El trabajo de cinco sin hogar

Jordi Pérez Colomé
Periodista
Antonio se detiene en la puerta del bar y hace gestos hacia el interior. Quiere un café. Ha llegado a un pacto tácito con el dueño del lugar: ellos le sirven y él no entra. Al momento una camarera le saca un vaso de plástico con dos dedos de café y él le da unas monedas. Antonio, que aparenta unos 50 años, lleva el pelo largo y tieso, tiene las comisuras de los labios arrugadas y unos ojos apenados que le dan una expresión amistosa. Cuenta sólo con dos dientes, uno negro como el carbón. Viste un chaleco verde cazador y una camisa de cuadros, pantalones deportivos cortados a media pantorrilla –como ahora está de moda – , tres pares de calcetines y unas alpargatas claritas.
Tras beberse el café, pide limosna ante una panadería. Le ofrezco 60 céntimos y le pregunto si son para desayunar algo.
–No, ya he desayunado –responde, y continúa: “He tomado un par de cafés. Antes he trabajado ya un rato, ahora pediré un poco más, y ya está. No me gusta pedir mucho, es cansado”. Antonio identifica pedir y trabajar, los utiliza indistintamente. También usa trabajar como sinónimo de obtener comida. Dice que “trabaja” en un hotel cercano, lo que significa que busca comida en los cubos que sacan los empleados del hotel por la noche. ¿Y comes en alguna otra parte? “Alguna vez he ido a un comedor de monjas en las Ramblas, pero no me gusta, me da pereza, además hay mucha gente, hay cola”.
“¿Cuánto sacas en un día?”, le pregunto. “Dos o tres mil pesetas”, dice sin creérselo. Ahora son euros, le corrijo. “Sí, sí, son de la Comunidad Europea, ¿no?” Para Antonio un euro son 100 pesetas: esta mañana temprano alguien le ha dado un billete de cinco euros, que dice que son 500 pesetas. Le contesto que no, que son más de 800 pesetas, pero me mira extrañado: ¿cómo explicarle que cinco euros son más de 800 pesetas? Para Antonio, el dinero en sí no tiene valor: sólo lo tiene por lo que le dan a cambio. ¿Qué haces con el dinero? “Compro cosas, hay que comprar cosas, muchas cosas, Ducados, fumo bastante, un paquete cada día, me entretiene, el tiempo pasa más rápido. También compro un poco de ginebra, dos o tres vasos al día. Hace ya cinco o seis días que bebo, pero no quiero beber tanto porque sino me voy a emborrachar. Hoy ya me he tomado un vasito” ¿Antes de las nueve de la mañana, con el café? “No, sola. Me anima”. Antonio sonríe y encoge los hombros. Vive en un tiempo propio, ¿cuántos días de 24 horas son los cinco o seis que hace que bebe ginebra?
Cuenta que nació en Vigo, que antes pedía en Sol –una estación de metro madrileña– y en la plaza Mayor de Madrid, que entonces dormía cerca del Palacio Real, “en un parque muy bonito”, y que ahora lleva ya mucho en Barcelona. “Tengo que ir a una comisaría a hacerme los papeles”, dice como quien recuerda algo que sabe que nunca hará: “Si hace más de cinco años que no tienes papeles, el reglamento te multa, el reglamento multa”.
Divide Antonio el año por las estaciones, por el clima. Ahora sabe que empezamos la primavera, incluso que es abril. ¿Y el invierno, con el frío? “Cuando hace frío, hay que arreglarse. A veces voy a unas monjas, pero no más de dos días. Hay muchos viejos allí, inválidos. También nos dejan dormir en el metro algún día.” ¿Y en verano? “En verano hago vacaciones, voy a la playa, a Italia, Estambul o a Grecia”. ¿Cómo? “A dedo. También cojo el tren pero es muy caro, intento colarme”. ¿Y allí pides? “¡Allí no, estoy de vacaciones! Como comida barata, los espagueti son baratos, y la pizza cuesta sólo 500 liras”. Antonio parece fantasear y mezcla recuerdos de viajes con planes de futuro.
Cuando le pregunto si la gente da limosna, por la cara que pone parece que no puede quejarse. Pero los tiempos han ido mejorando: “Ahora con la democracia todo va mejor. Antes Francia y Alemania eran mucho mejores, pero ahora España es igual, la gente tiene dinero”. Antonio sabe también que hay guerra, pregunta incluso si las tropas americanas ya han entrado en Bagdad –un día antes de que lo hicieran– y confirma que el conflicto lo ha causado el petróleo. Sabe que España ha enviado tropas y que el presidente se llama Asnar o Áznar. ¿Cómo se informa? Señala un kiosco cercano y dice que ahí lee algo: “Antes cuando tenía pasta compraba La Vanguardia o El País algún día, pero no todos los días”. Ahora hay periódicos gratuitos, le animo. “Sí, el Metro, ¿pero un periódico gratis es bueno? ¿Quieres decir?” Antonio tiene que seguir trabajando, le he entretenido durante casi media hora, en la que me ha hablado como si nos conociéramos bien. Para acabar nos presentamos. ¿Cómo te llamas? “Antonio, ¿y tú?” “Yo, Jordi, es un nombre catalán.” “Sí, como el palacio Sant Jordi, de deportes”, aprueba. “Sí, y como el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol”, que me parece un ejemplo de catalán famoso. Antonio no parece muy convencido y se sorprende:
–¿Pero es demócrata? –se plantea.

