Bromas con los clientes

Emilio González
Me levanto a las seis y media sin mucho esfuerzo, tomo una ducha y desayuno algo en casa. Antes de ir a trabajar salgo un rato a dar una vuelta con los dos perros que tengo. Hacia las siete y media ya estoy en los vestuarios de la televisión de Sant Cugat, donde me pongo el uniforme de camarero: camisa blanca y pantalón negro. Aunque a las ocho empieza mi jornada en el restaurante de la tele, un rato antes empiezo a montar todo lo que necesitamos para el desayuno. Es un restaurante tipo self-​service y somos tres detrás de la barra: una chica en la caja, un compañero que hace los bocadillos y yo que me encargo de la cafetera. Para tenerlo todo más a mano lo que hago es por ejemplo poner los sobres de menta o los tés en las tazas, para que sólo sea necesario verter el agua caliente.
A las ocho empiezan a venir los clientes. Tienen varias posibilidades que escoger. Hoy hay salsichón, morcón y queso. El salsichón es el del día, sale un poco más barato: bocadillo más refresco o café, 1,20 euros. Sino, café con leche y cruasán, 72 céntimos. Los precios están muy bien.
A veces me piden cafés o tés hasta una decena de personas al mismo tiempo. Procuro que la gente no tenga que esperar mucho teniendo las cosas preparadas como decía antes y también poniendo en marcha sus pedidos –a la mayoría les conozco los gustos– cuando los veo en la cola de caja.
A las once acabamos con los desayunos, y empezamos a limpiar para la comida. Tiene que quedar todo como si no hubiera pasado nada, como si esa mañana nadie hubiera venido a desayunar. A las doce nos sentamos con los compañeros a almorzar, comemos uno de los menús del día y volvemos a montar la barra para la comida.
Desde la una y media hasta las cuatro sirvo los platos, normalmente sólo los primeros, pero a veces también los segundos. Procuro ir rápido, pero siempre hay tiempo –la gente quiere ver los platos para elegir– para algún comentario: sobre fútbol –soy del Madrid y eso da juego– sobre la comida del día. Me gusta mucho bromear con los clientes. Si no les conozco –siempre hay colaboradores nuevos en los programas– a las mujeres las llamo María y a los hombres Gregorio. Ellos lo agradecen. Más de uno me ha dicho que se me llevaría a su empresa, si un día monta una.
En el menú de 4,70 euros hay cuatro primeros y tres segundos a elegir, y además regalamos una ensalada y un gazpachito. Cerramos el comedor a las cuatro, recogemos un poco y cada cual a su casa. Lo dejamos todo limpio para el día siguiente.
Camino a casa voy a un huerto de un amigo a quien no le gusta encargarse de él. Allí tengo tomates y otras hortalizas. También tengo tórtolas, codornices y palomas. Las tengo sólo para cuidarlas, porque no quiero matarlas. Este verano fui a Salamanca y le llevé unas cuantas a un amigo mío. Tampoco puedo soltarlas porque los vecinos se quejarían porque se les comerían las semillas de sus campos.
Después del huerto, hacia las seis o las siete, tengo varias opciones. A veces voy a dar una vuelta con unos amigos o voy a jugar a squash para mantenerme a punto. También me gusta mucho ir a pasear con los perros por el bosque, a menudo estoy hasta un par de horas. A las diez suelo volver a casa, preparamos la cena y a las once me acuesto.
Esto es lo que hago de lunes a viernes. El sábado por la noche, sin embargo, desde las ocho a las tres y media de la mañana más o menos, también trabajo para sacarme unas perrillas más, en un restaurante con baile en el centro de Sant Cugat.

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