Mi biblioteca de literatura juvenil

Joaquim Carbó
Me parece imprescindible recurrir a los clásicos de la aventura, aquellos textos que tuve el placer de leer en el momento más oportuno, hace ya muchos, demasiados años, y que me permitieron viajar por un mundo mucho más atractivo del que nos ofrecía aquella miserable posguerra de los años cuarenta.
Un ineludible criterio de selección impone la necesidad de concretar la lista a unos cuantos títulos, lo que me obliga a renunciar a creadores de algunas obras maestras del género como pueden ser Jack London, Fenimore Cooper, Jonathan Swift, Edgar Rice Burroghs, James Oliver Curwood y tantos otros. ¿Cómo es posible olvidar las horas tan apasionantes en que me alejé de toda suerte de problemas leyendo, y releyendo, las páginas de Las minas del Rey Salomón, Robinson Crusoe, Kim de la India, Los tres mosqueteros o las sublimes epopeyas de Don Quijote, Ulises o Tirant lo Blanc? Unos valores seguros porque son literatura además de aventura.
En una ocasión, en cambio, cuando debía buscar algún texto antiguo para convertirlo en un guión de cómic, se me ocurrió acudir a un folletín que procedía del acervo familiar –había sido motivo de lectura de mi padre, en los más que lejanos años veinte – , y me introduje en las páginas de La vuelta al mundo de dos pilletes, una novela río publicada por entregas, escrita por Henri de la Vaulx y Arnould Galopin, y que compramos encuadernada en una librería de lance. La imagen que tenía del libro se quebró de inmediato porque pese al interés y lo trepidante de las aventuras, cada página desprendía un tufo característico del peor chovinismo francés, de militarismo, de superioridad mental de cualquier hombre blanco –«bueno» o «malo»– sobre los hombres de color, pese a los esfuerzos del negro Bafoulos, que siempre quedaba en un peldaño inferior en cuanto a reflejos y pensamiento. Como se puede comprender, descarté la idea y el proyecto no se realizó nunca: preferí inventar una historia y unos personajes nuevos.
La proximidad, el afecto que siento por quienes participan conmigo ahora mismo, a principios del nuevo siglo, de la aventura de dotar a nuestros jóvenes de textos de hoy, sin duda alguna bebiendo de la fuente de aquellos clásicos que no escribieron su obra pensando en los jóvenes sino en toda clase de público, me impide destacar la obra de mis colegas, competidores y, sin embargo, amigos, la mayor parte de los cuales, afortunadamente, todavía no ha producido su obra definitiva. Como ejemplo único, porque se trata de una aventura documentada sobre el terreno, me permito recordar Si puges al Sagarmatha…, la experiencia que Josep Francesc Delgado, su autor, vivió durante una expedición al Himalaya.
Puede que los títulos que indicaré pequen de realistas en unas circunstancias que la atención del público juvenil y, también, del infantil –la mayoría de ellos incapaces hasta ahora de atreverse con un volumen sin ilustraciones que rozara las doscientas páginas – , se ha volcado sobre libros de tema fantástico en los que cualquier situación, por enrevesada que sea, puede solucionarse al final con un sutil toque de varita mágica, un recurso fácil al que ningún autor solvente se hubiera atrevido a recurrir si situaba su novela en el mundo de hoy. No voy a lamentarme por un hecho que ha logrado lo que hasta el presente no había forma de conseguir: que leyeran y releyeran. No obstante, y para no incidir en la publicidad que el fenómeno recibe por todas partes –cine, revistas, artículos, entrevistas y merchandising – , seré fiel a mis principios y obraré en consciencia, lo que, como de costumbre, no servirá para nada. Y que cada cual lea lo que prefiera, que es de lo que se trata.

ERIC KAESTNER,
EMILIO Y LOS DETECTIVES
Una historia que me ha servido de guía en la producción de aventuras en las que intervienen niños en conflicto con adultos delincuentes, por lo que supone de contención a la hora de los enfrentamientos, sin heroicidades ni actuaciones muy superiores a las capacidades normales de los jóvenes. Lo contrario, por lo tanto, de los divertidos absurdos de películas como Solo en casa, en la que un niño se carga a un par de ladrones poco sesudos.