JOAQUÍN TIENE COMPETENCIA
Joaquín pide en una esquina en el centro de Barcelona. Anda apoyado en una muleta, va aseado y ostenta una cuidada barba blanca, tendrá casi 60 años. Mientras agita el vaso de cartón con una moneda de diez céntimos dentro para llamar la atención, mira a ambos lados con unos ojitos entornados, como si los forzara. Me acerco y tras darle un euro me intereso por saber cómo le va el día.
–Mal, muy mal, ¡bah!, con ésas vestidas de largo no hay nada que hacer –”ésas” son las rumanas que se pasean con La Farola y que piden a todo el mundo.
“No hay nada que hacer, se lo llevan todo”, lamenta Joaquín. “Además, a mí la gente me tiene más visto que el tebeo, ¡seis años llevo por aquí!” ¿Y antes? “Antes trabajaba en un hotel de Mallorca, durante 30 años, aquello sí que estaba bien. Pero un día el hotel se vino abajo y por poco no me pilla. Luego vine para acá, estuve tres años en la calle, pero con la ayuda de una asistente social conseguí una paga de 47.000 pesetas, que ahora ha subido hasta 56.000. Pero no me llega para nada, pago 33.000 pesetas de la pensión, así que pido para completar. Y no te pienses que me pagan por nada, porque yo coticé durante más de quince años”.
Joaquín –un sin hogar en vías de reinserción– nació en el interior de la provincia de Almería, de donde conserva un sentido acento andaluz. Observa el paso de los transeúntes y parece inquietarse porque mientras habla no pide. Pero continúa explicándose. “Con el dinero me compro un bocadillo o algo así, ¿qué voy a hacer? La habitación es grande, está en una de esas fincas amplias y antiguas. Comparto el cuarto con otro, el de ahora no está mal, pero no pasamos del buenos días, buenos días. ¿Amigos? Nada, ninguno. ¿Cómo voy a tenerlos si me fui de casa con 17 años y siempre he vivido solo? Y te digo una cosa, mejor así”. Concluye con el desdén habitual con el que se suele pronunciar esta frase. Le dejo pedir, que la competencia le come el terreno.

