Dentro de Estados Unidos no hay nada

Jordi Pérez Colomé
Periodista
Me habían avisado. Los primeros fueron los miembros de la redacción de la revista Commonweal en Nueva York. Les había ido a visitar para ver cómo hacen su revista, similar a El Ciervo. Durante la charla les explico que vamos a pasar un par de semanas por el interior de Estados Unidos, en un coche de alquiler:
–¿Para qué vais allí? –lanza Grant.
–Pues para ver el interior –contesto.
–Pues cuando volváis nos explicáis lo que hay.
Commonweal es una revista neoyorquina. Había estado –y está– en contra de la guerra de Irak, junto a un 30 por ciento de los americanos. Según decían, este 30 por ciento se repartía más o menos entre el noreste, California y algunos Estados sueltos. Los demás, el medio oeste y el sur, era la América de verdad, allí donde según advertían no había nada.
Tras pasar cinco días en Nueva York, vamos a Philadelphia, desde donde debíamos tomar el coche. Nos acercamos a la oficina de turismo de la ciudad para que nos den algún mapa. Una mujer de unos 50 años, sonriente y con buenas intenciones, nos atiende. Le explicamos el recorrido programado. Y de nuevo: –¿Qué vais a hacer allí? Si no hay nada –nos suelta riendo.
Tras intentar arreglar su primera reacción nos animó con lo que parecía un mal menor: “Pero eso sí, os vais a divertir”.
A la mañana siguiente, en Market Street, preparamos el contrato de un coche automático, como todos en Estados Unidos. Pedimos el más pequeño que tienen y nos ofrecen uno que en Europa serviría para una familia con tres hijos. Salimos del garaje en dirección Este, hacia el interior. ¿Habría algo?
La primera parada estaba a 60 kilómetros: Lancaster, la tierra de los amish. Los amish son famosos por ser descendientes de una corriente holandesa protestante que no utilizaba ningún tipo de máquina –ni mecánica ni eléctrica. Paramos primero en un centro para visitantes en las afueras del lugar. Es enorme y está lleno de gente. Todos los que trabajan en el lugar son jubilados voluntarios. Hacen un servicio a la comunidad, algo muy común.
Nos informan que el territorio amish está en el centro del condado de Lancaster, sobre todo en el pueblecillo de Intercourse. Para llegar a Intercourse cogemos una carretera llena de tráfico y ribeteada de casas. De repente, entre los edificios, un cartel: Intercourse. Giramos y aparcamos. ¿Dónde estarán los amish? Las postales los hacen vestidos de holandeses del pasado. Pero de momento no vemos ninguno. De hecho ya nos han dicho que no están en ninguna parte concreta porque no son una comunidad cerrada: viven mezclados entre gente no amish. Y todos los que circulan son no amish.
Los más vistosos son turistas norteamericanos paseando. Al final, al fondo, sí, ahí está, un joven amish impulsando un aparatoso patinete de madera. Viene hacia mí. Al cruzar, me saluda sonriente. Sabe que estoy aquí para verle; ha sido muy gentil. Es un chaval normal pero disfrazado de amish. Vemos ahora a una chica interfiriendo el tráfico con una carroza y su caballo. Esto son los amish.
Media hora más habrá bastado para visitarles. Los turistas norteamericanos parece que se lo toman con más calma. Se sientan al borde de la carretera, pasean por un mercado recreado con productos de las granjas amish y visitan museos o las casas amish que lo permiten y cobran su entrada. Esto es Intercourse, el pueblo amish.

COMIDA CASERA
Dos días después, ya en Virginia Occidental, tras circular por carreteras secundarias para ver mejor el país, oscurece y buscamos un hotel para dormir, cerca de Seneca Rocks. Sobre un montículo vemos uno. Es una hilera larga de casitas, los coches aparcan delante de la puerta: un típico motel norteamericano. Se llama 4U y tiene al lado su propio restaurante.
