Un presidente fuerte para la Comisión

Toni Comín
En un sistema federal “clásico” hay muchos “presidentes”, pero las competencias están bien delimitadas y se sabe quién tiene que responder de qué responsabilidades: están los presidentes de los niveles subestatales (por ejemplo, las comunidades autónomas españolas, o los länder alemanes, para citar los que tienen competencias legislativas); están los presidentes de las cámaras legislativas estatales (el parlamento y el senado); luego está el presidente del gobierno o primer ministro, y en último término está el presidente de la República, o el jefe del Estado. (Sólo en los Estados Unidos estas dos últimas funciones están asimiladas en un único cargo). Esta “dispersión institucional” permite un sistema de equilibrios y contrapesos, una condición misma para la existencia de un sistema democrático. Pero esto no debe confundirse con la “bicefalia”: la dirección política de la sociedad y, por ende, la responsabilidad última en la toma de decisiones siempre recae en una de estas figuras: el presidente de la República en el caso francés, el presidente del gobierno en el caso italiano, español o alemán.
La creación de un presidente estable del Consejo Europeo, una especie de “presidente europeo” es un arma de doble filo. Lo que debería servir para racionalizar la trama institucional europea, que ahora peca de excesivamente compleja, al final puede servir para generar todavía más confusión. Lo que debería servir para dar un paso adelante en la integración política en clave federal, puede acabar sirviendo para reforzar el intergubernamentalismo, es decir, el peso de los Estados en las políticas de la Unión. Más viniendo la propuesta como vino, en un principio, de gente como Aznar, Blair y Berlusconi, cuyo europeísmo es ya no dudoso sino que se han convertido en el caballo de Troya de los Estados Unidos, ese “aliado” leal que haría lo posible para impedir que la integración europea siguiera avanzando. Para los que entendemos la integración europea al modo federal, el Consejo Europeo debería ir tomando la fisonomía de un Senado federal –tan fuerte como se quiera– y la Comisión debería ir tomando las funciones de un verdadero ejecutivo. Por eso, la creación de un presidente del Consejo “fuerte” y el mantenimiento de un presidente de la Comisión “débil” no nos puede sino parecer un paso atrás. Una “bicefalia” que difícilmente puede traer nada bueno.

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