PEDRO JOSÉ BEBE ANÍS
“¡Pepe! ¡Pepe, Pepe!”, grita alguien. “¡Pepe!”, continúa. Estoy en un calle del barrio viejo de Barcelona. Me giro y veo a un sin hogar llamándome Pepe que se acerca a mí, aunque yo no me llame Pepe y él no sepa que estoy preparando un reportaje sobre personas sin hogar, con lo que me viene de perilla:
–¿Qué, Pepe? ¿Cómo va la guerra? ¿Qué dice el periódico? –me pregunta señalando el periódico que llevo.
–Que sigue –le respondo.
Es un hombre colorado con mostacho gris. Mira con ojitos perdidos y lleva un botellín de plástico lleno de anís. A sus espaldas se acerca un amigo suyo, que bebe de un botellín similar: “¡Hombre, el Conde!”, dice Pedro José cuando le ve y se aleja corriendo a abrazarle.
Media hora después, en una calle cercana: “¡Pepe, Pepe!”, de nuevo. Empieza con una pregunta similar: “¿Cómo va la guerra? ¿Cuántos muertos?” En seguida cambia el tema y opta por darme instrucciones detalladas sobre las figuras de una plaza que tenemos delante: “Si te gustan las mujeres, aquí hay. Te dirán 20 euros pero tú dices abajo, abajo, y luego el meublé te cuesta siete euros. Cuando vengas por aquí avísame. Me llamo Pedro José, vivo ahí, en la esquina. Soy de Huelva, pero hace ya nueve años que estoy aquí. A mí me gustaría trabajar limpiando la calle, limpiar por ejemplo ahora la calle e ir al Ayuntamiento a que me den algo”. Un amigo pasa a su lado y de repente Pedro José opta por seguirle, así que me abandona en plena digresión.

ÁNGEL EL ANDARÍN
Una amplia capucha negra cubre la cabeza y parte de la cara de Ángel, no se le ven los ojos, pero sí una barba sólida; es aún joven. Va ataviado con dos pantalones, uno encima del otro. Colgado del hombro y cruzado en bandolera carga un pequeño bolso de cuero. Su actitud es un andar muy decidido. Va de papelera en papelera, donde hurga un poco con buenos resultados: un jersey rosa, por ejemplo, que prueba si le va bien, aunque se ve que no porque lo tira de nuevo. Encuentra también una bolsa de plástico con un cruasán dentro y un vaso de cartón con un poco de café con leche. Se toma ambas cosas sentado en una parada de autobús, al lado de un chaval de unos 20 años modosito, que no se va. Ángel come y cuando acaba empieza a rascarse la entrepierna, con fuerza. Lleva los pantalones rajados, abiertos de par en par.
Ángel vuelve a andar. Llega a caminar el mismo tramo cuatro veces. Cuando se cansa se sienta al sol. Pasado el rato, vuelve a levantarse y a andar: lo más asombroso de Ángel es que anda como si fuera a alguna parte y alguien le esperara. Va tan deprisa que cuesta no perderle el rastro. Sigue deteniéndose en alguna basura –su principal fuente de energía – , donde recoge botellas de agua y coca-​cola. Tras beber sus contenidos vuelve a dejar los envases en papeleras. Va rápido, es inevitable que tope con la gente, algunos ni se inmutan, otros se giran y lamentan: “Qué peste”.
Llevamos más de veinte minutos andando. De repente se detiene y recoge una lata de trinaranjus y un pastel de chocolate con su plato y tenedor que devora en un banco en el puerto, frente al mar. Cuando termina, se estira, esconde la cara contra el respaldo y duerme. Estará así más de dos de horas. En cinco horas, Ángel ha andado unos cinco kilómetros a un ritmo trepidante, ha comido un cruasán y un pedazo de pastel y ha bebido sorbos de café con leche, agua y refrescos. Es un sin hogar con una actividad pasmosa.

