Jiménez Lozano, el don José de Alcazarén

Federico Blanco Jover
Escritor
Empezó don José Jiménez Lozano su labor hurgando en archivos parroquiales y otros de más memoria, interesado por las religiones hispanas y por los cristianos, moros y judíos que habían contribuido a la vieja cultura de estas tierras. Algunos de sus primeros libros son Nosotros los judíos, Un cristiano en rebeldía, Diálogos jansenistas (teatro inédito), La ronquera de Fray Luis y otras inquisiciones, Los cementerios civiles y la heterodoxia española.
Ya probablemente desde su adolescencia, don José debió de andar preocupado, porque todopoderosos había encontrado por lo menos tres: Dios, Alá y Yahvé. Y cuando supo que un griego había dicho que si los bueyes creyeran en dioses, los pintarían con cuerpo y cara de buey, ese día, el jovencillo don José debió de pensar que no era raro que los poderosos hubieran imaginado un Dios absoluto y abusón como ellos. Menos mal que hubo un Crucificado que, de Todopoderoso, poco. Pero eso debió de ser causa de bastantes perplejidades para el jovencillo don José. Porque, ¿acaso el Crucificado creó el mundo?

NARRACIONES PRIMERAS
Tales son, poco más o menos, las preocupaciones que trasluce su primera novela, Historia de un otoño, publicada en 1971. Transcurre cuando Luis XIV, el Rey Sol, “se sentía morir, allá en Versalles, y tenía que darse la última medida de su omnipotencia: la de destruir”. Y se empeñó, en efecto, en destruir el monasterio de Port-​Royal, donde unas monjas “defendían un cristianismo sin componendas, complacencias ni debilidades”.
Cosas terribles aparecen ahí, y personajes que dicen cosas como que “sólo el santo sabe que Dios es terrible”. Que “si Dios se ríe, tiene que ser espantosa su risa”. Que “toda verdad termina siempre crucificada”. Que “el amor no es bello” porque “el Viernes Santo es el día del Amor”.
Y por consecuencia: “¿Qué puede hacer un cristiano, ante la fuerza o la injusticia, sino protestar de que no la acepta? Ése es el poder de Dios: estar abofeteado, escupido, azotado, crucificado… y resistir, decir no, antes que renegar de la propia conciencia”. Porque “a veces, los Papas se parecen a San Pedro, sobre todo por lo fácilmente que sacan la espada”. Y por esto “la Iglesia necesita oposición, necesita que una parte de sus hijos diga no a ciertas cosas”.
Quizá esta narración, un poco grandilocuente y dada al tremendismo, sea la última gran “novela católica” que se ha escrito en el mundo. No termina con la dispersión de las monjas de Port-​Royal, sino con la media victoria final de éstas, porque uno de los ejecutores de la sevicia, el cardenal de Noailles se ve obligado a afinar su conciencia: “¿Qué demonio habitaba en nosotros? ¿Cómo vamos a presentarnos, vestidos de púrpura, ante el gran Pobre? ¿Cómo pudimos crucificarle en cada perseguido?”
Aparecieron a continuación El sambenito, La salamandra, El santo de mayo y Duelo en la casa grande, narraciones donde siguen las angustias por el poder, la muerte y las contradicciones de la religión. Y quizá convendría destacar El santo de mayo (1976), colección de breves cuentos sobre gentes que nada tienen que ver con poderosos ni dignatarios, como no sea para soportar el peso de sus doctrinas y preceptos. Pero la gran ternura hacia ellos estaba aún por llegar.
Obra de peregrinas teosofías, teologías y teodiceas, publicadas en 1985, son las Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda (13251402). Un buhonero que, después de soportar diversas barbaridades de los cristianos, murió a manos de sus propios hermanos de religión. Sus breves historias versan sobre Yahvé Dios, Bendito sea su Nombre. Una deidad caprichosa, injusta, arbitraria, autora de todo (también del ateísmo), que anda por caminos “inexcrutables y misteriosos, retorcidos y conducentes a ningún sitio desde la altura que miran los hombres”. Y cabe añadir que desde ninguna altura, porque, cuando se levanta la Torre de Babel y se llega a ver, más allá del piso 777, lo que lo Alto contiene, resulta que no hay más que “un ángel anciano, de estatura pequeña y con una risa bondadosa de loco pacífico, sentado a los pies de un madero en forma de cruz u horca o patíbulo”.
Pero si contradictorio y retorcido es Yahvé Dios, Bendito sea su Nombre, no menos contradictorios y retorcidos son Isaac Ben Yehuda y sus discípulos, porque después de organizar en un cementerio un terrible proceso a Dios, y desenmascararle explicando con qué insufribles engaños le trajo al mundo en el día de su concepción, armó luego el judío una hoguera con todas las acusaciones; y su cara y las de sus discípulos sonrieron, “se tomaron de las manos y comenzaron a bailar […], y el canto de alabanza a Yahvé Dios, Bendito sea su Nombre, escalaba la bóveda negra de la noche de otoño. […] Así que se prosternaron, para adorarle, sobre la ceniza”. Pero por mucha alabanza y benigna adoración que Isaac Ben Yehuda elevara a Aquel cuyo Nombre era Bendito, sus correligionarios le lapidaron por blasfemo.
Siguió en 1988 la publicación de El grano de maíz rojo, otra colección de narraciones cortas, escritas algunas bastantes años antes, con negruras de Viernes Santo.

