Los pensamientos arrojadizos de Fernando Aramburu

Fernando Aramburu
Escritor
Va para varios años que tengo el vicio de los pensamientos arrojadizos. A falta de nombre más adecuado, admito para ellos la denominación convencional de aforismos. Antes los llamaba máximas, un poco por lástima de los vocablos que se van agostando; pero me dijeron que éste en concreto despide no sé qué tufo rancio a enseñanza moral y, por no malquistarme con nadie, aún menos conmigo mismo, lo deseché.
A mí, por lo regular, los aforismos me vienen, se me encienden, se me producen sin necesidad de salir al campo en su busca. Acostumbro a anotarlos en trozos de papel que llevo, a veces durante largo tiempo, en los bolsillos de mi atuendo. Esto me ha permitido confirmar que el peor enemigo de los aforismos es la lavadora. Yo, lo confieso, con los aforismos me vuelvo niño. Se me figuran regalos del intelecto que uno recibe de improviso, como si se hubieran concebido a sí mismos sin la intervención del dichoso destinatario que juega con ellos y los manosea hasta darles su forma definitiva.
No precisan los aforismos de un discurso para sustentarse, aunque muchos de ellos llegan alentados por el propósito de cuestionar este o el otro corolario. Prosperan con estrategia de parásitos a expensas de lo que se ha afirmado por ahí.
El aforismo, que es un pensamiento con punta, pincha y rasguña en el pellejo de opiniones y creencias. No respeta generalidades ni dogmas. No tiene piedad con la soberbia humana. Su tamaño reducido le permite maniobrar sin apenas exponerse. Para cuando la lenta y pesada argumentación se da la vuelta dispuesta a refutar, el aforismo, consumada la travesura, hace rato que se ha puesto a buen recaudo en lugar donde no le alcanza el peligro. Los aforismos son filosofía a traición.
La punta y la puntería son lo esencial del aforismo. Su éxito, apenas un lance episódico en el torbellino universal de la cultura, reposa en un arte de la agudeza y el ingenio, que es la mezcla de la que se suele derivar la malicia. A menudo urden la paradoja. A menudo les basta hurgar en una llaga o sembrar el camino de dudas como tachuelas. Vedlos subirse a las barbas de los retóricos, entrar como carcoma en los rígidos principios de las doctrinas, mofarse de todo y de sí mismos. No es su finalidad la certidumbre, sino el ser certeros, como sostuvo en su día José Bergamín, autor de aforismos memorables. Sólo Perogrullo posee la fuerza de aplacarlos.
Yo, de crío, tiraba piedras como de adulto tiro aforismos, no más que por el deleite de atinarle a un blanco.



