Ermanno Olmi: «Lo más terrible de la guerra es la pérdida de un rostro»

Teresa Bustelo
Periodista
El oficio de las armas es una historia renacentista sobre la guerra. Como otras películas de Olmi no ha llegado a España. Esperemos que pronto podamos ver también aquí sus películas.
–¿Por qué una película sobre la guerra?
He querido hacer esta película para mostrar el malestar de la guerra. Antes, cuando se combatía cuerpo a cuerpo, se estaba obligado a mirar a la cara del enemigo, a descubrir que era un hombre como nosotros. Con la pólvora y las armas de fuego, esta chispa de humanidad desapareció y se empezó a disparar sin sentir nada porque ya no se veía la cara del otro. A Joanni delle Bande Nere lo mata una bala de cañón, un enemigo sin rostro. Esto es lo más terrible de la guerra: la pérdida de un rostro.
–No se considera pacifista, pero ha realizado una apología contra la guerra cantando al mismo tiempo la figura de un combatiente que había oscurecido las armaduras de su tropa para poder atacar por sorpresa durante la noche. ¿Cómo se combina la guerra y su bajeza con los personajes heroicos?
En los campos de batalla a veces hay momentos de gran heroísmo y sobre estos momentos se especula bajamente: a veces las figuras heroicas terminan involuntariamente ennobleciendo una actividad obscena como la guerra, que no es solo la que se desenvuelve en el campo de batalla, donde los protagonistas encuentran la compasión o la admiración de los que no participan en la contienda. Detrás hay otra guerra, la emprendida por los poderosos, la de la estupidez humana de los potentes que desgraciadamente no da, a quien la practica, la conciencia de la propia estupidez, más aún sigue fomentando la ilusión, en quienes la ‘gestionan’, de que gracias a la guerra cambian el mundo. Por otra parte, la deslealtad y la traición son características de quienes piensan sólo en el propio interés sin avergonzarse. Es algo que sucede en los momentos en que la ética sucumbe ante el miedo y los abusos.
–En su película describe con rigor la vida, la pasión por el lujo de las cortes renacentistas italianas. Huye sin embargo de la grandiosidad a la hora de representar las acciones militares. No hay nada espectacular en su forma de narrar la guerra, ni despliegues de tropas, ni enfrentamientos en primer plano. Un invierno gélido y silencioso sirve de escenario al paso del ejército alemán y a la milicia de Joanni, un paso al que asisten los campesinos de las orillas del Po con estupor y aprensión. ¿Por qué esa elección de no dar una dimensión épica al campo de batalla? ¿Es una decisión solamente estética –los paisajes nevados de la película recuerdan los cuadros de Brueghel– o también moral?
Si te decantas por una opción puramente épica terminas por apasionarte al espectáculo, como en tantas obras que partiendo de la idea de condenar la guerra, terminan paradójicamente por exaltarla.
–De ahí se explica el título de su película, “oficio” de las armas y no “arte”.
El arte de las armas es un concepto aristocrático, se ignora la dimensión dramática del conflicto, sus repercusiones sobre las personas que se implican en la lucha, y se revisten de importancia en cambio otros aspectos, que pertenecen a la especulación intelectual. La guerra se transforma en “justa”, en “torneo”, en un acontecimiento lúdico, no se llama guerra sino estrategia bélica, y pasa a ser una medida del talento, de la agudeza de los que planean la contienda. Definir la guerra como un arte presupone el olvido de que es algo obsceno, trágico, una lucha real, un cuerpo a cuerpo que deja cicatrices y mutilaciones, que determina un cambio en la vida de los que en ella se ven implicados. Definir la guerra como arte es atribuirle una dimensión, por decirlo así, virtual, transformar en modelo, en maqueta, un escenario donde las piezas que mueven los príncipes y los poderosos son seres humanos con una historia tras cada uno de ellos, no un ejército de miniaturas.
–Y “oficio” tiene en cambio otras connotaciones.