En la entrada del local hay un trailer y un cartel de “homemade cooking” (comida casera). El lugar de montaña y el cartel prometen un buen ágape. Dentro tienen cuatro mesas llenas. Una vez sentados, de momento la carta no anima mucho: hamburguesas y pollo sobre todo. Me decanto al final por el special of the day –pechuga de pollo, judías verdes y patatas– escrito en una pizarra. La camarera que nos toma nota es una señora cariacontecida, con el pelo rubio en permanente.
Al rato trae un plato de plástico dividido en tres cavidades desiguales: en la mayor dos pechugas rebozadas muy tiesas; en las otros dos, judías verdes y patatas uniformes, recién descongeladas. No puede ser. ¿Esto es comida casera?
Cuando termino, veo en una estantería encima de la barra el libro Las mejores recetas de Virginia Occidental. Lo cojo. ¿Cuáles serán esas recetas autóctonas? Abro el libro al azar: “Italian macaroni cheese”. Unas páginas más allá, “judías estofadas”, “puré de patatas”. Le pregunto a la señora si esas son las recetas propias del Estado:
–Sí claro –asevera contrariada – , ¿por qué no iban a serlo?

VAMOS A LA FERIA DEL ESTADO
Al sur de Virginia Occidental, Lewisburg es una de las ciudades importantes del Estado. Buscamos un motel y paramos en el primero que nos parece; todos son iguales, son cadenas nacionales. Entro a preguntar si tienen habitaciones. Sí que tienen, pero el precio es casi el doble de lo que solemos pagar. “Es que estos días se celebra en Lewisburg la feria estatal”, me aclara el recepcionista.
Bueno, probaremos otro, a ver si el precio se ajusta un poco. Tras entrar en tres más estamos por irnos a otra ciudad sin feria. Camino de la autopista, intentamos el último. Una chica joven con el pelo teñido y desgana me atiende. Son 115 dólares. Nada, es demasiado. Insiste en que es la feria; cuando ve que no le doy mucha importancia, rebaja el precio a 100. (No puede ser, está regateando.) Me ve sorprendido y baja a 85 dólares, “pero no puedo pasar de ahí”. Acepto, todo por ver qué hay en la famosa feria. Mientras pago, nos hacemos amigos y le cuento que estamos de visita.
–¿De visita? ¿Por aquí? Si no hay nada –responde.
Vamos pues a la famosa feria, en las afueras de Lewisburg, que no deja de ser un pueblo de casas desperdigadas. Encontramos campos y campos de tierra con miles y miles de coches. Montones de personas en la feria, que de noche sólo es una gran explanada llena de atracciones. Durante el día se montan los típicos rodeos y venden caballos, coches y cachivaches. Pero ahora las familias vienen a cenar a los puestos y a divertirse en los caballitos.
Entre la gente que pasea por la feria, el tipo que puedo promediar es el de una persona gorda, alta, de tez pálida y vestida con descuido. De estas cuatro características, dos destacan. La primera es la obesidad. Dicen que uno de cada cinco norteamericanos es obeso. Aquí la estadística es confirmada por todas las edades. Y lo que es peor: no paran de comer perritos calientes, hamburguesas, pizzas y helados. Quien no quiera comer nada de esto lo tiene crudo: no hay nada más. La cola más larga está sin embargo en los cinnamon rolls –unos pastelillos de canela especialidad local. Los compran no a pares, sino a puñados. Los comen con pasión. Es un espectáculo digno de admirar en esta noche de verano, mientras la gente parece divertirse en paz.

¿Y SI NO HUBIERA NADA? Llevamos ya una semana y no hemos visto nada especial. Hoy estamos en Morehead, en el interior de Kentucky. Morehead es un pueblo como todos los que hemos visto y seguramente veremos. Aunque este tiene una universidad, la Morehead University. El centro urbano consiste en el campus y dos o tres calles más con algún restaurante donde todos los clientes se saludan por el nombre y almuerzan un trozo de carne, puré de patatas y ketchup.
