Qué economía tenemos

Conversación con Pere Escorsa, Jordi Goula y Oriol Amat
Lorenzo Gomis: El tema general de esta conversación es qué hemos de saber de economía. Se supone que el crecimiento económico existe, que la economía va siempre más o menos al alza, pero una empresa puede caer tranquilamente un 10 o un 20 por ciento y parece que no alarme a nadie, como si fuera un mundo diferente del crecimiento económico.
Pere Escorsa: Hoy se informa mucho de economía, pero quizá no se explica bastante. La economía tiene sus leyes y exige unos conocimientos que un lector de diario puede no tener. Dicho esto, una de las primeras cosas que se tendría que saber es que la economía se mueve por ciclos, que no tiene un crecimiento regular constante que dejaría a todos tranquilos. Así, después de una época de euforia viene una caída, la crisis, vuelve la recuperación y otra caída de nuevo.
L. Gomis: ¿Y alguna vez un jefe de gobierno ha dicho que viene la bajada del ciclo o que el año siguiente sería malo?
Jordi Goula: Por definición un jefe de gobierno o un ministro de economía no pueden decirlo. Ningún político podrá decir nunca algo así. Por una razón muy sencilla. Porque la economía es la suma de las decisiones que tomamos cada uno de nosotros. Es decir, si todos fuéramos tan cuidadosos de tomar decisiones alternativamente, por ejemplo si uno compra un coche ahora, el otro el año que viene y el otro al próximo, entonces habría una tendencia clara y el crecimiento sería constante. Pero las cosas no funcionan así. Funcionan de otro modo: en un momento dado tenemos trabajo, tenemos ganas, mi cuñado y mi primo se han comprado el coche y resulta que todos nos compramos el coche entonces. Esto provoca una euforia y las fábricas de coches amplían su capacidad de producción. Hasta que todos nos hemos comprado el coche, nos hemos endeudado porque lo hemos comprado a plazos, y nos planteamos estar un tiempo sin comprar otro. La fábrica de coches se encuentra entonces con una producción que no puede sacarse de encima. Aquí comienza la etapa de descenso, donde se despide a gente, que pasa a tener menos poder adquisitivo. Al final, en cambio, parece que se pueden exportar los coches a otros países y vuelve a recuperarse la fábrica. Esta es la explicación del ciclo económico. Funcionamos sincopadamente porque estamos sometidos a la publicidad, al mimetismo del entorno.
Jordi Pérez: ¿Y los políticos o economistas no pueden preverlas o anunciarlas?
J. Goula: Más o menos se pueden ver venir. A principios de 2000, cuando ya llevábamos muchos años creciendo, que la gente había comprado a base de pedir créditos, el endeudamiento de las familias había aumentado, la bolsa estaba a unos niveles sin sentido, entonces nadie podía decir oficialmente que nos íbamos a estrellar, pero nos íbamos a estrellar. Un poco se puede intuir. Por ejemplo, se ve que ahora estamos en unos momentos flojos y nos esperan unos meses complicados, diga lo que diga el ministro.
L. Gomis: Pero a quien tiene unas acciones le dicen que ahora que está bajando es el momento de comprar, así que no se sabe nunca cuál es el momento de vender.
P. Escorsa: Hay una fórmula que parece que funciona. Yo la practiqué hace unos años. Cuando por ejemplo en agosto en la playa todo el mundo dice que esto de la bolsa es fantástico, que mira cómo sube: entonces es el momento de vender. La bolsa ha llegado ahí a su punto máximo.
Oriol Amat: En economía hay pocas verdades absolutas. Hay una frase de Galbraith que dice: ‘Hay dos tipos de economistas: los que no tenemos ni idea, y los que no saben ni eso’. La economía es compleja, hay pues pocas verdades. Una de ellas es la de los ciclos. Hace unos años estudié los ciclos del último siglo, y la mayoría de ciclos completos, la subida más la bajada, tiene entre ocho y catorce años.
P. Escorsa: Pero yo había estudiado a un tal Kondratieff que decía que los había de hasta 40 años. O. Amat: Sí, pero la verdad es que existen. Otra verdad establecida es que por un lado va la economía y por otro las acciones de una empresa. Una cosa es la macroeconomía –la economía de un país, del mundo– y otra la de una empresa. En la macro, los ciclos son verdades absolutas, aunque hace poco, con esto de la nueva economía, alguien autorizado dijo que los ciclos se habían acabado y que la economía ya tenía sus medicinas para mantenerse en crecimiento.
