Recapitulemos

Lorenzo Gomis
Se están produciendo en el mundo cambios y novedades que en conjunto merecen, cuando menos, un intento de asombrada precisión.
1. Ya no hay tercer mundo, pero los países que llamábamos así se ven solicitados por dos grupos enfrentados del primer mundo. Con viajes relámpago y llamadas telefónicas al máximo nivel unos y otros piden el voto de los indecisos. La expresión Tercer Mundo, con mayúsculas, surgió cuando Estados Unidos y la Unión Soviética representaban dos mundos, dos sistemas políticos, económicos y sociales enfrentados hasta el punto de hablarse de “guerra fría”. Los países no alineados venían a ser también los menos desarrollados y cuando se hablaba de Tercer Mundo se pensaba en ellos. Al desaparecer el Segundo Mundo con la caída del muro de Berlín y la descomposición de la Unión Soviética, Rusia vino a incorporarse precipitadamente al Primer Mundo y la expresión Tercer Mundo perdió sentido. Pero, salvo excepciones, la situación de penuria y pobreza de esos países subsiste.
2. Francia y Alemania, antagonistas de las dos grandes guerras mundiales, han enterrado en el largo proceso de unión europea sus odios y diferencias históricas, y aparecen ahora juntas. Tienen con ellas a Rusia y China y enfrente a su gran amigo y aliado los Estados Unidos de América. Los cinco países que desde el principio, en la conferencia de Yalta (1945), tienen el veto en las cuestiones que no sean de procedimiento en las decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU –Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China— se encuentran ahora divididos. Estados Unidos y Gran Bretaña están de un lado y Francia, Rusia y China del otro. Las diferencias no se fundan en la diversidad de sistemas políticos y sociales, sino en la política a adaptar respecto a un tercero, Irak, al que todos quisieran desarmar, pero con distintos procedimientos. En un asunto tan fundamental como la guerra y la paz la unanimidad de los miembros permanentes tiene lógica.
3. Estados Unidos, en su tenaz propósito de hacer la guerra a uno de los países del hasta hace poco llamado Tercer Mundo, Irak, tiene a su lado dos firmes aliados, Gran Bretaña, lo que es tradicional, y España, lo que es nuevo.
4. El teatro del debate entablado por las grandes y medianas potencias es un foro que hasta ahora había despertado poca atención, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esto no significa que la ONU no sirva, como en momentos de malhumor apunta el presidente de Estados Unidos, sino lo contrario, pues el enfrentamiento en las posiciones de las grandes potencias se ventila con votos y vetos y no con las armas. Si no hay unanimidad de los grandes la comunidad internacional no puede autorizar una guerra.
5. El conflicto ha mostrado a una Europa dividida: Gran Bretaña y España firmando con Estados Unidos el proyecto de resolución al que Francia y Alemania se oponen. Francia anuncia incluso que si es preciso ejercerá su derecho de veto. Los responsables de la Comisión Europea han lamentado que Europa no se presente con una sola voz en el Consejo de Seguridad. Sin embargo, la Unión Europea existe y Europa tiene ya, entre otras cosas, una moneda común. La Europa del euro es el núcleo de una Europa materialmente unida: es la Europa que se ha unido hasta ahora a mayor velocidad. Gran Bretaña, pendiente de una referéndum que no se sabe cuándo va a realizarse y con qué resultado, todavía no pertenece a ella. España sí, y por eso su situación es más delicada cuando la lucha contra el terrorismo (aquí el de ETA) debe más a la ayuda de Francia que a la de Estados Unidos.
6. El núcleo del debate internacional es cómo desarmar a Irak, si con más tiempo para los inspectores de la ONU o con una guerra. Pero el problema del desarme y de las armas de destrucción masiva no se reduce a Irak. Ni los tratados internacionales ni la misma ONU han logrado poner las armas de guerra –todas– bajo su control. Y poco sabemos de su fabricación y venta. ¿No es contradictorio desarmar a Irak y a la vez amenazarlo con la guerra?
7. La paz en la tierra fue el título y el tema de la última encíclica de Juan XXIII, ahora hace cuarenta años. Y una de sus condiciones es la solidaridad entre los miembros de la familia humana. “El hecho de pertenecer a una determinada comunidad política no impide de ninguna manera el ser miembro de la familia humana y pertenecer en calidad de ciudadano a la comunidad mundial”, decía la Pacem in terris. Y también: “Es menester constituir una autoridad pública en el plano mundial”, “exenta de toda parcialidad y orientada al bien común universal”. En estos cuarenta años las tecnologías de la comunicación han progresado mucho y los hombres están más cerca unos de otros. Pero los niveles de vida y bienestar siguen siendo tremendamente dispares. Y este es un factor permanente de conflicto. Ni siquiera queda muy claro a la opinión qué hay que hacer para acercar moral y socialmente a los físicamente tan próximos.
8. En los últimos años ha aparecido por sorpresa un inesperado factor: la religión como tremenda fuerza oculta que inspira temor a unos y confianza a otros. Dicen que el presidente Bush comienza sus reuniones con una plegaria común y que tiene el apoyo de un porcentaje muy elevado de creyentes conversos norteamericanos, algunos de los cuales han superado como él con la fe religiosa temporadas de adicción al alcohol o la droga. Por otra parte es obvio que en el islamismo más radical cuenta la disposición a sacrificar la propia vida y la de los demás con atentados suicidas, desde el del 11 de septiembre de 2001 hasta la lucha palestina contra el poder tecnológicamente superior de Israel. Pero la religión no sólo aparece presente en el impulso de la guerra, sino también en el de la paz. Quizá ningún líder moral en el mundo está en estos meses tan activo como el papa Juan Pablo II, que se ha reunido con unos u otros estadistas y ha enviado cardenales amigos y de su edad con mensajes personales a Saddam y Bush. Los primados religiosos católicos y anglicanos han firmado en Inglaterra declaraciones comunes a favor de la paz y también en Estados Unidos los dirigentes católicos y protestantes de las principales confesiones se han pronunciado juntos por la paz. No se contaba con que la fe fuera un factor tan vigoroso en las grandes decisiones históricas. El supuesto que la fe es un factor reducido a la vida privada e íntima de los individuos choca con esta vigencia del factor religioso en las grandes decisiones de la humanidad. Es sin duda una profunda responsabilidad de los creyentes decidir en qué platillo de la balanza ponen todas sus fuerzas, que por lo visto son muchas.

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