NARRACIONES SEGUNDAS
Y llegó el día de la feliz sorpresa: el cambio de las congojas en alegrías, gracias a Sara de Ur.
Cierto es que ya en su primera novela se decía que “no hay nada que produzca tanto terror a los poderes absolutos de este mundo como la libertad y la alegría”. Pero hasta mediados de los ochenta, don José no había sido un cultivador de alegrías, sino todo lo contrario. Mas el 19 de septiembre de 1986, empezó a escribir sobre la risueña Sara de Ur, esposa de Abraham, y dejó cuidadosa constancia para sus lectores de esta fecha, como quien participara en una boda. Y terminó el libro exactamente medio año después, “por puro amor de puro amor”, de lo cual quiso dejar asimismo indubitable testimonio en su Segundo abecedario, página 191.
Y algo así como un desposorio debió de ocurrir realmente, porque Sara, la de pequeños senos como manzanas en agraz, contagió su alegría a Don José, y se encaramaron ambos al carro del heno que pintó El Bosco, que eso parecía la vida, sólo un carro lleno de paja, pero su fugacidad ya no importaba, como si el Mal hubiera dejado de existir.
Y don José cambió las amargas sangres y negruras de su estilográfica por una tinta azul, que tenía el sabor de la alegría. Y por agua clara, invisible, por si le daba por escribir sobre las Nadas de los místicos.
Y conforme escribía, iba expulsando de sus cavilaciones a El Shadday, como Sara le mandó hacer un día a Abraham, su esposo, porque Dios había querido matar al hijo. Y así fue como don José, transmutado en escriba, se convenció de que El Shadday “a lo mejor no existe en parte alguna, sino que se apoya con sus pies en la bóveda del cielo”. Y el día en que esto imaginó, le debió de entrar la mayor alegría de su vida. Porque lo de existir o no existir sólo es filosofía, pero apoyar los pies en algo es mucho más serio.
Y pronto escribió en su diario: “Y ahora piensas que podría comenzar todo de nuevo, de manera diferente”.
Y en efecto, todo comenzó de nuevo, y aparecieron en los papeles de Don José historias de gentes más buenas que el pan tierno, conformadas y mandibles, que eran casi menos que nada. Pero como los místicos dicen que la realidad absoluta es como nada, pues resulta que la gente de estos relatos es la que más vale.
Pero eso de la mística de las gentes sencillas se trae su historia.
Ya en 1983, don José había escrito un estudio preliminar sobre la poesía de san Juan de la Cruz. Y ahí se recordaba que, como decía Miguel Ángel, los escultores no hacen más que sacar de los bloques de piedra lo que les sobra, para que resplandezcan las obras de arte que traen escondidas. Y así hace también el místico: quitar cortezas vanas. “Elimina todo lo superfluo, rompe toda la regularidad y se dirige al centro, a la búsqueda de la desnudez total, dejando sólo aquella forma que transparenta la esencia del ser”.
Y eso es lo que hizo don José con Juan de la Cruz: sacarle todo lo que le pareció sobrante en su vida, y el resultado fue El mudejarillo (1992). Porque ésta es una novela o biografía que, para sorpresa del lector, retrata la esencia de los adentros del santo, aunque se le parezca poco.
Lo cual merece una explicación. Y es que Juan de Yepes y Álvarez fue estudiante de Humanidades en Medina, y de Filosofía y Teología en Salamanca. Presbítero, confesor y director de espíritus. Y vicario ahí, rector allá, prior, vicario provincial, Superior… Y los lectores de El mudejarillo abren el libro esperando noticias de un hombre influyente o, cuando menos, docto en teologías y espiritualidades.