JEAN-​LUC Y EL CAFÉ CON LECHE
Jean-​Luc habla consigo en un francés perfecto. Tendrá unos 35 años, lleva gafas de montura fina, el pelo rizado y deambula por la ciudad con los ojos perdidos, mirando mucho al cielo. Lleva un abrigo azul marino, unos tejanos oscuros y carga un gran saco. Algo que Jean-​Luc hace con gran fijación es mirar escaparates. Los admira largamente y desde muy cerca, casi con la nariz pegada al cristal: primero unos calcetines de colorines, luego una vajilla, más tarde ropa juvenil. Junto a una papelera abre el saco: dentro lleva una gran manta, un montón de pedazos de pan seco –que tira en la papelera– y algunos papeles. Saca también un cortauñas y se hace la manicura de un par de dedos.
En su zigzagueo por las calles, se para ante una panadería, donde decide entrar. La dependienta le conoce:
–Ya estás otra vez tú por aquí –le suelta mosqueada. Jean-​Luc pide tímido un café con leche en francés. La chica ordena a su compañera: “Hazle un café con leche para llevar, así se irá”. Luego mira a Jean-​Luc: “Y tú estás viniendo mucho por aquí últimamente, y eso no me gusta, a ver qué va a pasar, no te acostumbres”. Jean-​Luc hace oídos sordos y espera apoyado al lado de la caja con un monedero de mujer abierto lleno de papeles, en ademán de pagar. Le entregan el café y con gestos le dan a entender que ya está bien así. Él acepta sorprendido como si fuera la primera vez que lo hace y se sienta en una mesa contigua. Espera reponerse ahí del frío húmedo que hace en la calle. Contempla el exterior, abalanzado sobre la mesa y con las manos encima del vaso de cartón. Las chicas se miran y se acerca la que le conoce y le pide sin gritar mucho: “Fuera, aquí no, fuera, que vendrá la encargada y verás tú lo que me dice si te ve aquí”. Jean-​Luc se levanta, coge el saco y se va. A cuatro pasos de la puerta se acoda sobre la tapa de una papelera de plástico y se toma el café. Cuando paso a su lado le ofrezco un cruasán de chocolate que acabo de comprar. Responde: “Non, merci”, ni tan siquiera me mira. Parece enfadado. Cualquiera le dice algo más.

ANTONIO FUMA Y SE ACUESTA
Por la noche visito de nuevo el lugar de Antonio. Tal como contaba por la mañana, pasa el tiempo con la ayuda de los Ducados. Son las nueve y está en la esquina de enfrente de la panadería donde pedía, de pie, con una bolsa. Pasea diez metros arriba, diez metros abajo y reposa en pie de vez en cuando. Fuma los Ducados. Las tiendas están cerradas, pero se mueven bastantes paseantes. Antonio no observa a nadie, no siente curiosidad por la actitud de los demás, como tampoco los demás le miran a él. Anda unos pasos, vuelve atrás, enciende un cigarrillo. Lo único que hace que salga de esa rutina es pedir la hora a una pareja, que se la da amablemente.
Un par de horas después, Antonio remueve en el interior de los cubos del hotel. Encuentra comida, que ingiere sin fruición. Cuando termina, saca un pedazo de papel y se frota las manos y los labios con cuidado. Cerca de allí tiene sus bártulos: la bolsa y un cartón en el que se había tumbado antes de la cena. Los recoge, cruza la calle y entra en la boca de un parking cerrado. A un lado, encima de un pequeño bordillo, despliega el cartón. Antes de estirarse, sale y orina en el hueco de un árbol. Vuelve y dispone más cartones: unos de cojín y otros puestos de pie para rodear y proteger el lecho. Antonio quiere intimidad. Sentado en la “cama” se sirve un vaso de agua de una botella de plástico. Enciende un último Ducados y fuma con los ojos perdidos. Antonio se comporta con mucha naturalidad, como si estuviera en casa, nada de lo poco que ocurre a su alrededor le afecta. Tras tirar la colilla, se cubre las piernas con una manta verde, se acuesta y encoge un poco las rodillas para arroparse mejor.
Ha sido un día como todos. Mañana empezará de nuevo: la ginebra, el café, la limosna, los Ducados. Así pasan los días de Antonio, hasta que el cuerpo aguante.

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