Cómo explicar la idea de Europa

Jaime Arias, Xavier Vidal-​Folch y Martí Anglada
La Unión Europea es una unión voluntaria de un conjunto de países. Su acuerdo se articula en múltiples ámbitos: político, económico, militar, judicial. Pero también es algo más. Es una idea, una propuesta de organización social, de toma de decisiones consensuadas, de visión del mundo propia. Cómo transmitir esa idea, esa ilusión de Europa, cómo hacerla visible para todos los europeos. Los periodistas Martí Anglada, Jaime Arias y Xavier Vidal-​Folch tratan de encontrar algunos caminos para ello en la siguiente conversación.


¿Cómo se nutre la sensibilidad europea de los ciudadanos de los países miembros de la Unión? Tenemos por ejemplo información abundante de la política española o de la autonomía que corresponda, pero tenemos menos información europea. ¿Hasta qué punto esto es responsabilidad de las instituciones europeas, que no llegan al ciudadano, o de los mismos medios de comunicación?
Lorenzo Gomis: ¿Cómo se ha ido introduciendo la idea de Europa en la prensa?
Jaime Arias: Empezaré por el principio. El primer contacto directo con instituciones comunitarias lo tuve el año 58 cuando fui a Bruselas a cubrir la Expo. Allí estaba el pabellón de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero), donde conocí a Louis Armand, que colaboraba con Jean Monnet, y que era quien ponía en práctica el objetivo de buscar una reconciliación con Alemania tras las guerras, pero también el de poder controlar la producción alemana del Ruhr. La verdad es que se había hecho poca publicidad sobre esta organización y reinaba un escepticismo casi total. Sin embargo, la CECA era en gran parte fruto de la Alianza Atlántica, por tanto lo que sí iba en serio era montar un sistema defensivo –porque entonces Europa estaba desmantelada– ante la potencia soviética. De Gaulle decía que Francia estaba a dos etapas de Tour de Francia de la frontera soviética y, además, los soviets contaban con dos grandes partidos comunistas en Francia y en Italia. Así que la cosa europea era quizá no un camuflaje pero sí un subproducto de la OTAN. Por otro lado la CECA fue una buena idea para rehacer la economía europea, que hasta entonces había funcionado gracias al plan Marshall. Se hizo lo contrario de lo que se había hecho tras la guerra del 14 con los alemanes: ayudar en lugar de exigir indemnizaciones de guerra. Por ello en aquella época parecía que Europa sería poco más que un mero mercado común. Jean Monnet tenía ya muy claro que el objetivo era una Europa unida políticamente, aunque estaba de acuerdo en empezar por la economía. Pero se topó con De Gaulle que dijo que no, que estaba de acuerdo en colaborar pero nada más. Así que Monnet empezó entonces por pensar en cómo tener acceso directo a la opinión pública. Y escogió el sistema americano, que consistía en seleccionar a cuatro o cinco personas que fueran opinion makers [creadores de opinión]. Así que cuando Monnet necesitaba explicarse sobre Europa convocaba a unos cuantos periodistas y les decía cómo iban las cosas. Yo fui a una reunión de éstas con dos amigos míos, uno de Le Figaro y otro de Newsweek. Era en el hotel del Palais d’Orsay, en un salón enorme y allí estaba Monnet, que explicó durante dos horas sus peleas con De Gaulle. Se trataba pues de un estadio bastante primario: la idea de Europa aún no avanzaba mucho en la prensa.