Pero Don José imaginó un Juan de Yepes casi deseoso de sacudirse todos estos títulos, al modo del cachorrillo que, al salir del río, se quita el agua con un repentino temblor del cuerpo todo. Y quizá imaginó que tomaba un bloque de mármol, y con un escoplo de escultor empezaba a arrancar pedazos: “¡Ni ése!”, y un cacho de piedra brincaba por aquí. “¡Ni tampoco ése!”, y otro pedazo por allá. “¡Ni esotro!”… Y así hasta aparecer el cuerpecillo del santo, pequeñajo y esmirriado tal cual, pero con su buena barba y todo. Pero que ni de mármol parecía, sino como un cristal, o un hielo tibio, o un silencio en el viento, que ese fue el místico mudejarillo que nos acertó a describir don José, con todos sus pelos y señales y nadas de nada, una maravilla, probablemente la más maravillosa de cuantas nuestro autor ha sabido contar y describir.
Algo parecido a lo hecho con Juan, lo había ensayado con anteriores personajes que a su imaginación le fueron viniendo: los había ido desnudando de su ser, para describir sólo místicas briznas de vida de nada, por ejemplo, en Los grandes relatos (1991) que contiene narraciones verdaderamente grandes, pero no como los Relatos de la Modernidad, que no se traen más que cuento. Y aquí don José de Alcazarén le hizo un guiño a monsieur Lyotard, el posmoderno, y los dos se debieron de sentir muy amigados.
Y más aún está en esta escuela El cogedor de acianos (1993), una colección de casi cien relatillos de minúsculos ademanes y suspiros de gentes de esos pueblos.
Y por ahí andan también las intenciones de Relación topográfica (1993). Porque quizá Dios, en el día del Juicio, tomará por bloque de escultor a la Humanidad entera y la irá vaciando de lo sobrante, y aparecerán las vidas de los grandes, aún más engrandecidas a fuerza de menguadas. Y Aristóteles, y Tucídides, y Sigmund Freud y tantos otros insignes y gloriosos personajes ya no disertarán en ágoras y liceos, sino en casinillos como el que debe de tener Alcazarén, donde vive don José, y el Orfanato se alegrará con las músicas de Vivaldi, el cura pelirrojo.
Y claro está que todo esto eran lecciones de evangélico amor por los humildes, pequeños, sencillos y pobres. Pero esto, dicho así, suena a muy oído, y don José habla siempre en original.
Y quizá demasiado original, vaya usted a saber, porque Relación topográfica es un título maldito que no se menciona en las relaciones de las solapas y contraportadas de los libros, como si los editores se hubieran puesto de acuerdo en que es mejor que a nadie se le ocurra leerlo, no se vaya a creer que todos los libros de este autor son como éste, que a saber qué quieren decir, y no lo compren más.

NARRACIONES TERCERAS
Y a lo mejor el propio don José pensó, hará cosa de diez años, que se había pasado de la raya, amando y loando pequeñeces, y en adelante sería mejor predicar más a las claras, presentando llanamente los contrastes de lo nuevo y de lo viejo, el bien y el mal, las gracias y los pecados que andan mezclados por esos mundos, tan cosmopolitas y globales ya; pero abandonados, parece, de las manos de Dios. Porque es talmente como si no le importara a Él que las maravillas de las viejas y rústicas culturas se pierdan, arruinadas por las nuevas inculturas, tan urbanas ellas. Y contra eso, por lo menos hay que levantar la voz y soltar grandes noes, como en los primeros tiempos.
Pero si Don José quiso enmendarse y mejorar, lo intentó en vano: el bien ya estaba hecho. Títulos de esta última etapa: Teorema de Pitágoras, Las sandalias de plata, Los compañeros, Ronda de noche, Las señoras, Maestro Huidobro, Un hombre en la raya, Los lobeznos, El viaje de Jonás. A libro por año, que así de escribidor es don José de Alcazarén. Y que sea por muchos años.

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