P. Escorsa: Eso siempre hay alguien que lo dice.
O. Amat: Sí, pero siempre, desde que hay datos económicos, los ciclos han existido. Una tercera verdad en economía consiste en algo que aumenta la velocidad de las subidas y las bajadas, que es el estado de ánimo de la gente. Es decir, cuando ‘España va bien’ y lo vamos oyendo ‘España va bien, España va bien’, la gente se dice que es el momento de cambiar de coche. Así que el estado de ánimo acelera la subida del ciclo más allá de lo que sería deseable. Y cuando viene la bajada –ahora estamos en plena bajada– lo que suele pasar es que se exagera el pesimismo, con lo que la economía baja más de lo normal. Pero hagamos previsiones, dicen que los economistas servimos para hacer predicciones del pasado. Vamos a ver, ahora se producen más despidos que el año pasado, así que parece lógico que los despedidos limiten sus gastos. Pero además todos lo leemos en el periódico: hay despidos. Y es eso de ‘cuando veas las barbas del vecino pelar…’ Así que no me extrañaría que la economía siga bajando. Hasta que oigamos durante bastante tiempo que esto no puede ir peor. De momento el consumo no se ha resentido, así que todavía queda un poco de recesión, un año, año y medio, hasta que el consumo se vea perjudicado.
P. Escorsa: Yo quisiera añadir en esto de los ciclos un tema que me interesa mucho: las innovaciones tecnológicas. Esto es muy de Joseph Schumpeter. La expansión de los años Clinton se explica porque había algo nuevo, que era el fenómeno de telecomunicaciones e internet, que prometía mucho y creaba expectativas. Pero tocó techo y la burbuja reventó. Y probablemente coincidirá la recuperación con una nueva ola de innovaciones, que todavía no se sabe muy bien qué será. De momento los Estados Unidos intentan cubrirlo con armamento, como la solución no está muy clara, de momento fabrican armas. Pero quizá saldrá, qué sé yo, la nanotecnología o la biotecnología, que iniciarán otro ciclo ascendente.

LOS PEQUEÑOS INVERSORES
L. Gomis: Se habla mucho del inversor, pero ¿quién es?
J. Goula: Es un recurso semántico: ‘El inversor tiene miedo…’, etc. Pero esta persona no existe, es la suma de todos los que tienen el dinero puesto en bolsa.
O. Amat: En la bolsa española se habla de unos diez millones de personas que tienen acciones. Sólo el Banco de Santander tiene un millón y pico de accionistas. Telefónica aún tiene más.
J. Goula: Aprovecho que sale el tema de los pequeños inversores para comentarlo. Es algo que me tiene muy preocupado. En los últimos años se ha producido un gran cambio en la relación entre mundo financiero y mundo real. Hasta hace poco era tal como habéis dicho: la bolsa anticipa lo que sucederá en la economía. Pero, ¿qué ha pasado ahora? De unos años para acá se ha producido un fenómeno de capitalismo popular. En este país este fenómeno se ha dado tras las privatizaciones. Se ha hecho publicidad y mucha gente que no tenía el dinero en la bolsa, lo ha puesto. Y como consecuencia se ha invertido la relación de lo que hasta ahora era normal, algo que me preocupa bastante. Hasta ahora la regla era la siguiente: la economía va bien, las empresas van bien, y si todo va bien es más probable que alguien esté dispuesto a entrar en estas empresas y haga subir su cotización. Este es el mecanismo de la bolsa. Si en cambio veo lo contrario, vendo mis acciones y hago bajar la cotización. Pero ahora se produce un fenómeno distinto al tradicional. Ahora coloco unos ahorros en la bolsa, y veo que si coloqué, como pasó en el 98, dos millones de pesetas y al cabo de poco tiempo paso a tener cinco o seis –teóricos, de lo que marca la cotización – , me siento más rico y empiezo a gastar en función de eso.
J. Pérez: ¿Antes de sacarlos?
J. Goula: Sí, se pide un crédito y se gasta de ahí. Esto es un error terrible y es algo que ha hecho mucha gente. Nunca puedes contar con el dinero que tienes en bolsa, de un día para otro puedes perderlo. Y hoy vemos el fenómeno inverso al del 9899: gente que ha perdido una parte de su patrimonio en la bolsa, en estos momentos se siente menos rica y eso le hace tener miedo. Así que ahora la bolsa puede acelerar que la economía vaya peor, porque frena el consumo. Esto antes no pasaba porque la gente que había en bolsa eran muy pocos. A medida que más gente tiene el dinero en bolsa, la relación entre economía y bolsa es cada vez mayor. Esto provoca que se haya llegado a unas cotizaciones estratosféricas y puede hacer también que se caiga en un pozo sin fondo.