DE PEQUEÑA MAGNITUD
Uno que se sabe tonto, ¿es tonto? Uno que no se sabe desdichado, ¿lo es realmente? Y estas conjeturas, ¿no serán un intento subrepticio de dármelas de listo o, aún peor, de afortunado? Tendré que vigilarme.
El tiempo, ¿qué otra cosa puede ser sino la cuenta atrás de algo? Si el tiempo es infinito, no existe.
La vida, mientras dura, es eterna.
La inexistencia del más allá comporta un serio inconveniente: ¿a quién pediremos el libro de reclamaciones?
Desde los albores de la humanidad, a la mayoría de los que componen versos se les puede clasificar en dos escuelas: la de los que expresan tonterías aliñadas con solemnidad y la de los que las expresan sin tapujos.
Cuando la culpa, la sensación de pecado, los remordimientos nos impiden reposar, no existe antídoto más efectivo que sumarse a algún tipo de delirio colectivo; ocultarse en la muchedumbre; cantar, por ejemplo, a coro el himno nacional vigente en la zona.
A mi edad no es poca cosa haber conservado al menos una fe. Aún creo firmemente en la complejidad del mundo. De otro modo carecería del estímulo sin el cual no pasa de ser una operación de cálculo, interesada y frívola, el ejercicio de la imaginación en público.
Cualquiera que sea la función social de la literatura, ¿cómo convencerse de que perdurará más allá del último loco?
Cada vez que sufro, ¿a quién tengo que dar la enhorabuena?
Una ventaja, aún más, un privilegio de ejercer la crítica de libros en público es, a diferencia de lo que ocurre de ordinario en la mayoría de las profesiones conocidas, que aunque uno se convirtiera de la noche a la mañana en un mosquito podría proseguir como si tal cosa la tarea.
Yo también sería más severo si me dejaran.
Unas leccionesde astronomía deberían formar parte de cualquier terapia encaminada a curarse de la arrogancia.
Quien crea en la validez invariable de sus propias palabras incurrirá, lo quiera o no, en la prédica tan pronto como abra el pico.
Reuniendo indicios de aquí y allá, uno llega a la conclusión de que toda obra de arte surge en gran medida como resultado de haber sabido administrar la soledad.
Una bandera representativa del mundo entero, de todos los seres humanos sin excepción, no tendría el menor sentido. ¿Contra quién la íbamos a enarbolar?
Lo quiera o no, todo ser humano lleva consigo de por vida un espectáculo: su cara.
El desprecio a la muerte está mucho menos extendido entre los hombres que entre las burbujas del champán. Que no nos vengan luego con la cantilena del heroísmo.
Para construir una red ferroviaria o para tender un puente de varios kilómetros entre los extremos de una bahía hace falta gran cantidad de mano de obra. En cambio, para hacer un infierno bastan un hombre y una mujer.
Hoy día resulta más fácil y menos enojoso vivir sin la creencia en Dios que sin la creencia en los buenos olores.
De todos los deleites que me ha sido dado conocer hasta la fecha, hay dos, la literatura y la música, que no participan en grado alguno de la humedad. Quizá por ello sean también los más perdurables. Quizá sean, en el fondo, la misma cosa.
Abundan en nuestra época los autores que presumen de escribir con sencillez, como si en realidad les hubiese quedado otra opción.
El caos absoluto, si existiera, representaría por fuerza una variante de la armonía, de las más estrictas por cierto. ¡La que iba a armar en tal situación quien se atreviera a cambiar una pieza de sitio!
La salud consiste en alguna enfermedad que está al caer.
Poco importa estar equivocado con tal que nuestras opiniones den en la diana.
Los hechos, ¿qué pueden ser sino las cosas cuando cambian de sitio?
Yo suelo ir conmigo, pero si me pongo enfermo voy solo.
Tranquilos, que al tiempo también le llegará su tiempo.
Cuidado con la admiración. En la mayoría de los casos sólo enseña a copiar.
Si los muertos pudieran leer, yo no me molestaría en llegar a viejo.
Las bombas atómicas, ¿perderían su mala reputación si se vendieran en los supermercados?
Allá donde ondean en abundancia banderas idénticas no andan lejos los sometidos y los esclavos.
Ser malvado no exime a nadie de ser ridículo.
Un artista debe viajar a toda costa, aunque sea sin salir de su casa.
Todo es opinable. Yo mismo, sin ir más lejos, estoy a favor de la Luna.
Me da que hay que estar dominado por la mala fe para asignarle a una fruta por demás deliciosa el infortunado nombre de melocotón. Está visto que en ocasiones el lenguaje es el peor enemigo de la poesía.
Ni en las escrituras sagradas ni en los discursos de los sacerdotes he hallado hasta la fecha noticia alguna acerca del castigo que me corresponderá el día que Dios me cuente un chiste y yo no me ría.
Los parásitos que se afanan por vivir a costa del hombre son de muy diversa índole. Podríamos mencionar, entre otros, los piojos, las ladillas, los biógrafos…
Cuídate de los efectos paralizantes de la bondad.
Al parecer, Dios existe más en unas épocas que en otras.
La gramática civiliza.

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