Cuaderno de un rodaje en Tanzania

Lola Mayo
Periodista y guionista de cine
‘No conoces África.” Sólo pienso en esto mientras recorremos en el Land Rover la carretera nocturna, sin una sola luz, con una enorme muralla de árboles que impide ver más allá, inquietos, exhaustos, quizá incluso tristes. África es hasta ahora sólo este olor caliente, esta negrura tras los árboles, este temor ante lo extraño. El viaje no ha empezado bien.
Desembarcamos en el aeropuerto de Arusha, cerca del Kilimanjaro. Llevamos veinte horas viajando. Son las dos de la mañana, esperamos conseguir rápido el visado, pasar la aduana y por fin, dormir. Pero un equipo de televisión no pasa desapercibido. El funcionario de aduanas es pausado y amable, pero inflexible. Él tiene todo el tiempo del mundo y nosotros tenemos todos los permisos… menos uno. Le prometemos que mañana llegará por fax. “Me parece bien. Tráiganlo mañana. Su equipo se queda aquí.” Y señala una habitación sin puertas, donde nos parece impensable abandonar un material que vale millones. Protestamos, protestamos mucho, pero es que el funcionario tiene razón. Es verdad que el permiso no está. “Pero hemos venido a hacer un reportaje sobre su país, venimos con una organización humanitaria.” “No alternative.” Es su última palabra. Dejamos nuestros bultos en cualquier parte, nos entrega un resguardo escrito a mano. De camino al hostal, pensamos que nuestro viaje ha terminado ya. Nunca, en ningún país del mundo, hemos dejado nuestra cámara a un desconocido.
Fue nuestra primera noche en África. No dormimos, desconcertados por los ruidos, por el viento sacudiendo los árboles, por las voces extrañas, por el miedo a los mosquitos cargados de malaria. ¿Qué posibilidades había de que llegara aquel permiso, pedido hacía ya tres semanas al gobierno de Tanzania? Muy pocas. Y aún así, al día siguiente, el papel llegó.

MIL NIÑOS DETRÁS DE NUESTRO COCHE
Nunca habíamos visto una tierra tan roja, ni un cielo tan azul. ¿O tan alto? El cielo es aquí como una inmensa carpa protectora. Un niño corre detrás de nuestro coche, mil niños corren detrás de nuestro coche. Tanta gente nos saluda… Hay un hombre detrás de cada arbusto. ¿Dónde estaba antes de vernos, si atravesamos casi un desierto? ¿Qué felicidad creen que viaja a bordo de este coche viejo? ¿Imaginan que somos distintos porque tenemos otro color? Sí. Nosotros también pensamos que ellos son distintos. Nosotros, en este primer día en Karatu, nuestro destino, tampoco dejamos de admirarnos. Hasta hoy sólo conocíamos los cuentos de Hemingway, los relatos de aventuras, esos nombres míticos cargados de tierra vírgen: Ngorongoro, Serengeti, Kilimanjaro.
Karatu nos parece un enorme mercado donde todo el mundo monta un puestito con tres frutas, unas cañas de azúcar, unos pocos zapatos hechos con neumáticos. Ni siquiera parece que les importe vender, sino estar ahí, al borde de la carretera roja donde nunca, a ninguna hora, deja de pasar gente junto a las casitas de ladrillo. Sentados a las puertas de sus casas, miran pasar el día en este pueblo grande que es un cruce de caminos, de viajeros, de emigrantes, de trabajadores. Los tanzanos son gente amable y seria. En estos doce días de trabajo no nos acostumbraremos a su inmensa curiosidad, no lograremos aprender a mirar como ellos, sin ninguna vergüenza. Somos blancos, no hablamos su idioma, llevamos unos cacharros que no han visto nunca. “Estamos haciendo una película.” Nos sonríen, pero no lo comprenden. Aquí no hay televisión. Cines tampoco. Cada vez que plantamos la cámara nos rodea una nube de cuarenta, cincuenta niños. Con el paso de los días sabremos ir con ellos a todos lados. Nos rodean, nos miran, pero no se mueven, piensan que lo que hacemos debe ser muy importante. Por nada del mundo gritarían o jugarían o harían monerías delante del objetivo. Pasan horas mirándonos, con los ojos tan abiertos, con la insistencia suave de su silencio.