Xavier Vidal-​Folch: Sin embargo, desde los tiempos heroicos a los que te refieres hasta ahora han sucedido muchas cosas. Entre otras, que todo este invento de Europa ha funcionado, y ha funcionado muy bien. Más lento de lo que siempre queremos, pero seguro. Con más de mil periodistas acreditados, hoy Bruselas es la capital informativa del mundo –aunque no en un sentido de poder, porque ahí Washington tiene aún mucho que decir. Esto se corresponde con una administración europea que, sobre todo desde los tiempos de Margaret Thatcher, todos critican mucho, pero que en mi experiencia personal es la mejor con la que me he enfrentado. Quiero en primer lugar romper una lanza en favor de esta institución, porque creo que los problemas de información y déficit de conciencia europea de los europeos no son culpa suya. Por varios motivos. Primero, las instituciones europeas son baratas. Los quince o dieciséis mil funcionarios que hay ahora –menos que en el ayuntamiento de París, un poco más que en el de Barcelona, menos funcionarios que en el Bundesbank– son baratos, porque tienen una productividad muy buena y son gente muy cualificada. Segundo, tienen una visión del mundo, no ya sólo nacional o de los principales países europeos, sino de todo el mundo. Si un día necesitas algo sobre Nueva Zelanda o Japón, lo tienes al momento. En tercer lugar, es gente que trabaja, algo que resulta bastante importante. El viernes por la tarde los encuentras en la oficina. Y en cuarto lugar, la transparencia. Aquello es un mercado persa de la información. Un mercado en el que periodistas holandeses y portugueses se intercambian su información y establecen redes paralelas, de modo que el amigo alemán te avisa de lo que el ministro español no ha dicho porque no le ha interesado. Este caos tan extraordinario de gobiernos, de instituciones, de periodistas, hace que caces a los políticos en casi todas sus trampas. Esto eleva la transparencia a un nivel extraordinario, otra cosa es que luego lo aprovechemos.
Jordi Pérez: ¿Y por qué una administración con todas estas cualidades no produce una gran conciencia europea en el ciudadano?
X. Vidal-​Folch: En buena medida a causa de nuestros gobiernos. Pero no porque nuestros gobiernos sean malos, sino porque el esquema institucional hace que Bruselas sea utilizada por las políticas nacionalistas –unos nacionalismos de Estado a veces tan molestos como otros nacionalismos que no ven más allá de donde termina su barrio– como un chivo expiatorio. Los gobiernos hacen que los costes sean externos a él y los beneficios internos. Es un sistema verdaderamente perverso. Aunque a veces hay algunas diferencias. Al presidente González nunca le oí decir “victoria de España”. Y eso que en la época Delors, Mitterrand, Kohl, González, España sacó grandes beneficios de cara a la cohesión. Pero nunca dijo eso. Quizá porque era menos nacionalista. En cambio, posteriormente, hemos visto lo contrario. Ha habido una especie de regresión a medida que avanzábamos, quizá por el vértigo del Estado nación que pierde poder y cuyos gobernantes tienen que justificar su sueldo, lo que provoca que cada cumbre europea tenga que ser como un partido de fútbol del que salen vencedores.
J. Arias: De cara al consumo interno.
X. Vidal-​Folch: Exacto. Si resulta que las cosas buenas las ha ganado mi gobierno –y muchas veces la prensa hace el juego a ese planteamiento– y las cosas malas han sido los de Bruselas quienes no las han sabido arreglar, estamos bastante perdidos.

LA INFLUENCIA AMERICANA
Martí Anglada: Yo quisiera destacar de nuevo la influencia norteamericana en la creación de la Unión Europea. Muchos historiadores sitúan la génesis de la Unión Europea sólo en Europa. Pero los Estados Unidos de finales de los años 40 –que se encuentran en Europa un poco como “potencia ocupante”– es una potencia que tiene aquí problemas de administración y de mantenimiento de la paz. Por tanto cohesionar en instituciones comunes a franceses y alemanes era también un interés americano. Un interés americano que va más allá de la economía, son intereses más prácticos, de quien por ejemplo tiene muchas tropas en un sitio y tiene que garantizar una cierta tranquilidad. Así que el impulso o la bendición norteamericana en el origen de la Unión Europea es algo que a veces se olvida.