Alrededor del pueblo se extienden casas con un césped impoluto y barrios comerciales que son de lo más parecido a nuestros polígonos industriales, con sus naves: una es una farmacia, otra un banco, otra un videoclub, otra un Burger King. Todas separadas por calles anchas donde los coches se mueven con destreza. Esto es el imperio del coche.
Hay algo relacionado con el coche que habría que ponerlo aparte, en un recuadro, porque es noticia, casi exclusiva: en Estados Unidos conducen bien. ¿Qué significa conducir bien? Significa respetar al otro, no sobrepasar el límite de velocidad, no insultar, no acelerar para ponerse el primero. Es el paraíso de la cordialidad al volante. Siempre que he pedido una explicación para ello los norteamericanos se han escudado en que las multas son enormes y rigurosas. Las multas pueden ser enormes, pero por no ser respetuoso nadie pone multas. Cuando me he encontrado algún español en coche lo primero que me ha dicho ha sido: ¿has visto qué bien circulan?
Estamos pues en el ecuador del viaje y empezamos a temer que no haya nada. El recorrido previsto debe llevarnos hacia el sur, donde hay alguna ciudad más y dos parques nacionales. Hacia al norte, Chicago queda a la misma distancia, pero no formaba parte de nuestros planes. ¿Y si fuéramos a Chicago? Nos han hablado bien de esta ciudad. Estamos convencidos de que lo que viene será más de lo mismo: un paisaje verde pero sin grandes montañas ni llanuras, unas ciudades con su centro de rascacielos y sus inacabables suburbios, unos pueblos inencontrables entre centros comerciales y carreteras, sin ninguna particularidad, sin absolutamente ninguna particularidad.
Optamos al final por no cambiar el recorrido y apostamos por los parques naturales. Hemos venido a ver América y esto es América. Para qué cambiar. Esta noche sin embargo no queremos comer carnes y bocadillos. Tenemos que encontrar como sea fruta y quizá algún yogur. Parecerá una tontería, pero no hay tiendas de verduras ni fruterías en la calle. ¿Dónde venderán todo esto?, ¿lo venderán en algún sitio?
La única opción es probar en un supermercado. Merodeando por las carreteras del lugar, paramos a poner gasolina y entro en la tienda a preguntar por un supermercado. Una chica desganada me atiende. Cuando le pido que me indique el camino le exige a su colega que lo haga él. “Tú eres mejor para las direcciones”, le dice. El chico me ayuda con eficacia y me pregunta de dónde soy. “Spanish”, soy. La chica se me queda mirando como si pensara “Spanish”, qué debe ser. Me ve muy blanquito para ser mexicano. Le aclaro en seguida: “European” y parece ya más segura. Antes de salir les pido a qué hora cierra el supermercado: abre las 24 horas, contestan. Yo me sorprendo y ella se ríe: “Se maravilla porque un supermercado no cierre”. Me acaba de tratar de provinciano.
Vamos al supermercado, el Wal-​Mart, la empresa más importante del país, toda una institución del capitalismo. Ahora son las diez y hay bastante gente. ¿Quién habrá a las tres de la mañana? Encontramos finalmente fruta y algunos yogurts escondidos. Es un supermercado enorme, del tipo de los que hay en las afueras de las ciudades españolas. Con la diferencia de que en este, al fondo, venden armas. Delante mío el vendedor le explica a un cliente las virtudes de un rifle considerable. El cliente observa la mirilla y apunta a lo lejos. Una pareja de jóvenes aguarda tras él. ¿Querrán un revólver? No, sólo compran anzuelos para ir a pescar.