LA CARRETERA DEL SIDA
Por la carretera roja de Karatu pasa todo el mundo. Los que vienen a vender, los que vienen a comprar, los niños de las escuelas, los trabajadores de la construcción, los emigrantes de otros distritos, los todoterrenos que llevan a los turistas camino del Ngorongoro y que nunca pararían en un lugar como este. Por la carretera de Karatu también pasa el sida.
Casi el 10 por ciento de los tanzanos tiene sida. Se han producido un millón de casos desde que empezó la epidemia. 670.000 niños se han quedado huérfanos. Y Tanzania no es el país africano más golpeado por la enfermedad. Pero es que el VIH provoca la muerte del 99 por ciento de los enfermos no tratados. Y en África ha sido hasta hoy casi imposible iniciar tratamientos.
Nos entrevistamos con Marco Mira, responsable del programa de prevención de sida de Médicos del Mundo. “En África no hay dinero para costear tratamientos, porque son tratamientos de por vida. Podrá bajarse el precio de los antiretrovirales, pero ¿qué gobierno puede sostenerlo durante toda la vida del paciente? No hay vacuna, no hay tratamiento paliativo eficaz, la única posibilidad es la prevención.” Médicos del Mundo lleva siete años peleando contra el sida en Tanzania, proporcionando tests de VIH, preservativos, enseñando a la población cómo protegerse. “La ignorancia es nuestro problema más grande, la falta de educación. La educación nos ayudaría tanto. Si tuviésemos formación, sabríamos protegernos contra el sida; sin educación no se puede hacer nada, podemos darles todo, pero no servirá de nada. Hay tanta gente que sigue pensando que el sida se contagia por darle a alguien la mano.” Habla Bernardetta, 29 años, enfermera tanzana ayudante de Marco. Ella será nuestra guía.
Pensábamos encontrarnos el sida en los hospitales. Creíamos tener la fórmula que habíamos seguido en tantos documentales: localizamos a personas que tienen el problema, entramos en su mundo, te unes a ellos y ellos te cuentan un secreto. Pero en Tanzania sólo encontramos silencio.
El centro de salud de Endamarrarrek está a una hora de Karatu. Es un centro semiprivado, atendido por monjas africanas. Hoy sólo hay mujeres hospitalizadas, que han caminado muchos kilómetros para llegar aquí, la mayoría embarazadas. En las camas, ocho, diez mujeres con sus bebés. Parecen sanas y felices con sus niños en brazos. “No, no hay enfermos de sida en este momento. Ellas están bien.” Y sin embargo, sabemos que en África la mujer es la clave en la transmisión de la enfermedad. Médicos del Mundo lleva a cabo en Tanzania un programa de prevención con Nevirapina, que evita la transmisión del sida de madre a hijo. “Pero es un medicamento polémico”, nos explica el doctor Marco Mira, “porque evita que el niño se contagie, pero no cura a las madres que ya tienen la enfermedad. Hay quien dice que administrar Nevirapina es una forma de hacer huérfanos, porque las madres morirán de todas formas. Pero creo que es una cuestión de ética salvar la vida de un niño si está en tu mano.” Bernardetta ha venido a este centro para dar una sesión de educación sanitaria a un grupo de mujeres. Jovencísimas todas, rodeadas de niños, atentas y serias, bellísimas. “Las mujeres en África no tienen nada que decir. Nadie las tiene en cuenta. Ellas cargan con todas las tareas. Fijaos en los caminos, siempre veréis una mujer con un haz de leña a la espalda. Su marido camina delante, sin nada en las manos, ocupado como mucho en ir marcando el camino. Una mujer aquí no puede contar sus problemas a nadie.”