X. Vidal-​Folch: La generosidad americana, aparte de ser inteligente y productiva, representó un esfuerzo extraordinario para los americanos. El plan Marshall, por ejemplo. ¿Qué país dedica durante seis o siete años un tres por ciento de su Producto Interior Bruto –no se trataba sólo de algo político, sino de rascarse el bolsillo– para ayudar a la reconstrucción de Europa? Y ahora hablamos de un 0,7 por ciento como ayuda al desarrollo.
J. Arias: Y dando también ayudas a Israel y Egipto de 3.000 millones de dólares anuales.
X. Vidal-​Folch: Aquel dinero además estaba condicionado a que los europeos hicieran planes conjuntos, que fue en parte la clave. Esta es una lección que los europeos quizá no hemos practicado tanto.
M. Anglada: Por ello sorprende el simplismo actual de los medios de comunicación, que consideran la génesis de la Unión Europea como únicamente europea, nacida de un enfrentamiento contra Estados Unidos. Pero la historia en realidad no fue así. Otra cosa es que ahora sean rivales comerciales en algunos terrenos.
J. Arias: También hay que tener en cuenta que en los Estados Unidos ha habido dos escuelas políticas. Quien instauró una política hacia el exterior fue Roosevelt. Antes de él dominaba la doctrina “America first”, pero con la “revolución” del 29 llegó Roosevelt y los americanos se dieron cuenta de que el presidente no es superman y que llevar un país no es Hollywood. Roosevelt crea el brain trust, con gente preparada, de Harvard, de la General Motors, que le ayudan a pensar y a reflexionar. Con él también llega una nueva vía de penetración en la opinión pública, él fue por ejemplo quien creó la rueda de prensa presidencial. El Bush actual constituye una reacción interiorista opuesta a Roosevelt. Pero hoy en Europa pasa lo mismo, la idea de Europa parece en crisis. La economía va adelante en parte porque el 40 por ciento de nuestra economía está mediatizada por la americana, y porque a Estados Unidos le interesa. Y con el éxito del euro aún es más sencillo para ellos. Ya había una moneda única, que era el dólar, pero si los europeos quieren la suya, pues muy bien, también es más fácil comerciar así. Pero la idea política de Europa está parada.
J. Pérez: ¿Por qué?
J. Arias: Porque el sistema democrático no está funcionando. El ejemplo italiano es el más destacado. En Europa se tolera no ya que el señor más rico de Italia mande, sino que el propietario de las cadenas privadas haga con la televisión pública lo que le parezca. Es horroroso. Y en Europa nadie dice nada. Es una crisis que influye en el escepticismo de la opinión pública. ¿Quién cree en la idea de la Europa actual en manos de señores que no creen en ella? La Unión Europea sí, pero ¿cuál? ¿Una Europa autocrática? Y en Francia, nunca la derecha francesa había llegado hasta el extremo de creer que el señor Aznar es el modelo a seguir. Y Aznar, hablando con ellos con mucha sinceridad, dijo que lo que allí necesitan es un partido que lo reúna todo, el pensamiento conservador y liberal. Pero en Francia se disimula que Aznar no tiene nadie a la derecha. Y no como Chirac, que tiene a un Le Pen.

UNA IDEA EN CRISIS
L. Gomis: Es decir, veis Europa como un paso adelante pero en un momento de crisis política.
X. Vidal-​Folch: Puede ser que haya una crisis en la Unión Europea y que por tanto su concepto sea más difícil de comunicar, pero yo esto lo veo como algo positivo. Estoy de acuerdo con que ahora tenemos algunos desastres, pero hace cuatro años teníamos otros: Haider y los movimientos xenófobos, populistas. Parece que esa etapa está ya cerrada. Es decir, vamos avanzando. Pero eso lleva a otro problema relacionado con las prisas. En general a todos nos gusta mucho la idea de Europa, le pedimos mucho y lo queremos ya. Nuestra óptica es semana a semana y no año a año o década a década. Y si miramos por semanas las noticias son desacuerdo en tal aspecto, los italianos y los ingleses se pelean con los franceses… Algo que es evidente, porque las decisiones cuestan de tomar. Así que cuando llega la buena noticia y vemos lo bonito que es esto de ser europeos, llevamos ya doce meses de olla de grillos y de quejas.