Sí. El oficio es un concepto muy distinto. Es un medio de vida. Los soldados van al combate por la “soldada”. Es su trabajo y tienen que hacerlo bien, les va la vida en ello. Su cuerpo, su astucia, su fuerza, son sus herramientas. Para ellos la guerra es algo físico, tocan el cuerpo del enemigo, sienten, porque son ellos quienes la empuñan, cómo se abre la carne cuando la espada la desgarra. El oficio niega la concepción abstracta, especulativa de la guerra.
–Rodada en 2000, nada hacía pensar que la historia de Joanni, tan lejana en el tiempo, hiciera reflexionar sobre una guerra contemporánea. ¿Ve alguna relación entre una guerra tan lejana en el tiempo y los sucesos acaecidos después del 11 de septiembre?
El 11 de septiembre ha sido para Occidente un amargo e imprevisto despertar. Antes, la guerra daba siempre vueltas por el mundo sin pararse nunca, pero esta vez se coló en casa.
–¿Su película se ha convertido así inesperadamente en una metáfora lejana de las guerras actuales?
Todas las guerras se parecen, cambia la tecnología, la modalidad, pero la razón de la semejanza es que los motivos por los que se llega a ellas siempre son los mismos. Intereses no solo económicos que nacen de la presunción de ser mejores, de enseñar a los demás cómo estar en el mundo. Quizás el poder se extienda ahora también a la ciencia, a la medicina, a la física, que no reparan en la repercusión o las consecuencias concretas de sus experimentos. Los científicos se entusiasman con fórmulas, al igual que los príncipes renacentistas se entusiasmaban con las máquinas de guerra, dejando de lado el objeto final de su búsqueda. Los generales han dirigido siempre desde lejos las grandes batallas que jalonan la historia de la humanidad anulando la diferencia entre esa guerra en perspectiva y los desastres del campo de batalla. Para muchos hoy Bin Laden es un héroe… Un millonario que dispone de la vida y la muerte de jóvenes soldados ¡qué contrasentido! Un hombre que desde su refugio dirige los pasos de hombres que caminan ateridos pisando el hielo. Creo que será muy difícil capturarle y no porque sea más hábil, más importante, o más valeroso que los estudiantes talibanes: pertenece solamente a la clase que ostenta el poder. Los tratados para la restitución de los generales, de los coroneles han sido siempre muy distintos de la prisión de los soldados. Entre los ricos, entre los que cuentan con otros medios, se termina siempre por llegar a un acuerdo, lo más incruento posible. Es una solidaridad de clase.
–En cada escena de su película hay niños. Espectadores atemorizados o maravillados de los avatares de los adultos, siempre en silencio, casi olvidados al margen de las intrigas y los quehaceres. Incluso cierra el filme con un extraordinario plano de las lágrimas de Joanni que recuerda la mirada entre curiosa y asustada de su hijo antes de su partida. ¿Por qué ese papel de espectadores para los niños?
Sigo pensando que una de los títulos más hermosos del cine es uno de Vittorio De Sica, I bambini ci guardano (Los niños nos miran). Creo que hay pocas cosas más duras que la mirada de un niño. No hay escapatoria, te sientes escudriñado en lo más profundo. No sé racionalmente por qué elegí terminar así El oficio de las armas, es también un misterio para mí. Sé que los niños inquietan: nos recuerdan siempre cómo hemos sido, nos recuerdan lo que hemos ido perdiendo: el estupor, la maravilla, el carácter gratuito de las cosas. No les interesa el triunfo. Además, en el caso de un guerrero como Joanni, qué tremendo debía ser soportar la interrogación de esa mirada: ¿dónde has estado, qué has hecho?
–¿Tiene algo que ver esta visión con la incredulidad ante los hechos que tuvo que ver en la posguerra durante su niñez?