Al día siguiente viajamos a Mangola. Mangola es la sabana, un lugar desolado pero hermoso, a tres horas de viaje de Karatu. En Mangola vemos otros rostros, otras razas, masais, mangatis. De una escuelita salen veinte niños corriendo. Van gritando: “¡Msungu! ¡Msungu!” Msungu significa “hombre blanco” en swahili. Los más pequeños probablemente no han visto nunca a nadie de otro color. Se lanzan hacia nosotros, chillando, no sabemos si de miedo o de alegría, nos agarran las manos, nos levantan los pantalones para ver si nuestras piernas son blancas también. ¡Se ríen! Su alegría nos emociona.
En el hospital de Mangola, el sida se nos viene encima. Dos religiosos españoles pusieron en marcha este centro. Hoy están aquí poco más de treinta personas ingresadas, cuidadas, bien atendidas, es un lugar limpio y ordenado. Los pasillos y los jardines del centro están ocupados por sus familiares. Aquí cocinan, aquí duermen, aquí se instalan mientras su pariente está enfermo. Marco nos cuenta que “en África el sistema familiar es muy poderoso. Los enfermos encuentran acogida en las familias, están protegidos. Y esto ocurre porque la enfermedad en África se vive como una cosa normal, la catástrofe ha existido siempre. No es fácil entender esta resignación ante el dolor.” Es cierto que no oímos ni un grito, ni una queja en los hospitales, que todo el mundo sonríe. “Un enfermo que está solo se acaba muriendo de pena. Su vida puede ser mucho más larga si alguien le cuida y comparte su dolor”, nos cuenta el doctor Mziray, hoy de guardia en Mangola.
Sabemos que en este pueblo el 30 por ciento de la población está infectada. ¡El 30 por ciento! Sabemos que muchos de estos enfermos delgadísimos, consumidos, inconscientes casi, sufren probablemente de sida. Pero el doctor Mziray nos comunica en un inglés perfecto que no nos va a decir quién está contagiado. “Tengo que respetar su intimidad. Por supuesto que algunos de los enfermos que ven son VIH positivos. Pueden ustedes grabar todo lo que quieran, pero yo no les voy a decir quién tiene sida.” Le insistimos en que seremos prudentes y cariñosos, pero no es posible. “Nadie te dirá nunca si está infectado. Probablemente no lo sabe, y si lo sabe no se lo dirá a nadie. Yo conozco a muchas personas enfermas, vienen a confesarme su ‘secreto’, confían en mí porque soy enfermera, pero mi moral no me permite decírselo ni a su mujer.” Bernardetta sonríe cuando le decimos: “¡Pero entonces seguirá contagiando la enfermedad!” Bernardetta, católica convencida como la mitad de la población tanzana, opina que, para protegerse, “la única alternativa es ser fiel a tu pareja”. Y, aún más, “the safest sex is no sex.”

¿Y LOS ENFERMOS?
Comienza nuestro desaliento. No sabemos cómo retratar este grave problema, aunque sabemos que existe. No tenemos el testimonio de los enfermos. “¿Que dónde están los enfermos? Probablemente en sus casas, ellos saben que no hay tratamiento. Entonces, ¿para qué llevarlos al hospital?”, nos explica el doctor Marco. “El sida es la enfermedad del silencio, porque todo el mundo sabe que se relaciona con el sexo, y que es mortal, obligatoriamente. De forma que lo sienten como una vergüenza sobre la familia.”