UNOS GRAMOS DE RELIGIÓN
Algunas jornadas después de Morehead nos acercamos a la abadía de Getsemaní, también en Kentucky, donde había vivido el monje y escritor Thomas Merton. Es una abadía blanca situada entre un sinfín de las típicas casas con césped. El edificio no es del estilo cisterciense al que estamos habituados, sino que está adaptado al tiempo y al país. Gente de todas partes acude aquí a reposar. Algunos siguen los oficios y otros se quedan en el jardín, donde ahora una chica hace un mosaico y un hombre toma un whisky mientras escribe.
Un monje que me ve deambular se acerca y se preocupa por si necesito algo. Me pregunta por Merton; sabe que es el atractivo del lugar, parece. Me ofrece también una estampilla con una oración suya y me acerca a ver su tumba: “La última vez que le vi yo era aún muy joven y estaba a punto de ordenarme. Le pregunté si podría venir a la ceremonia pero él lamentó no poder asistir porque se iba de viaje. Quise pedirle entonces su bendición, pero no me atreví. En ese viaje moriría en Bangkok. Cuando llegó el cuerpo, hacía siete días que Merton había fallecido. Es el único monje que está enterrado con la ropa que llevaba”.
A unas tres horas de la abadía está Nashville, ya en el estado de Tennessee. Dice nuestro libro que uno de los elementos clave de esta ciudad es la religión. Nashville es la ciudad con más iglesias por cabeza del país, hay más de 700 y es conocida como el Vaticano protestante por el sinfín de seminarios, escuelas de teología y editoriales religiosas que acoge. Por la calle apenas se aprecia todo esto porque las iglesias son edificios como los demás, como nuestros palacios de congresos, aunque con algún símbolo religioso en la fachada.
Este sábado por la tarde hay mucho revuelo en Nashville, algo pasa. Le pregunto a un joven que vigila un párking: juegan los Tennessee Giants, de fútbol americano. Alrededor del estadio la gente se reúne en bares de música country –con actuaciones en directo– para luego ver el partido. Juegan contra los Buffalo Bills. Es todo un poco folclórico, bastante parecido a nuestro fútbol. Esto del deporte mueve tanta gente en Estados Unidos como en Europa: los accesos a la ciudad están completamente bloqueados. Aunque aquí parece más familiar, familias enteras van al campo.
Antes de continuar el camino, dando una vuelta –aquí nadie va a pie – , en Broadway Avenue, hay algo sorprendente: una “Christian store”, una tienda cristiana. ¿Qué será? Aparcamos y bajamos a ver. Es una tienda multimedia de productos cristianos.
Veo que tienen pegatinas para el coche. Algunas tienen su ingenio: “No conduzcas más rápido de lo que tu ángel de la guarda puede volar”; “Mi jefe es un carpintero judío” (en referencia a Jesús), o la lucha contra las teorías evolucionistas: “Darwin está muerto, Jesús está vivo. ¿A cuál crees con tu alma eterna?”.
Un poco más allá, entre los vídeos, están los dibujos animados del superhéroe Hombre Biblia, que es un empresario que harto de ganar dinero se transformó en héroe para combatir el mal. Hay montones de capítulos. También hay programas de ordenador, como el Membership Plus 7.0 Deluxe for Windows, que está destinado a la administración de las iglesias, donde en la carátula dice: “Adquirido por más de 80.000 iglesias”. Según escriben en la caja de este programa, es la manera más sencilla de organizar el registro de una iglesia: “Incluye MoneyCounts para Windows, un analizador de tendencias, un registro de actos, útiles herramientas de control de asistencia y muchas cosas más”. Y cuesta 300 euros.

CONSUMA ALGO
Al día siguiente llegamos a uno de los esperados parques nacionales, el de las Great Smoky Mountains. Es el más visitado del país porque es el que está mejor situado, en el centro del Este, a un día en coche de la costa. El paisaje no es nada del otro mundo, aunque es de lo mejor que hemos visto. Sin embargo encontramos algo mucho más curioso. Tras el día de paseo forestal vamos a dar una vuelta por los pueblos próximos: Gatlinburg, y los vecinos Pigeon Forge y Sevierville.