J. Pérez: ¿Estamos hablando de un fenómeno mundial?
J. Goula: Sí, sí. Y en España las familias que están en bolsa son cerca del 50 por ciento, pero en Estados Unidos son muchas más. A este fenómeno ha ayudado mucho la posibilidad de la inversión colectiva: los fondos de inversión. No hace falta que nadie sepa de bolsa, un administrador reúne dinero de varias personas y lo mueve. Y cuando va mal, la gente que lee que en ese año han perdido un 25 o un 30 por ciento de lo que tenían, dejan lo que debían comprar para el año siguiente.
L. Gomis: Esto significa también que la relación entre el inversor y la empresa también ha desaparecido. Porque invertir en un fondo de inversión es hacerlo a ciegas, no hay una relación directa con la empresa.
O. Amat: Es como hacer una quiniela.
J. Goula: En teoría el inversor racional se fija en los beneficios de una empresa. Si una empresa tiene un beneficio de cinco céntimos por acción, uno puede estar dispuesto a pagar 25 o 30 por acción, que es la relación entre la cotización y el beneficio, que se llama PER (Price Earnings Ratio). Y lo que ha pasado es que este PER, que lo normal en los últimos 30 o 40 años ha sido del 15 o del 16, en 2000 llegó a estar a más de 40. Esto significa que por cada céntimo de beneficios pago 40, que es algo que no puede ser. Y ahora, como bajan los beneficios y las cotizaciones, los PER han vuelto a un nivel más normal, pero todavía están altos. Este es el factor que mueve al inversor racional. Pero hoy todo esto funciona más de manera psicológica: cuando todos compran, compro; cuando todos venden, vendo. Algo que va en contra de los manuales, que dicen que debes comprar a la baja y vender al alza. Pero lo hacemos al revés. ¿Por qué? Porque cuando sube queremos ganar dinero como lo hace el vecino o el cuñado, y cuando baja nos asustamos y vendemos. Así que en la bolsa se da este segundo precio, que no sabemos nunca cuál es y que depende de este factor psicológico. ¿Cuál es el momento de volver a entrar? Nadie lo sabe. Hay un valor sintomático: Terra. Salió a 11 euros, y en poco tiempo se puso a 140 –hubo quien multiplicó por diez u once su inversión en un año– y de 140 cayó a 5. Las pérdidas son ilimitadas, ahora nunca se sabe cuál es el momento de entrar.

LA CORIZACIÓN DE LAS EMPRESAS
P. Escorsa: Yo quería hablar de otro aspecto, que todavía no hemos tocado, que es la relación de las empresas con la bolsa. Antes las empresas se preocupaban por los beneficios y luchaban por ellos. Ahora también, pero las empresas están con un ojo puesto en la cotización en la bolsa de sus acciones, lo que distorsiona su comportamiento. ¿Por qué están tan pendientes de su cotización? Porque hay muchos temas relacionados con ella: las stock options, la retribución de los accionistas, el obtener financiación. Esto hace que se tomen decisiones enfocadas sobre todo a dar señales de salud de la empresa. A veces llegan por ejemplo a despedir gente para dar señales de vitalidad.
L. Gomis: Y lo dan como una buena noticia.
P. Escorsa: Sí, y la cotización sube. Esta nueva relación bolsa-​economía me parece una novedad. Antes una empresa despedía gente y era una mala noticia. Pero ahora se da como buena porque se ve como una muestra de decisión. Y la verdad es que la cotización sube. Ahora bien, a la larga, estas señales, si la empresa no tiene beneficios incluso comprando acciones propias en el mercado, no sirven para nada.
J. Goula: Creo que eres demasiado bondadoso diciendo que esta actitud es nueva, yo diría que es perversa. Es absolutamente perversa, y explicaré por qué. La bolsa a medida que se ha ido popularizando también se ha ido profesionalizando, cada vez hay más gente que vive de ella: los bancos de inversión, los analistas, los gestores. Así se ha impuesto un sistema perverso en sí mismo: la trimestralización de los resultados de las empresas. Antes las empresas daban explicaciones a la junta de accionistas una vez al año. En el momento que entras en bolsa, los analistas y bancos de inversión te obligan a que mejores tus beneficios cada trimestre. Lo que por mero sentido común es absolutamente imposible. Hace unos años cuando hablabas con empresarios te decían que a la bolsa no le prestaban demasiada importancia y que sólo la utilizaban por si necesitaban dinero y querían hacer una ampliación de capital. Hoy ya no es así.
