Ahí viene el señor “Descafeinado»

Marc Torrent
Llegar. Pasar por debajo de la persiana, está medio abierta. Uy, cinco minutos tarde. Apretar el botón de las luces de la nevera, poner el tapón del lavavajillas y encenderlo. Entrar en la cocina, hacer catorce bocadillos, mirar el reloj, hacer doce panecillos, cantar una de José Alfredo, la cocinera se une, mirar el reloj, correr para abrir la puerta. Siete y media, clientes esperando, nada, ni una sonrisa, ni un buenos días. Café con leche, uno, dos, tres, bajito, hablan bajito, no derrochan energía, casi ni los entiendo. ¿Bocadillos? Sí, en la barra, ¿no los ven? Siempre preguntan, nunca se mueven, no se fijan, tiran la colilla al suelo y el cenicero que parece un perro, otro bocadillo, este de los especiales, ir hacia la cocina, hacer bocadillo, entran más clientes, la cocinera se ríe, ella tiene faena, pastas, tartas, preparar el menú.
Rápido, rápido, salgo con el pedido, ¿qué quiere éste ahora? Un zumo, otro zumo, ¿cuándo voy a poder desayunar? Eso me pasa por no llegar antes, otro zumo más y… Mierda, no quedan naranjas, ir a buscarlas, disculpa ahora mismo estoy de vuelta, vuelvo con las naranjas, seis fajos, tres en cada mano, más clientes, la encargada lleva tres cafés en una mano y dos platos con bollos en la otra, ¿cómo lo hace? Soy novato, ya aprenderé, servir más cruasanes, ensaimadas, no, helados no hay. Cada día lo mismo, la gente no se entera, ¿cuatro cafés? Dos descafeinados, uno con sacarina, hacerlos, el compañero me preparó los platillos, ayuda indispensable.
¿Quién me mira? Una mujer, mediana edad, atractiva, ¿qué querrá? Más leche, está muy caliente, vale, ah, los cafés, ahí están, qué hambre, me prepara un café, a mi gusto, doy vueltas al mango de la máquina, sobre si mismo, soy un malabarista, nadie me ve, nadie sabe de lo que soy capaz, voy a tomármelo, no, más clientes, los funcis [funcionarios], siempre con su cancioncilla ridícula: “Grande de atún y caña”, como si lo pidieran directamente en cocina, ¡serán memos!, y su mesa llena de basura, como niños, graciosillos, son siempre un montón, hombre, el señor Marqués, a ver qué me dice para contestarle algo bueno… Me río, se ríe, este es buen tipo, siempre hace gimnasia, a mi me iría bien hacer piscina, más cafés, ¿para los funcis? Van a salir como motos, venga, rápido, que va a venir la señora Carmen, no sé por qué dicen que está loca, sólo es un poco excéntrica, está sola, tiene sus manías, nadie le puede quitar nada de la mesa hasta que ella lo permita…
Manías, manías, la gente se podría meter las manías donde le quepan, lo peor es cuando alguien pide el cruasán poco hecho, o muy tostado, ya es el súmum, repetir pedidos por culpa de las manías de la gente que se cree que está en su casa, como decir “lo de siempre”, yo qué sé qué es lo de siempre, a ver si cambiamos algo, la rutina nos puede, yo mismo les sirvo su ración de rutina cada día, a veces me río de ellos, no, hoy no, tengo que ser más amable. Más clientes, estos los conozco a todos: la chica café y cruasán, el hombre del sombrero solo en vaso, el viejo de la coleta té con limón, creo que es filósofo o algo por el estilo, aunque por la expresión de su cara cuando hay poca agua en la tetera parece un don nadie, como tantos, la mujer del perro café con leche y ensaimada y ahí está la “madmuasel”, le voy a poner la horchata grande antes que me la pida, así es como les gusta a esa clase de clientes, todo rápido, al punto de cada uno, sin errores.
Ya tenemos aquí al señor “Descafeinado”, a ver, se acerca, me mira con disimulo, lo veo, no le hago caso, se para, está detrás de mí, no dice nada, me giro y ahí lo tenemos: “El desayuno”; ¡el señor de la casa pide su desayuno!, la cocinera lo ha visto, ya prepara el bocata de tortilla, yo preparo la copa de vino, la encargada se esconde, no quiere hablar con él, no lo soporta aunque como buena encargada siempre le aguanta el rollo, es lo que tiene estar detrás de la barra, todos los discursos sobre “hasta donde llega el servicio de un camarero” se rompe cuando el cliente pide y pide y pide…
Por fin hay menos gente, voy a hacerme otro café, el otro no lo tomé, éste si que estará bueno bueno, con el punto justo de leche, mucha espuma, más espuma, cremita consistente, soy un as de la espumilla, y cruasán, partido por la mitad y relleno de chocolate negro, exquisito, lo mojo en el café, exquisito, bebo unos sorbos, lo acabo, perfecto. ¿Un pitillito? Va, venga, sí, todo son placeres, sobre todo en el trabajo. Ay, otro cliente, ese es nuevo, ¿qué querrá? Siempre con cara de perdón pero te piden, a ver cual es su desayuno maniático, a ver si es amable, a ver si es un maniático…

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