En medio de la montaña, cuál es nuestra sorpresa al ver una carretera de ocho carriles repleta de montañas rusas, museos del terror y records Guinness, almacenes de golosinas, minigolfs, un enorme acuario –¡en plena montaña!-, salas de fiesta, hoteles e infinidad de tiendas que venden todo lo imaginable. Parecía una Las Vegas rural. ¿Qué salida tiene un pobre ciudadano ahí enmedio? Sólo puede escoger cuál es la mejor atracción para gastar unos dólares. En nuestro papel de norteamericanos, optamos por el minigolf y unas golosinas.
En el párking del minigolf había un enorme lazo amarillo –como el rojo del sida– con el lema: “Remember our troops” (recuerda nuestras tropas). Este lazo amarillo enganchado en algunos coches y las referencias en los periódicos locales a los soldados destacados de cada condado son todas las referencias a la guerra. El simple hecho de que creen un lazo amarillo para recordar al ejército indica que el interés no es excesivo. Casi nadie habla de la guerra, es una noticia más de actualidad internacional.
Esa misma noche, en el hotel, mirando unos anuncios en la televisión, veo uno donde aparecen unos testimonios que explican sonrientes cómo la empresa Careonecredit ha hecho su vida mucho más ligera y por las noches pueden dormir. No es un medicamento, sino que Careonecredit propone programas dirigidos a personas endeudadas a causa del crédito para ayudarles a alejarse del consumo e ir devolviendo mes a mes el dinero. Como una droga.

UN BALTIMORE VACÍO
Unas jornadas después, acabados parques y pueblos, muy cerca del final, vemos cómo afectan estos desbarajustes del consumo a la vida diaria. Es en Baltimore, ciudad situada entre Washington y Philadelphia, un sábado por la tarde. Aparcamos el coche cerca del puerto. Baltimore tiene un animado frente marítimo, con uno de los mayores acuarios del mundo y un par de centros comerciales. Hierve de gente que pasea descansada bajo el sol. Las terrazas y las tiendas están llenas.
Decidimos luego ir a dar una vuelta por el centro. A 200 metros del puerto, las únicas señales de vida en la calle son las de los párkings que acogen los coches del gentío que pasea ante el mar. Empezamos a ir hacia el centro, donde están las estaciones de autobuses y trenes, o la catedral y las oficinas, y todos desaparecen: no hay nadie. Todo está cerrado, casi no hay tráfico.
Los únicos corros de gente alrededor de algún pequeño centro comercial son negros. Nosotros, como blancos, paseando por aquí no estamos seguramente donde deberíamos estar. Además, sueltos por las calles, apartados de los corrillos, vagabundos a decenas. Ya lo habíamos visto en Philadelphia y Louisville, fuera de las horas de oficina, los centros de las ciudades se los quedan los mendigos.
Cuando abandonamos el centro de Baltimore, en dirección a Washington, empiezan los suburbios. Son de esos lugares que cuando uno cruza en coche piensa que mejor que ahí no se averíe. Casas lúgubres, restaurantes sucios, gente con la mirada ofensiva. Incluso dentro del coche, parados en los semáforos y cayendo la noche, se siente un cierto temor.
Llegamos a Philadelphia tras perdernos varias veces entre puentes, autopistas y suburbios. No era el mejor lugar para perderse. El viaje por el interior toca ya a su fin. Ahora queda Washington, Boston y Nueva York de nuevo, que son otra historia. Como nos habían avisado, efectivamente, en el interior de la Costa Este no hay nada. Lo que sí hay es mucho espacio con poca gente, con una particularidad. El tipo de americano con el que nos hemos topado es extremadamente cordial y apacible. Diría que hasta servicial.
Eso sí, todo es igual en al menos 4.000 kilómetros a la redonda, viven en lugares calcados y de arquitectura simple y resultona. Tampoco hay que extrañarse mucho. Todos presumen de la misma bandera en el jardín.

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