M. Anglada: En cualquier caso, no hay que culpar a las instituciones europeas del déficit de conciencia. Las causas como hemos dicho van más allá de las instituciones. Para empezar el primer problema es de ámbito físico, geográfico. Es difícil establecer un marco de convivencia cuando no se sabe cuáles son los marcos físicos: no es sólo la cuestión de Turquía, sino también Ucrania y Rusia, o el Magreb. Hay una indefinición enorme sobre cuáles deben ser las fronteras de la Unión. Cuando la protagonista es la palabra ampliación, que es una protagonista permanente, nos encontramos en un ámbito constantemente mudable. ¿De qué estamos hablando cuándo hablamos de Europa? Es un gran problema, que va más allá de las instituciones.
X. Vidal-​Folch: La idea de Europa no es geográfica. La Martinica es territorio europeo y está en el Caribe, y las Canarias son territorio marítimo africano y son Europa. Y nadie lo duda. ¿Qué es Europa? Tiene una geografía, una historia, sí, pero sobre todo es un contrato de valores civiles, democráticos, de derechos humanos que se va expandiendo. Hay mucha demanda de Europa. Todos piden la intervención de Europa. Y los europeos, sobre todo los europeos del sur, queremos más Europa. Cada ampliación supone una refundación de Europa. Por ejemplo, la ampliación del sur de Europa –la española– refundó la idea de Europa. ¿Cómo debían pensar los señores de Hannover que éramos hace 40 años los españoles? Pues igual que Giscard piensa ahora de los turcos. Y hoy, gracias a muchos méritos de nuestra sociedad pero también gracias al apoyo de Europa, entre un señor de Burgos y otro de Hannover las diferencias son muy pequeñas, como algún día lo serán respecto al ciudadano de Ankara. Esto significa que la idea de Europa es una idea siempre en crisis, pero en crisis de creación, positiva. Y una característica de esta crisis es que suma más que resta, beneficia más que perjudica, tiene una gran capacidad de absorción. Hablábamos de Aznar. Aznar era el político español más antieuropeo que hemos tenido desde la transición. Pero las cosas cambian. También era el único que había escrito directamente contra la Constitución y ahora la defiende cada día. Esto es maravilloso, bienvenido a la Constitución y bienvenido también a la idea de Europa. Si leemos La segunda transición, de la que no hace tanto tiempo, veremos que son las ideas del thatcherismo decadente, del nacionalismo españolista más rancio. No hablaba de Europa. Y en cambio Aznar se ha convertido al europeísmo. No digo todo esto para criticar a Aznar sino para decir que Europa tiene una gran capacidad de absorción.
M. Anglada: Comparto este diagnóstico optimista. Pero tenemos que ir más allá. Para la estabilidad futura, la definición de un ámbito es necesaria, aunque sea con la vía de las dos velocidades, que me parece utilísima y que a veces se olvida cuando se habla de la ampliación. Se habla de algo uniforme, cuando las mismas Canarias tienen un régimen fiscal especial, es decir, que la misma Unión aprueba excepciones. Yo creo que debe admitirse que hay un ámbito europeo y que hay países que están alrededor de este ámbito. Así que me parece útil el tema de la doble velocidad, de la cooperación reforzada, algún estatus beneficioso de periferia inmediata que quizá no obligue a compartir todos los valores. En suma, tendría que haber un núcleo más geográficamente europeo y con tradición cultural europea, y entonces podría darse una cooperación muy íntima en lo económico –pero no en todos los ámbitos políticos y culturales– con una periferia próxima. Las excepciones en Europa han funcionado muy bien y quizá se tiene que plantear en estos términos, con lo que todo lo que ayude a crear un ámbito concreto europeo sería beneficioso. El optimismo ante el futuro yo lo firmo, pero hay que prevenirse para no desdibujar el que ha sido hasta ahora el motor básico, ligado a una idea y a un grupo de valores de Europa basado en un ámbito geográfico cultural y religioso. Esto también existe y no se puede obviar.
X. Vidal-​Folch: Un momento. Veamos. Si vamos a Turquía, a lo que hoy llamamos Turquía, y vamos a Priene, a Didimas, a Mileto, a Efeso, aquello es Europa; si charlamos con la burguesía de Estambul, aquello es Europa; si hablamos con los periodistas turcos, aquello es Europa; si vamos a Túnez, por no hablar de Marruecos, allí está Cartago. Si tenemos que hablar de raíces históricas y religiosas nos confundiremos, porque la misma España, ¿qué es España culturalmente? La confluencia de las aportaciones de religiones como la cristiana, la judía y la musulmana. Por tanto cuidado con hacer las definiciones con criterios geográficos o religiosos restrictivos. Mucho cuidado con esto. Especialmente si la idea de Europa puede ayudar a civilizar algunas tradiciones culturales poco permeables al liberalismo, como por ejemplo la islámica. Si los turcos llegan a hacer el experimento de convertir los partidos islamistas en partidos simplemente democráticos musulmanes –como aquí hizo una corriente liberal del mundo católico con la democracia cristiana – , sería una operación redonda. Yo creo que está muy bien lo de exportar Europa, y lo primero es exportar los valores, que son un melting pot de valores, pero que se traducen en la civilidad, en la democracia y en los derechos humanos. Por tanto no podemos entrar a hablar de un país como Turquía si continúa existiendo la tortura, la pena de muerte y la persecución a los kurdos. Tenemos que plantearnos esta cuestión como un reto, más que desde las reticencias de quien es diferente. Si no tenemos una actitud abierta lo que haremos será un club cerrado. Y tendrán razón los que dicen que hemos querido hacer la fortaleza. Europa tiene que ser una contribución de apertura al mundo.

LA NUEVA GENERACIÓN Y LA PRENSA
J. Arias: Hay sin embargo un factor de optimismo en el progreso de Europa: la nueva generación. Hay un cambio de mentalidad, están educados de otro modo.
X. Vidal-​Folch: Y se mezclan.
J. Arias: Sí, hay una interrelación con las becas Erasmus y la unión universitaria, lo que conduce a un optimismo brutal. Los viejos seguimos con clichés pasados.
X. Vidal-​Folch: ¿Verdad que el programa Erasmus ha hecho más por la idea de Europa que toda la política agraria común?
J. Arias: Sí, pero los Erasmus son clases cultas. Pasa como en Estados Unidos: los de Harvard, Yale o Princeton se esfuerzan en hacer avanzar el país porque si dominaran los payeses de Utah o Wisconsin, la cosa iría de otro modo. Y aquí pasará lo mismo. Pero ya que estamos hablando de comunicación, veo ahí un factor regresivo: muchos poderes económicos y Estados están tratando de reducir el papel de la prensa. Molesta la prensa a muchos gobiernos. A veces para expresar algunas críticas o dar según qué noticias se utilizan los corresponsales de los diarios extranjeros porque en el propio país la presión es demasiado grande. Hay una lucha constante y la prensa debe espabilarse porque tenemos que explicar las cosas.
X. Vidal-​Folch: También debemos decir que tenemos parte de culpa. Decíamos que había una responsabilidad de los gobiernos, del esquema, de la crisis de la idea y de lo difícil que es explicarla, pero aparte está la responsabilidad de los periodistas. Y creo que aquí el problema es de ignorancia. El mundo de la prensa es bastante ignorante.
J. Arias: Más bien peca de pereza mental.
M. Anglada: Estoy de acuerdo. Los medios, los emisores de información tienen algo que ver. Las cosas benéficas que hace la Unión Europea, como los fondos de cohesión, se limitan a los carteles que vemos en las obras, en lugares no muy visibles. Por ejemplo, hace poco vino el presidente Aznar a Barcelona y estuvo en la depuradora del Besós y en la nueva pista del aeropuerto, que son obras donde la mayoría del dinero procede de fondos europeos. Había sin embargo como una rivalidad entre las administraciones de aquí para lucir el éxito de la obra. En cambio, quien tendría que lucir es la Unión Europea, y en especial el contribuyente alemán, que es quien más dinero ha aportado.
J. Arias: Ése sobre todo.
M. Anglada: Alguna de estas obras tenía el 75 por ciento de financiación europea. Me llamaron desde Bruselas unos amigos funcionarios y me dijeron que habían visto los periódicos y que la financiación europea de esas obras no salía por ningún lado; sólo salían el gobierno central y la Generalitat. ¿Por qué? Hay algo que informativamente no funciona.
J. Arias: Lo camuflan.
J. Pérez: ¿Quién lo camufla?
J. Arias: El Estado o las administraciones autonómicas.
J. Pérez: Pero la prensa sabe que aquello lo ha financiado la Unión Europea.
J. Arias: La desgracia es que hay mucha prensa que ni se entera.
M. Anglada: Pero no hay mala fe en eso.
J. Arias: No, sólo ignorancia.
M. Anglada: Yo hablé con redactores que habían cubierto esta información y no lo sabían. Sabían que había fondos europeos, pero no el porcentaje y no le daban importancia.
X. Vidal-​Folch: Yo tengo la impresión de que la prensa española no es la peor. El número de artículos y páginas que dedica a la información europea e internacional es muy superior a otras prensas como la italiana, que es más nacionalista. Y lo que creo que sucede es que nosotros los periodistas, como corporación, no hemos sacado las consecuencias del hecho que la cuestión europea no es ya un tema de internacional, sino que es de orden interior. Y por tanto no hemos sacado la consecuencia de que el 80 por ciento de las legislaciones nacionales no se deciden en cada país sino que lo hacen entre los Quince en Bruselas. Los empresarios sí que las han sacado. En cambio nosotros seguimos tratando los temas europeos casi como si fueran internacionales. Lo que es un espejismo, porque creemos que existe el Estado nación cuando ya no existe. Los Estados nación europeos son Estados provincia de Europa y los länder, las comunidades autónomas o las regiones son comunidades comarcales.
J. Pérez: ¿Desaparecerá el Estado nación?
X. Vidal-​Folch: En realidad, de las cuatro grandes competencias del Estado nación dos están comunitarizadas y las otras dos están en vías de serlo. Por tanto vivimos ya hoy en un espejismo. Los periodistas continuamos compartiendo con los políticos esta culpa cuando creemos que la administración del Estado nación es el gran centro de toma de decisiones y tiene todas las competencias. No las tiene. Hablamos, a veces patéticamente, de soberanismo, cuando en verdad estamos en una soberanía compartida. Tenemos un error de perspectiva, porque escribimos de la política local, autonómica o estatal olvidando que ésta viene siempre condicionada por los compromisos del país en Bruselas. Hacemos información local y estatal con visión localista. Somos incapaces de comparar el estado de nuestras playas con las griegas o las holandesas, que es lo que tendría sentido. Tenemos pues bastante parte de culpa en mantener en la ignorancia a la población sobre la importancia que el proceso europeo tiene como proceso interno en los supuestos Estados nación.
M. Anglada: Hay un ámbito en el que sí que informamos de forma europea: el fútbol. Además curiosamente el fútbol ya ha integrado a Turquía. Para mí la definición del ámbito sigue siendo básica. Siguiendo con la imagen futbolística, si se define un ámbito y se juega la liga en ese ámbito, sea la liga medioambiental o cualquier otra, es decir, el ámbito legislativo de la Unión Europea, si se define bien este ámbito y uno se lo cree, entonces informativamente el periodista se pone a trabajar también en él.
J. Arias: Lo que es paradójico es que den horas y horas de fútbol europeo y no den ni una sesión del Parlamento europeo.

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