Una mejor disposición del editor

Luis Suñén
Editor
Me parece que a la hora de hablar de best sellers habría que distinguir entre los que nacen directamente con esa vocación y los que llegan a serlo por distintas razones difíciles de predecir primero y de analizar luego. Entre los primeros estarían los autores que han alcanzado un estatus de grandes vendedores independientemente de lo que lancen al mercado y de su calidad literaria. Si el editor se equivoca y se produce un fracaso nada probable, los resultados pueden ser atroces para la cuenta de resultados de la editorial, pues los anticipos son estratosféricos. Los segundos responden a imponderables como el boca a oído, una buena crítica en el momento oportuno, un personaje público que declara estar leyéndolos, qué se yo, tener suerte. Ejemplos recientes serían Javier Cercas o Carlos Ruiz Zafón, con quienes sus editores no contaban a la hora de programar los éxitos de la temporada.
Hay un estadio intermedio, que es el de aquellos best sellers de calidad que con frecuencia despreciamos cuando, sin embargo, ofrecen buena literatura, como serían los casos de John LeCarré o Mario Puzo. A veces hasta la poesía es best seller, como ocurrió en Inglaterra con Birthday Letters de Ted Hughes o con la traducción que de las Metamorfosis de Virgilio hizo Seamus Heaney, pero ahí estamos hablando de mercados mejor preparados intelectualmente que el nuestro.
¿Se leen de verdad estos libros que se compran por cientos de miles de ejemplares? No en todos los casos y, a veces, son pocos los que los leen completos, como seguramente ocurriría con El nombre de la rosa, de Umberto Eco, un libro que demuestra cómo, a veces, el mercado puede ser manipulado para bien.
En todo caso habría que abogar por una mejor disposición del editor ante el mercado, por un tratar de presentarle a este de forma adecuada la buena literatura –y eso afecta también a su manera de comunicarlo y al trabajo de los críticos, los medios de comunicación y los libreros. Ojalá podamos decir un día que un libro llega a venderse mucho porque se aprecia su calidad literaria por encima de todo. Pero eso, ay, no lo verán estos ojos que ha de comerse la tierra.

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