L. Gomis: ¿Por qué?
J. Goula: Por varios motivos. Porque la remuneración de muchos directivos de la empresa va en función de la evolución de la cotización de la bolsa. Por tanto esta gente son los primeros interesados en que la cotización funcione. Lo que no tiene ningún sentido, porque lo importante de una empresa es hacerla sostenible, que tengamos empresa para muchos años, no que funcione durante tres meses. Ahora, en cambio, si uno tiene stock options a un año vista, ya se espabilará para que en esos cuatro trimestres la empresa funcione. Muchos de los escándalos que ha habido en Estados Unidos últimamente se deben a esta gestión a corto plazo. Una empresa por definición funciona a largo plazo, no da rendimiento en dos meses. El problema es cómo buscar el equilibrio entre este largo plazo que necesita la gestión correcta de la empresa con el corto plazo que te exige beneficios cada trimestre. Esto es lo que ha acabado de enloquecer la bolsa y la economía. En Estados Unidos ya se han tomado algunas medidas para separar ambos plazos, pero aún nada muy en firme. Porque lo más fácil que puedo hacer si quiero beneficios a corto plazo es echar gente a la calle, el personal es el coste más fácil de reducir. O aplicar trucos contables. Y entonces sucede algo de lo que aquí no hemos hablado. Cuando en noviembre de 2001 estalla el caso Enron, mucha gente pierde confianza en las empresas, en las memorias, en las cifras, y así no se puede seguir. Porque el mundo financiero se basa puramente en la confianza. El otro día di una charla a unos auditores, aparentes culpables de los engaños de Enron. Les tranquilicé porque les dije que la culpa de todo lo que había pasado no era sólo suya. Les demostré que hasta diez colectivos diferentes tenían su responsabilidad en lo que estaba pasando. Desde el presidente de la compañía que permite según qué cosas hasta el inversor final que funciona sólo con la idea de enriquecerse a un día vista, y que no quiere oír lo que le dicen. Así, si el inversor no cree en lo que le dice aquel presidente de empresa, no quiere saber nada de él. Por tanto la situación que vivimos es perversa y deberá ser corregida en poco tiempo.
P. Escorsa: Nosotros estábamos acostumbrados a empresarios muy trabajadores, que creaban la empresa para que fuera creciendo a lo largo de su vida. Pero en estos momentos de euforia surgen empresarios especuladores cuya ambición no es crear puestos de trabajo, ni crecer en el largo plazo, sino crear empresas para que coticen rápidamente y entonces venderlas para hacerse ricos. Esto no es exactamente el espíritu tradicional de la economía real.
O. Amat: Imaginad que los políticos tuvieran elecciones cada tres meses. ¿Cómo iría un país? En los países, como en las empresas, muchas decisiones son a largo plazo. Ahora pensad en un país que sube las pensiones cada tres meses, se tomarían medidas de tipo demagógico. Y esto es lo que está pasando en Estados Unidos. En España en menor medida. En España cotizan en bolsa unas 500 empresas, mientras que hay unos dos millones de licencias fiscales en todo el país. Ahora bien, empresas que cuenten un poco, no llegan a las 300.000. De éstas, hay unas 500 que cotizan y que representan una parte importante de la economía, y que viven de esto del trimestre. Hay empresas, como Gas Natural, que tienen en su sede central un termómetro con la cotización. El presidente de Coca-​Cola hace unos años hizo poner en la sede de la empresa en Atlanta la cotización. Y decía que lo hacía porque quería que los empleados cuando entraran por la mañana vieran la cotización y cuando salieran por la tarde vieran si habían producido o no. Esto no tiene ningún sentido. Lo que pasa en bolsa no tiene nada que ver con el día a día de la empresa. Hay casos extremos. Por ejemplo, una empresa que sale a bolsa y luego desaparece. Se dio un caso en Estados Unidos. Un multimillonario que luego se presentó a las elecciones, Ross Perot, tenía una compañía del sector informático. En plena burbuja de internet, Perot convocó una rueda de prensa y les dijo a los periodistas que su empresa comenzaría a entrar en el sector de internet. Al día siguiente sus acciones se dispararon. Entonces el hombre cogió y se vendió todas las acciones. Al cabo de meses alguien preguntó si aquella empresa no tenía que haber entrado en internet. Y Perot dijo: ‘Sí, yo tenía esta idea, pero como subió tanto me lo vendí todo. Yo lo pensaba hacer, pero claro, ahora ya no soy accionista’.

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