Guerra preventiva, no

Lorenzo Gomis
‘La guerra preventiva no está en el catecismo”, ha dicho el cardenal Ratzinger. El cardenal y la Congregación para la Doctrina de la Fe a cuyo frente está pasan más bien por defensores de la ortodoxia más estricta y conservadora. Los teólogos le temen. Nada nuevo les gusta. Pero la doctrina es la doctrina. Y en el catecismo no está la guerra preventiva. Está sólo la guerra justa, la que se hace en legítima defensa. Y esta requiere, según el catecismo, que el daño causado por el agresor sea duradero, grave y cierto. Que los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces. Que haya serias condiciones de éxito. Y que el empleo de las armas no entrañe males más graves que el que se pretende evitar.
La guerra preventiva no está en el catecismo. La guerra preventiva equivale a decir: antes que tú me ataques, te ataco yo. Quien da primero da dos veces. Y con los recursos actuales, que han superado ampliamente la guerra relámpago que encandiló a Hitler, las ventajas del que se adelanta a hacer la guerra son tentadoras. Pero es la guerra, con todos sus males. Y la afirmación de Ratzinger, después de las más severas del mismo Papa, muestra hasta qué punto la doctrina de Bush, que ha defendido la guerra preventiva, resulta moralmente anticuada, peligrosamente reaccionaria y jurídicamente desestabilizadora del derecho internacional. Da por válido que no estamos en una sociedad de naciones, sino en un imperio.
Hace medio siglo se fundó la ONU, organización de las naciones unidas, que trató de mejorar la experiencia de la Sociedad de Naciones fundada después de la Primera Guerra Mundial. El objeto era “librar a las generaciones venideras del azote de la guerra”. Las generaciones venideras son las de ahora. Ahora el obstáculo a la aplicación de la doctrina de la guerra preventiva es la ONU, y concretamente el Consejo de Seguridad. Tienen el veto Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China. Las fotos aéreas y el registro de conversaciones exhibidos por el Secretario de Estado americano, Colin Powell, impresionarán más o menos según el prejuicio del oyente. Para el embajador de Irak son puras mentiras. Para los representantes de China, Rusia, Francia y Alemania merecen estudiarse, pero no bastan para convencernos de que la guerra inmediata sea mejor que un nuevo plazo para que los inspectores se muevan por el inmenso territorio iraquí (ya han logrado muchas destrucciones de armas) y cuando menos molesten a Saddam y mareen a sus colaboradores. Es curioso que la paz tenga en el Consejo de Seguridad valedores tan diversos hace pocos años como Francia, Alemania, Rusia y China. ¡Quién había de decirlo! Pero eso muestra que la institución, la ONU, es el buen camino.

Después de las pistas ofrecidas por Powell lo aconsejable sería que los inspectores siguieran trabajando. Para el mundo es mejor que la guerra. Para el pueblo iraquí infinitamente mejor que verse bajo las bombas sufriendo los daños colaterales que ya parecen peccata minuta para los estrategas del imperio. Y para el mismo Saddam, una humillación y unos testigos molestos, pero menos abrumadores que el ataque directo y una guerra que no es fácil que gane.
Por supuesto, Saddam tiene las características de los grandes dictadores de la época contemporánea, aunque sean refrendados por el 100 por 100 de los votos asustados. El bloqueo, embargo o cerco al que hace años, desde la Guerra del Golfo, está sometido el país (la fórmula actual es “petróleo por alimentos y medicinas”) ha empeorado la suerte de la población y la ha entregado todavía más en brazos del dictador. Los más viejos recordamos que hasta Franco se benefició del cerco internacional. El que necesita medicinas para sus hijos tiene que agradecerlas al poder que las distribuye. Dicen los reportajes que la clase media va desapareciendo en Bagdad y que la nueva clase emergente son los estraperlistas del mercado negro que necesitan más que nadie la complacencia del dictador y que lógicamente le apoyan.
¿Cuál sería el efecto de una guerra sobre la población? El cardenal Kasper, presidente de la Comisión Pontificia para la Unidad de los Cristianos, ha señalado que la guerra alcanzaría a los más pobres entre los pobres, no a Saddam Hussein. Los que sufrirían serían las mujeres, los niños, los enfermos. Y ha recordado otro aspecto digno de memoria. Entre los musulmanes la identificación entre cristiandad y Occidente es un tópico de validez corriente. Un ataque de Occidente no haría más que exacerbar el odio de muchos en el mundo islámico.

Por suerte, el ambiente en Europa no está a favor de la guerra. Se ha visto en las grandes manifestaciones recientes. Y el precedente de Afganistán no es alentador para los partidarios de no demorar la intervención armada. La guerra se hizo entonces para castigar al país que había acogido a Bin Laden y para capturarle vivo o muerto. Si el objetivo era Bin Laden, la guerra resultó un fracaso. El mismo presidente Aznar, en la soledad política del Congreso, arguyó entre otros datos que llevaba escritos que un tal Abu Musa Al Zarkawi era el enlace entre Al Qaeda y Saddam. Los expertos dicen que los dos cabecillas (Saddam y Bin Laden) no se pueden ver, y que el segundo ha llamado apóstata al primero. Puede que un seguidor de Bin Laden se refugiara en Bagdad, después de escaparse de Afganistán, pero eso muestra en todo caso que el poderoso dispositivo norteamericano, ahora con tanta información sobre sus andanzas, no pudo capturarlo a tiempo. Un precedente desalentador.
La campaña internacional de Bush está ya dividiendo más o menos a Europa. Sobre todo los pequeños países que aspiran a integrarse en la Unión Europa no se atreven a desatender las peticiones de firma de Estados Unidos e Inglaterra, entusiásticamente coreadas por Aznar y Berlusconi. Se puede decir que el eje franco-​alemán se adelantó a esa división o que, afortunadamente, hacen ahora frente en la ONU a las invitaciones a sumarse a una guerra preventiva. Pero, en cualquier caso, una guerra preventiva que justificaría la guerra de Saddam en legítima defensa es moralmente una apuesta equivocada. Mejor una paz preventiva, con unos inspectores atareados y un Saddam malhumorado pero quieto. Saddam es un viejo conocido de las grandes potencias, que otras veces se han servido de él y le han armado. A los dictadores no se les combate poniendo en sus manos a los pueblos indefensos, con bloqueos y guerras. Al contrario, cuanto mejor estén los iraquíes, más débil será Saddam.
Por eso la guerra preventiva es una precipitación peligrosa para los iraquíes, para la comunidad internacional (con la ONU como símbolo), para Europa y para el mismo pueblo americano, que se quedaría más solo en el mundo y más odiado por el Islam.

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