero las oportunidades, las opciones, los apoyos y muchos factores han sido muy distintos entre ellos y yo. Algunos de ellos están cobrando una pensión no contributiva de invalidez por problemas de salud a consecuencia de sus adicciones (cirrosis, hepatitis, anticuerpos, etc.)
La tarde la dedico a mis hijas: recogida del colegio y en casa, baño, cena y a dormir. Después de recoger las cosas y mientras espero poder sacar la ropa de la lavadora me preparo la sesión informativa para inmigrantes latinoamericanos del viernes. Desde hace un año, una compañera y yo las hacemos. A ellas acuden personas recién llegadas y sin permiso de residencia. Informamos de servicios básicos, entidades y organismos que pueden serles de utilidad. La principal dificultad que presentan viene motivada de no disponer de permiso de residencia. Esto limita el poder acceder a determinados servicios y a trabajar de forma regularizada. Sobre todo, la demanda que hacen es de trabajo y, por no disponer de él, de ayuda para cubrir necesidades básicas como alimentación.
Estas personas llegan a España con unas expectativas muy altas, con una voluntad de sacrificio y con unas enormes ganas de encontrar un empleo. La presión que tienen es muy fuerte: la mayoría para viajar ha hipotecado lo que tenia en su país, se han separado de sus hijos, han dejado su tierra por necesidad y con la esperanza de poder ofrecer a los suyos un futuro mejor. No lo tienen nada fácil. Las últimas decisiones político-​jurídicas en temas de extranjería les sitúa en un callejón sin salida. Antes podían acceder a un permiso con una oferta de trabajo pero desde diciembre les ha sido vetada esta posibilidad. Las únicas salidas que encuentran la mayoría de las veces es trabajar en el servicio doméstico sin asegurar. En muchos casos, acuden a los servicios sociales como si fuéramos la conferencia de San Vicente de Paul.

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