Sí, he pensado también en mi adolescencia, que pasé entre la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. Mi padre murió, nos quedamos sin casa. Los niños en la calle, yo uno de ellos, buscábamos un trozo de pan y no sólo pan. Queríamos jugar, los niños siempre quieren jugar, hasta la guerra es para ellos un juego. Ahora nos escandalizamos por los niños soldados de los países del tercer mundo, como si fueran algo ajeno a Occidente y hace sólo cincuenta años éramos iguales: los niños soldados de Saló, las juventudes hitlerianas. Los niños conciben la guerra como un juego, esta es la atrocidad, quienes los alistan lo saben. Para un niño las armas son una ocasión más de entretenimiento, las escaramuzas un juego al escondite, de la muerte se puede volver.
–Una de las escenas de El oficio de las armas que más ha hecho discutir es la quema de un crucifijo de madera por parte de los soldados de Joanni, que entrando en una iglesia abandonada descubren la imagen a la que llaman por su tosquedad “el Cristo de los pobretones” y, ateridos de frío, quieren echarla al fuego. Joanni delle Bande Nere los ahorcará de un árbol y dejará sus cadáveres expuestos.
Es un conflicto de mentalidades que sigue vigente: la diferencia entre el carácter sacro de la supervivencia y el carácter sacro del valor religioso en abstracto. Joanni es un hombre culto y a su manera religioso, un pensador para el que la imagen, el “icono”, es una representación de Cristo a la que se debe piedad y respeto. Quemarla para él es profanarla, un ultraje a lo divino y una blasfemia que su código de conducta religioso, ético y caballeresco no admite. De ahí que castigue con tanta severidad a sus hombres que para él llevan a cabo una acción inconcebible que ninguna circunstancia puede justificar. Sin embargo, los soldados aún sin saberlo, defienden el carácter sacro de la existencia, el valor concreto de la vida. Es verdad que Joanni comparte con ellos los rigores del invierno, los peligros de las emboscadas, la fatiga de la lucha, pero también es verdad que Joanni duerme en una tienda amplia, que tiene quien le prepara un caldo caliente, quien le quita la armadura, mantas. La tropa que arrasa la capilla y convierte el crucifijo –”Cristo de los pobretones”, como lo llaman– en leña para calentarse, no lo hace por escarnio, ni por burla. Están más expuestos a la intemperie, al frío y al hambre que su capitán y de seguro que nadie les manda pétalos de rosa para perfumar sus sábanas –como hace en cambio con tanto amor la esposa de Joanni. Yo creo que Cristo aprobaría su comportamiento, que les diría: “Si gracias a esta imagen mía de madera no os vais a morir de frío, echadme al fuego: ¡ya hay tantas imágenes en las Iglesias!”
–Pero la lectura de El oficio de las armas no se limita sólo a las múltiples implicaciones de la guerra. Olmi convierte los seis últimos días de vida de Joanni delle Bande Nere en un viaje existencial “por el amor, el destino y la muerte”. Su oficio es el oficio de vivir, entre los dos fuegos del destino y la misión, con la muerte en perspectiva.
Me gusta mucho la figura histórica de Joanni, de quien se ha exaltado siempre el coraje y la destreza. Yo creo, que a medida que crece adquiere otros valores: la responsabilidad, con sus hombres y con su familia, la humildad (muere en unas parihuelas como un soldado), porque con la muerte no se puede ser arrogante. Ningún líder político o económico vive hoy en día en medio de la gente. Joanni, que era un aristócrata y también un soldado, compartía su existencia con sus hombres y no se substraía nunca a la batalla. No creo que haya hoy en día ninguna persona que comparta la vida de aquellos a quienes impone su ideología, quizás sólo los voluntarios eligen vivir la misma vida a la que adhieren también emotiva e intelectualmente. Entre los fines posibles de un líder está también el del sacrificio personal y último por sus ideas; es una larga línea que va desde Cristo a Gandhi. También Joanni de Médicis muere defendiendo sus principios y su concepción del mundo.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad