Periodismo dentro del periodismo

Josep Maria Casasús
Defensor del lector de «La Vanguardia»
Los amigos de “El Ciervo» me invitan a que explique cómo transcurre un día en mi vida como defensor del lector de “La Vanguardia». Agradezco muy particularmente esta invitación por dos razones principales.
La primera es que me siento identificado con esta revista. Soy lector de ella, y a los lectores nos satisface que aquellas publicaciones con las que establecemos vínculos de fidelidad emotiva e intelectual nos inviten expresamente a escribir en ellas. Todo lector, aunque no pertenezca a la república de las letras, es un escritor en potencia. Es un principio de la comunicación que he constatado a lo largo de los primeros treinta y tres meses de mi mandato como defensor de quienes leemos “La Vanguardia».
La segunda razón de mi agradecimiento a El Ciervo, en esta ocasión, es que el texto que me piden obliga a que haga modestamente una especie de revisión de vida –a pequeña escala, por supuesto – , método saludable, como es sabido, para el buen gobierno de los negocios íntimos y espirituales pero también, como en este caso, para la ordenación de las tareas cotidianas profesionales.
No todos los días son iguales, lógicamente, para el defensor del lector de un diario. Aspiro, sin embargo, a presentarles a ustedes, lectores de esta revista, cómo transcurre la jornada más habitual en el ejercicio del puesto de ombudsman periodístico, función introducida en el mundo de la prensa, en junio de 1967, por dos diarios de Louisville (Kentucky, Estados Unidos), y desarrollada en estos momentos, bajo distintas denominaciones según los países (ombudsman, defensor, garante, provedor, médiateur o amigo del lector) por tan sólo unas cincuenta personas en medios de comunicación repartidos por todo el mundo.
Abro el día muy pronto. Josep Pla decía que la humanidad se dividía en dos tipos de seres según su predisposición natural a ordenar las horas de sueño: los noctámbulos (según él, la mayoría) y los madrugadores (una rara avis, según aquel socarrón observador de la vida). Pertenezco a esta segunda especie. Me despierta a las seis y media una radio sintonizada con un boletín de noticias. Hago gimnasia sueca todos los días. Me ducho. Desayuno en casa a la manera de los viejos campesinos y menestrales catalanes, pero con unos toques de tradición inglesa: primero, un vaso de agua en ayunas, pa amb tomàquet, jamón o embutidos, a veces una tortilla, una pizca de vino, un vaso de zumo de naranja, unas piezas de fruta seca, una pastilla de chocolate amargo y un té de Darjeeling, con bollería. Hay que afrontar las defensas morales del día con las defensas que el cuerpo necesita.
Viajo en tren desde Sant Cugat del Vallès hasta Barcelona. Trabajo a primera hora, antes de dar mi clase en la Universitat Pompeu Fabra, en el despacho que La Vanguardia pone a mi disposición en la sede de la calle Pelayo. Esta primera fase diaria de mi labor la dedico a la lectura crítica del diario a cuyos lectores defiendo. Tomo notas sobre las irregularidades que advierto. Lo hago a primera hora de la mañana, tal como lo aprendí de Paco Noy cuando fue director del diario, momento en que el corazón de la prensa sólo palpita al ralentí: subrayo errores, erratas y lapsus, tanto de redacción como de tratamiento gráfico; y señalo con rotulador indicios de quiebras deontológicas o de mala práctica periodística, afortunadamente poco frecuentes.
Recorto las páginas afectadas y ordeno los casos en unas carpetas de cartulina amarilla a las que pongo títulos en lápiz con el fin de reciclarlas. Compro en el bar de la empresa la botella de agua de litro y medio que consumiré durante el día. Leo todas las cartas electrónicas que los lectores suelen enviar por la noche y las contesto todas con un primer acuse de recibo. Leo también el correo interno. Empiezo a atender algunas llamadas telefónicas, relacionadas ya, generalmente, con la edición de aquel día.
Más tarde, preparo dentro de una carpeta negra de cartón duro, copias del correo electrónico recibido y los recortes correspondientes a las demandas formuladas por los lectores o aquellas piezas que he seleccionado en mi lectura. Con esta carpeta suelo circular por la redacción del diario a partir del mediodía. Hablo en su puesto de trabajo con todos los periodistas afectados por un asunto, a los que muestro las copias de cartas y los recortes, y a quienes invito a dar su versión del caso, que siempre incorporo a mi crónica de los domingos.
Cuando no estoy en el despacho las llamadas telefónicas de los lectores quedan grabadas en un buzón de voz al que puedo acceder desde cualquier otro teléfono (los días de fiesta y durante las vacaciones lo hago tres veces al día desde el despacho de mi casa o desde el móvil privado). Corres-​pondo inmediatamente a estas llamadas.
Para aquellos de ustedes que están interesados en las estadísticas puedo decirles que atiendo como defensor una media de cinco comunicaciones diarias de lectores: tres correos electrónicos, una carta postal y dos llamadas telefónicas. En determinadas circunstancias y en ciertas épocas del año aumentan o disminuyen estas medias diarias. Les doy, por lo tanto, unas cifras absolutas incluidas en la crónica de defensor publicada el domingo 1 de septiembre de 2002, cuando inicié mi segundo mandato de dos años en este puesto. Desde mayo del año 2000, cuando sustituí al periodista Roger Jiménez en esta función, hasta agosto del año pasado atendí un total de 4.518 quejas, consultas y sugerencias formuladas por lectores mediante correo electrónico (2.175), teléfono (1.621) y correo postal (722), si no yerro en las cuentas que llevo con métodos artesanales.
Suelo almorzar frugalmente en casa con mi mujer, y algunas veces solo en la ciudad. Los defensores del lector nos libramos, afortunadamente, del sacrificio de las denominadas comidas de trabajo. Procuro descansar un cuarto de hora después de las comidas. Antes de ponerme a leer o a escribir enciendo una pipa.
Después, estudio los casos, compruebo, consulto, y preparo los esquemas de las crónicas de defensor que publico sin falta todos los domingos del año salvo los correspondientes al mes de agosto. Ultimo estas crónicas, las corrijo, someto a la consideración de los periodistas afectados aquella parte del texto en que se les cita, y las envío a la sección de Edición no más tarde del viernes, plazo prudencial a efectos de previsiones de cierre escalonado de páginas.
Por la tarde organizo un nuevo periplo por las secciones y por los puestos de trabajo en la redacción en los que tengo asuntos pendientes. Estas visitas son percibidas con cierta inquietud, no exenta, por supuesto, de cordialidad, por parte de algunos periodistas. Hace poco me enteré de que en algunas secciones asimilan mi labor con la de «asuntos internos», fórmula de argot inspirada en la proliferación actual de esta función policial en los relatos novelescos, cinematográficos y televisuales. Se perciben, ciertamente, ciertas analogías entre la función de «policía dentro de la policía» en los departamentos de Asuntos Internos y la función de «periodismo dentro del periodismo» del puesto de defensor de los lectores.
La función del defensor del lector no es, sin embargo, tan ingrata. Hago todo lo posible para que los periodistas entiendan que los lectores y su defensor sólo tratamos de colaborar modestamente en la mejora del trabajo informativo. En los diarios la sangre no llega al río. Por esta razón y por muchas otras, después de una cena frugal, me acuesto pronto y duermo tranquilo.

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