MARK TWAIN,
HUCKLEBERRY FINN
Una road-​movie de río, áspera y sin concesiones, a mi parecer mucho más intensa que Tom Sawyer, divertida historia de carácter más infantil. La lucha por la supervivencia, río abajo, de noche, en una balsa, en compañía de un esclavo fugitivo de la injusticia; de día, el reposo entre los juncos.

EDGAR ALLAN POE,
LAS AVENTURAS DE ARTHUR GORDON PYM
Crónica implacable de un trágico naufragio que su autor, célebre poeta maldito, debió escribir en estado total de sobriedad, sin ninguna concesión a la galería.

ROBERT L. STEVENSON,
LA ISLA DEL TESORO
Como tantos otros libros, en aquel tiempo de restricciones a manta, tuve que leer en castellano este texto por culpa de la tenaz persecución que el régimen ejercía contra cualquier intento de expresión escrita en catalán. Si solamente en catalán disponemos hoy de no menos de siete versiones de La isla del tesoro, ignoro las que puedan haberse publicado al correr del tiempo en inglés o en castellano de las inolvidables peripecias del intrépido grumete Jim Hawkins a bordo de La Hispaniola junto al pirata John Silver, unos personajes a los que Jackie Cooper y Wallace Beery dieron cuerpo en una película cuyo recuerdo me ha impedido asistir a la proyección de algún remake que pudiera confundirme respecto a la figura y rostro de los protagonistas.

ALEJANDRO DUMAS,
EL CONDE DE MONTECRISTO
Si recordar el nombre de los protagonistas de cualquiera de las películas que veo cada semana o el de los de las novelas que desfilan sucesivamente ante mis ojos, supone un esfuerzo la mayor parte de las veces infructuoso, con frecuencia me pregunto el extraño hechizo que me embargó al leer este novelón de don Alejandro Dumas toda vez que aún hoy puedo citar a Edmundo Dantés, Mercedes, el señor de Villefort, el banquero Danglars, Fernando Mondego, Haidée, el abate Faria y tantos otros que forman parte inseparable de una primera juventud con libros. Y, en este caso, de una iniciación al porro, fumado estrictamente en sentido literario, cuando el protagonista inicia un modesto viaje con una sustancia en aquel momento tan desconocida y casi mágica, el hachís, tan vulgar en la actualidad.

JULIO VERNE,
LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS
Esta divertida y emotiva carrera contra el calendario constituyó en su día una verdadera lección de geografía que me permitió conocer –más que conocer, crear o imaginar– tantos rincones del planeta que hoy sabemos al dedillo gracias a cualquier reportaje televisivo o cinematográfico. Estoy convencido que mantiene aquel interés, aunque sin una nueva lectura no puedo certificarlo. La película, con David Niven en el tópico papel del imperturbable británico Phileas Fogg, contaba con el lastre de un histriónico Cantinflas, a mi parecer un poco fuera de lugar.

EMILIO SALGARI,
EL REY DEL AIRE
Una epopeya aérea que en alguna ocasión he llegado a pensar si es producto de mi imaginación porque, habiendo desaparecido el libro de mi biblioteca de forma misteriosa, no lo encuentro ni tan sólo reseñado en algunas listas del autor. Es la historia de una fuga de un penal siberiano de un militar injustamente condenado, con un científico, un explosivo terrible, el aire líquido y la lucha a muerte con un pulpo gigante en el mar de los Sargazos.

WILLIAM GOLDING,
EL SEÑOR DE LAS MOSCAS
Otro clásico mucho más cercano que leí ampliamente superados los treinta años, en 1966, poco después que se tolerasen las traducciones al catalán. La terrible lucha por la supervivencia de unos niños que deben enfrentarse a una naturaleza hostil y a la personalidad dominante de alguno de ellos, con ínfulas de dictador, intolerante y enemigo de la diferencia. Como la vida misma.

FELICE HOLMAN,
EL ROBINSON DEL METRO
Aventura urbana que causó furor durante los ochenta entre los jóvenes que estudiaban otro bachillerato. Un joven solitario, sin familia, se busca la vida en el estómago de una ciudad, el hervidero humano del metro de Nueva York, y sobrevive largo tiempo haciendo chapuzas y revendiendo los periódicos que algunos pasajeros abandonan en los andenes. Ignoro si en este momento mantiene el mismo interés del público, pero no dudo en recomendar su lectura.

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