Nuestra última etapa es el tremendo hospital gubernamental de Oldeani, levantado en los años cuarenta por médicos alemanes y hoy completamente deteriorado. Aquí llegan los enfermos más graves, los terminales. Pasamos allí un día entero y no vimos administrar ni un solo medicamento, ni realizar ninguna prueba a un paciente, ni tomarles la tensión, nada. Oldeani es un grupo de pabellones arrasados y sucios, donde vuelan mosquitos y mariposas gigantes, donde las sábanas llevan tiempo sin cambiarse, donde las puertas golpean. En las camas, los enfermos más pobres y más desatendidos. Muchos no saben lo que tienen. Ahri, un hombre de unos cincuenta años, con la piel pegada a los huesos, se explica: “Algunos días estoy mejor que otros. Respiro mal, tengo diarrea, no puedo comer. Mi hermano se ha quedado conmigo, pero mis hijos no vienen a verme.” Las piernas de este hombre son dos palitos que no le sostienen.
La comunicación es dificilísima. No entienden por qué preguntamos tanto, por qué necesitamos conocer su vida, sus secretos, sus tristezas. Bernardetta nos traduce del swahili al inglés. ¡Pero algunas de estas personas no hablan ni siquiera swahili! Bernardetta pelea con sus mil y un dialectos, pelea también con el pudor. “¿Puedes decirle al señor que repita?” “¿Y por qué?” “Porque no se ha grabado.” “Yo ya no traduzco más. Va a creer que nos estamos burlando de él.”
Un masai con la cabeza rota por una pedrada nos pide dinero para comer. En los hospitales africanos no se dan comidas a los enfermos. Sólo comen si un familiar les trae comida. Al fondo de la habitación, un chico de unos veinte años, sudoroso, lleno de escaras, casi inconsciente, nos llama. “No sé lo que tengo. Ingresé hace tres días. Me han hecho pruebas, pero no me dan los resultados. Mi familia sabe que estoy aquí, pero no vienen a verme. ¿Podrían preguntarle ustedes al médico qué es lo que me pasa?”
Es muy probable que tenga sida pero quizá nunca llegue a saberlo. Hoy sólo hay un médico de guardia en el hospital, el doctor Mahagi. “Es muy difícil acercarse a un enfermo y decirle: tienes sida. Porque su preocupación es mortal cuando lo saben. Algunos intentan suicidarse. Es una enfermedad vergonzosa. Por eso, si descubrimos que lo tiene, no se lo decimos, sólo le decimos que su sangre no es apta para donar, pero sólo sabrá qué tiene si lo pregunta. Todo tiene que ser voluntario.” Bernardetta aclara que si un hombre sabe que su mujer tiene sida, lo más probable es que la abandone. Godbless, un niño de doce años que nos acompañó, nos dijo: “Si yo supiera que un compañero de colegio tiene la enfermedad, sería terrible para él. Nadie querría jugar con él, ni darle la mano, ni comer a su lado.” Nos espantamos, pero, ¿sería distinto en un colegio español?
En África, en torno al sida los tabúes son mil. Existe la creencia, por ejemplo, de que la enfermedad se cura manteniendo relaciones con una mujer virgen. El doctor Marco lo explica: “Hay una tremenda exclusión del enfermo de sida, lo que nosotros llamamos el estigma, el sida es una enfermedad sin nombre. Y en los hospitales del gobierno la cosa es más grave, porque el abandono es total. Allí se aparca a los enfermos desahuciados. Ningún medico pondrá nunca en un certificado de defunción que el enfermo ha muerto de sida, dirá que murió de malaria o de tuberculosis, de sida no.”
Al atardecer dejamos para siempre las habitaciones sucias y las caras consumidas, el calor, este olor a desgracia. Nos dice adiós Olivia, una niña de ocho o nueve años, que apenas habla, que ha pasado la tarde acariciando a su madre, delirante junto a las mariposas. Olivia estará pronto sola. África está llena de huérfanos.
“¿El futuro del sida en África? No sé… Se está dejando morir un continente.” Y sin embargo, Marco es optimista. “Pues claro que hay solución, pero con tiempo, aquí el tiempo cuenta de otra manera. Estamos en África.”
Nuestro coche se aleja por la carretera roja. Un cartel nos despide. “We will miss you. Come back.” Os echaremos de menos. ¿Volved?

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