La novedad

Hace poco el partido comunista chino celebró su decimosexto congreso. China está cambiando, lo nuevo apetece. Y el presidente saliente Jiang Zemin pronunció 343 veces la palabra “innovador”. El diario Guangming Ribao de Pekín dice en su crónica que esto fue en sí mismo una “novedad”.
Pero no sólo en China estamos de buena nueva. En democracias más avanzadas también. En otoño el primer ministro francés Jean-​Pierre Raffarin presentó ante la Asamblea Nacional su proyecto de política general. Y le dio un tono “nuevo”. A lo largo de la V República francesa, es curioso ver cómo la palabra que más ha ocupado a los primeros ministros en estos discursos ha sido “nuevo” y sus derivados. ¿Qué sería de un primer ministro si dijera que viene a consolidar el trabajo del anterior gobierno, o no exigiera a sus conciudadanos que creyeran que una gran Francia empezaba aquel día? Por ello, Chaban-​Delmas clamó en 1969 por una “nueva sociedad”; para Pierre Mauroy en 1981, Francia lucharía por “un nuevo orden mundial”; Edith Cresson esperaría en 1991 un “nuevo impulso”, o Balladur en 1993 apostaría por un “nuevo ejemplo francés”. Sin embargo, a pesar de la aparente convicción del orador, todas estas novedades suelen diluirse al viento del hemiciclo. Por suerte, porque si cada vez que cambian los que mandan tuviéramos que empezar una vida “nueva”, sería agotador.

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